<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-29717365</id><updated>2011-08-29T01:06:11.505-03:00</updated><category term='Cuentos'/><title type='text'>Cuentos Celestes</title><subtitle type='html'>Un sitio donde transmitiremos relatos y cuentos vinculados a nuestro club o simplemente, aunque no tengan nada que ver, otros que nos gusten</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://cuentoscelestes.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29717365/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentoscelestes.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Fabián Rodríguez</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08467834932913902516</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='30' src='http://1.bp.blogspot.com/-b9JO9Y34qvU/TlsQJulRDwI/AAAAAAAAHZM/KmjEIh4T5Ok/s220/fabian45.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>36</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-29717365.post-3597969405897287401</id><published>2008-09-10T17:53:00.002-03:00</published><updated>2010-02-20T12:13:31.076-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Cuentos'/><title type='text'>El Ocho era Moacyr de Fontanarrosa</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_YDvvoKgG6KA/SMg09YMku_I/AAAAAAAABDk/29QPraLw_CM/s1600-h/cafecairo.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5244499995144797170" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_YDvvoKgG6KA/SMg09YMku_I/AAAAAAAABDk/29QPraLw_CM/s320/cafecairo.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;El que tiró la primera piedra fue Ricardo, apenas después de haberse ido el tipo.&lt;br /&gt;—Che… ¿quién es este coso?&lt;br /&gt;—No sé —contestó el Zorro.— ¿No es amigo tuyo?&lt;br /&gt;— ¿Mío? No. Estás en pedo vos.&lt;br /&gt;—Es amigo del Colifa —aportó el Pitufo—, certe&amp;shy;ro interrumpiendo una conversación que sostenía con una rubia de rulos de la mesa vecina. Tenía eso el Pitu, podía mantener varias conversaciones a la vez, quizás porque no le gustaba verse marginado de ninguna.&lt;br /&gt;En eso llegó el Colifa.&lt;br /&gt;—Che…—le preguntó Ricardo—… el flaco ese que se fue ¿es amigo tuyo?&lt;br /&gt;—¿Qué flaco? —frunció la cara el Colifa mientras se sacaba la campera y la bufanda.&lt;br /&gt;—El flaco… El “Sobrecojines”.&lt;br /&gt;—Ah no… —se rió el Colifa.— Yo no lo conozco.&lt;br /&gt;El hombre, el que se había ido, había tenido la desa&amp;shy;fortunada ocurrencia días atrás, en una de sus pocas in&amp;shy;tervenciones en la charla, de decir que manejar el último modelo de Renault era sentirse como “sobre cojines”. Se habían hecho todos los pelotudos pero la cosa quedó registrada.&lt;br /&gt;—¡Yo creí que era amigo tuyo! —se rió el Pitufo.&lt;br /&gt;—Yo no lo vi en la puta vida.—Pero… ¿Lo conocés?—Sí. De acá, ahora.&lt;br /&gt;—Entonces… —insistió Ricardo, casi amenazante.&lt;br /&gt;— ¿Quién lo trajo a la mesa?—Qué sé yo.&lt;br /&gt;Nadie sabía. Pero no era muy extraño. En “El Cai&amp;shy;ro” era así. De pronto uno se encontraba sentado junto a alguien desconocido que, tal vez por varios días se integra&amp;shy;ba a la mesa y luego desaparecía tan silenciosa y misterio&amp;shy;samente como había llegado, o reaparecía en alguna mesa lejana, con otra gente asimismo desconocida, y dispensa&amp;shy;ba un saludo desde allá atrás, al voleo, de cortesía.&lt;br /&gt;—Por ahí alguien se lo dejó olvidado —aventuró el Zo&amp;shy;rro.&lt;br /&gt;—Eso. ¡Vaya a saber desde hace cuánto tiempo ha es&amp;shy;tado sentado acá el pobre tipo!&lt;br /&gt;—Yo creía que era amigo tuyo —señaló Ricardo a Belmondo— y ahora resulta que no lo junta nadie.&lt;br /&gt;—¿Mío? ¿Porqué? Ricardo frunció la nariz.&lt;br /&gt;—No sé —dijo— lo veo muy fino ¿no? El Zorro captó la cosa de inmediato.&lt;br /&gt;—Muy delicado. ¿No es cierto?&lt;br /&gt;—¿Puto, decís vos? —se rió Belmondo. Después se es&amp;shy;candalizó.&lt;br /&gt;—¡Qué guachos de mierda!—Como te mira mucho… —siguió Ricardo—.. qué sé yo… yo pensaba…&lt;br /&gt;—Medio trolo el muchacho —sentenció el Zorro.&lt;br /&gt;—¡Mirá que hay que ser hijos de puta! —dijo Belmon&amp;shy;do.&lt;br /&gt;— Como el tipo es serio, es educado, es un tipo correc&amp;shy;to… para éstos ya es un comilón.&lt;br /&gt;—Muy fino, muy fino. Demasiado.&lt;br /&gt;—Para mí que a vos te tira la goma —opinó el Colifa, mirando a Belmondo.&lt;br /&gt;—¡Qué hijos de puta! —se tomó las manos Belmondo.&lt;br /&gt;— No se puede ser culto acá.&lt;br /&gt;—Si te mira y se relame, Bel… —le informó Ricardo.&lt;br /&gt;— A Moreira lo manoteó el otro día.&lt;br /&gt;—Sí —defendió Belmondo— no te le agachés adelante.&lt;br /&gt;—¿Qué lo defendés? ¿Qué lo defendés? —pareció ofen&amp;shy;derse el Pitufo&lt;br /&gt;— ¿Tenés algún interés creado con ese tipo?—Para mí que se la lastra —meneó la cabeza el Zorro.&lt;br /&gt;— ¿No viste a Pedrito cómo lo relojea también?&lt;br /&gt;—¿Quién, che? —Pochi había llegado, enganchando las últimas palabras mientras acercaba una silla para poner la campera.&lt;br /&gt;—El flaco alto, el “Sobrecojines”.&lt;br /&gt;—¿Qué pasa?—Que es muy sospechoso, medio rarón ¿viste? —el Pitufo reunía la punta de los dedos de su mano derecha frente a la boca haciendo el gesto universal de comer.&lt;br /&gt;—¿El elegante? —exclamó el Pochi, sentándose.&lt;br /&gt;— Muy puto. Tragasables del año uno.&lt;br /&gt;—¡Qué hijos de puta! —volvió a reírse Belmondo.&lt;br /&gt;— El otro pobre tipo…—Traga la bala —siguió el Pochi, serio.&lt;br /&gt;— Es más… creo que lo vi levantando machos en Zeballos y Buenos Aires.&lt;br /&gt;—El otro pobre tipo —siguió Belmondo— es un buen tipo…&lt;br /&gt;¿Cuál es el problema? Que empilcha bien, que toma whisky…&lt;br /&gt;¿Cuál es?—Oíme… —dijo Ricardo.&lt;br /&gt;— ¿Cómo va a venir acá de chaleco?—¡Dejame de joder! De chaleco.&lt;br /&gt;—Y bueno, laburará en un banco. ¿Cuánta gente de la que viene acá labura en un banco?&lt;br /&gt;—No. Y esa corbatita que usa. La rosita…&lt;br /&gt;—Yo lo que te digo —siguió Belmondo— es que yo no me le agacharía adelante.&lt;br /&gt;—Por ahí te empoma.&lt;br /&gt;—Te empoma.—Tiene su pinta el hombre —estimó el Zorro.&lt;br /&gt;—Y muy coqueto, se la pasa arreglándose la corbatita…&lt;br /&gt;—Es buen muchacho, che, no sean hijos de puta….&lt;br /&gt;Claro, el tipo en cuestión había aparecido un día en la mesa, tal vez abandonado por algún amigo común, tal vez ingresado en la charla por medio de esas presentaciones vagas y generales, “che, un amigo”, de inclinaciones de cabezas cortas y distraídas. En verdad, vestía bien, o al menos demasiado formal para el nivel medio, y participa&amp;shy;ba poco de las conversaciones. Asentía, a veces metía algún bocadillo, sonreía a menudo, algo distante, mirando hacia la calle, arreglándose la corbata a cada rato (era cierto). Tomó notoriedad el día que pidió un whisky. “Blenders” dijo, con pronunciación cuidada y Moreira lo miró como si le hubiese pedido un plato asiático. “Mirá que vale casi un palo, macho” le había advertido el mozo, cosa que al tipo pareció no inmutarlo. Y entre el sembradío de pocilios de café, vasos de agua, alguna taza de té o mate y servilletitas de papel arrugadas, el generoso vaso de whisky con hielo parecía un paquebote entrando a puerto rodeado de remolcadores diminutos y oscuros.&lt;br /&gt;Otra cosa había sido lo del polo. Vaya a saber cómo sa&amp;shy;lió la conversación sobre polo, quizás por una joda, quizás por alguna película, lo cierto es que el hombre, por pri&amp;shy;mera vez se metió en serio, lideró la charla, habló de los Harriott, de los Dorignac, de handicaps y de poniers con una exactitud sobria y una información sólida. Y al final, cuando ya la charla había derivado inopinadamente hacia el automovilismo, la cagó con lo de “sobre cojines” que se encendió como una luz equívoca y sospechosa en los radares de todos.&lt;br /&gt;—Yo no sé… —advirtió Ricardo, rascándose la espal&amp;shy;da—… pero vos, Belmondo, cuidate.&lt;br /&gt;—Sí —admitió Belmondo— porque que me rompan el orto a esta edad…&lt;br /&gt;—O que le tengas que hacer los deberes al muchacho.&lt;br /&gt;—Te digo que si viene mañana yo me corro.&lt;br /&gt;—Sí. A ver si te agarra de la manito y te lleva para el ñoba.&lt;br /&gt;Pasó un tiempo y el parroquiano desconocido no apor&amp;shy;tó por “El Cairo”. El día en que apareció estaban el Pitufo, Belmondo y el Pochi, nada más, conversando. El hombre se desprendió el impecable saco marrón oscuro del traje, dijo un “qué tal” y se sentó medio mirando para la puerta de Sarmiento y Santa Fe, girando un poco nervio&amp;shy;samente el cuello, como un pollo, estirando el mentón, para acomodarse el cuello de la camisa.&lt;br /&gt;—El cinco era Ramacciotti —decía el Pitufo.&lt;br /&gt;— Eso seguro.&lt;br /&gt;—El cinco era Ramacciotti.&lt;br /&gt;No me acuerdo el tres —dijo Belmondo aún con la mano izquierda cerrada, el pulgar arriba y los ojos entornados.&lt;br /&gt;—Ditro. El tres era Ditro —aseguró Pochi— que des&amp;shy;pués fue a River.&lt;br /&gt;—¡Eso! Que después fue a River.&lt;br /&gt;—Bueno. Entonces tenemos… —resumió el Pitufo—… Moreno, Valentino y Ditro.&lt;br /&gt;El cuatro ese que no nos acor&amp;shy;damos, Ramacciotti y Malazzo…&lt;br /&gt;—Canceco, Pando, Carceo, González y Sciarra —recitó de un tirón el Pochi.&lt;br /&gt;—Pero… ¿Cómo mierda se llamaba ese cuatro, la puta madre que lo reparió?&lt;br /&gt;—¿Será posible?—Era un nombre corto. Un nombre corto como… Suárez, Blanco…&lt;br /&gt;—No. Blanco era un cuatro que jugó en Racing. Buen jugador.&lt;br /&gt;—Pero… —se ofuscó Belmondo—… un tipo muy juna&amp;shy;do… ¿Cómo carajo…?&lt;br /&gt;—No me voy a acordar… No me voy a acordar… —dijo el Pitufo.&lt;br /&gt;—Nos va a pasar como la otra vez con Della Savia.—¿Te acordás? Yo no pude dormir en toda la noche.&lt;br /&gt;—O con el negro Marchetta.&lt;br /&gt;Pasó una semana hasta que me crucé por la calle con Rafael, me agarró del brazo y me dijo, nada más, lo único que me dijo: “Marchetta”. “¡Marchetta, la puta que lo parió!” dije yo, y seguimos cada cual por su lado.&lt;br /&gt;—Una noche, a la madrugada, me llamó el Pelado desde Barcelona para preguntarme quién era el ocho de aquella delantera de Ferro con el Cabezón Juárez, Acosta, Lugo y Garabal.&lt;br /&gt;—Berón.&lt;br /&gt;—Berón.—Pero a mí, esto, ya me cagó la semana —se reubicó el Pochi.&lt;br /&gt;—¡Pero si hasta me acuerdo de la pinta que tenía —se enardeció Belmondo— uno bajito, narigón, feo…!&lt;br /&gt;—¿Martín? ¿No era Martín?&lt;br /&gt;—No, Martín era de Chacarita.&lt;br /&gt;—Bajito, narigón, feo…&lt;br /&gt;—Sí, pero no era Martín. Martín era de Chacarita y después fue al equipo de José.&lt;br /&gt;—Moreno, Valentino y Ditro… —repasó el Pitufo—… tatatá, Ramaciotti y Malazzo…&lt;br /&gt;—¡Concha de la lora!&lt;br /&gt;El hombre, que había seguido silenciosamente la con&amp;shy;versación, con una actitud entre divertida y ausente, se acomodó en la mesa y dijo:&lt;br /&gt;—Sainz.&lt;br /&gt;—¡Sainz! —pegó con la palma de la mano el Pitufo sobre la mesa&lt;br /&gt;— Sainz la puta que lo reparió.&lt;br /&gt;—Sainz, mirá vos lo tenía en la punta de la lengua.Claro… te decía que era un nombre corto.&lt;br /&gt;—Sí, pero a mí me salía Suárez, Murúa, Aguirre, qué sé yo…&lt;br /&gt;—No, Murúa era el de Racing. Marcador de punta, también. Grandote.&lt;br /&gt;—Sainz —continuó el tipo, sin ufanarse demasiado por su aporte— después fue a River. Sainz, Cap y Varacka.&lt;br /&gt;—Claro, claro. Exactamente. Que arriba jugaba Domin&amp;shy;go Pérez, un uruguayo que era un pedo líquido.&lt;br /&gt;—No —corrigió “Sobre cojines”— Domingo Pérez es anterior, es de la época de Pepillo, el nueve ese español que trajo River.&lt;br /&gt;—¡Pepillo! ¿Te acordás? No me acordaba de Pepillo.&lt;br /&gt;—Que la delantera llegó a formar… —recordó el hom&amp;shy;bre—… Domingo Pérez…—Moacyr —acotó Pochi.&lt;br /&gt;—Moacyr Claudinho Pinto… —siguió el hombre—… Pepillo, Delem y Roberto. Todos extranjeros.&lt;br /&gt;—Que también estaban Onega, el Nene Sarnari…—Ermindo, todavía no Daniel.—Pando, Artime…&lt;br /&gt;—No… —volvió a corregir el hombre— Pando y Artime llegan un poco después. La delantera que te digo era con la cuestión del fútbol espectáculo. También jugaba un negro de cinco, el negro Salvador, un negro lentón…&lt;br /&gt;—Sí. La cosa había empezado con Boca, con Armando, cuando lo trajo a Feola…&lt;br /&gt;—Al gordo Felola Feola —dijo el Pitufo— a Dino Sani, a Maurinho…&lt;br /&gt;—Antes a Orlando —puntualizó “Sobre cojines”— Or&amp;shy;lando Pecanha do Carvalho, que inauguró, un poco, la fun&amp;shy;ción de seis metido adentro acá en la Argentina.&lt;br /&gt;—También vinieron Loayza, me acuerdo, el Pepe Sasía, a Boca…&lt;br /&gt;—Y bueno… —recordó el Pochi— Sasía vino de última acá, a Central, con el Gitano, Borgogno…&lt;br /&gt;—Loayza también. —Loayza también y me acuerdo…—¡Ese partido contra el Real de Madrid! —se entusias&amp;shy;mó el hombre.&lt;br /&gt;— En cancha de Ñul.—En cancha de Ñul, un amistoso, que los goles del Real los hicieron Pirri y Gento de tiro libre, sobre la hora.&lt;br /&gt;—Yo estaba detrás del arco donde hizo el gol Gento —recordó “Sobre cojines”— …y no sé si te acordás que al principio entró Puskas…&lt;br /&gt;—¡Puskas!&lt;br /&gt;Así siguieron casi una hora, hasta que el hombre, de pronto, consultó su reloj, se sobresaltó, se puso de pie, tomó el sobretodo que había dejado prolijamente doblado sobre la silla vecina y, antes de irse, regaló el último aporte.&lt;br /&gt;—Y el diez, el diez del Lobo de La Plata, era Diego Bayo.&lt;br /&gt;—Diego Bayo, claro. Diego Bayo y Gómez Sánchez, el negro Gómez Sánchez que había venido a River con Joya…&lt;br /&gt;Al día siguiente, cuando llegó el Colifa, Belmondo es&amp;shy;taba hablando con el Zorro y también estaban el Pitufo, Pochi, Oscar, el otro Oscar, el Negro y el Chelo.&lt;br /&gt;—¿No vino “Sobre cojines”? —preguntó el Colifa.&lt;br /&gt;Al&amp;shy;guien contestó que no.&lt;br /&gt;—¿Quién es “Sobre cojines”? —dijo el Chelo.&lt;br /&gt;—Rodolfo. Rodolfo creo que se llama.&lt;br /&gt;No, no vino.&lt;br /&gt;—Buen tipo ése —dijo el Pochi.&lt;br /&gt;—Buen tipo.&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;ROBERTO FONTANAROSA&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Usted camina por la calle y en cualquier esquina le sale al cruce una noción, un conocimiento, una noticia. La cultura está en acecho.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Diga que uno es un analfabeto zorro y enseguida cruza de vereda cuando ve que se avecina la ilustración. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Pero las cosas ya no son como antes para el buen alcornoque. Día tras día hay que soportar la implacable persecución de doctos de toda clase que pretenden esclarecernos de prepo. Y así, la noble estirpe de los burros corre el riesgo de extinguirse, diezmadas sus filas por la cultura, la información y otras calamidades.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Es que hoy en día la gnosis está al alcance de cualquier desgraciado. Los diarios, las revistas y la televisión contribuyen a reducir las fuerzas de las tinieblas a su mínima expresión. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Ahí tienen ustedes el programa ese de Mónica. Por ahí aparece un pelado que en cinco minutos se manda una explicación de la teoría de la relatividad que nos deja esclarecidos para todo el viaje. Y si uno piensa lo que tardaba antes un estudiante en comprender siquiera un poco este asunto, tendrá que admitir que las ciencias adelantan que es una barbaridad. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Algo parecido ocurre con las revistas: la historia del Imperio Romano en tres carillas. Todo lo que usted debe saber sobre el cáncer en cuatro columnas. Evidentemente las ventanas de la ciencia y el arte se han abierto de par en par para que los paseantes se asomen y vichen durante un segundo. El progreso ha construído anchos caminos que conducen hacia el saber. Y por esos caminos han transitado millones y millones de personas que en otras épocas nacían y morían condenadas a permanecer en los andurriales de la crasitud. Entre todas esas personas ha habido muchas de bondadosa naturaleza y de sentimientos honrados. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Pero también han recorrido el camino de la cultura numerosísimos pajarones. Y ya se sabe que no hay cosa más peligrosa que un pajarón instruído. En ciertas épocas de la historia los secretos de la ciencia estaban rodeados de toda clase de precauciones. Los eruditos cultivaban el misterio, pues temían que los conocimientos cayeran en manos de los malvados. Hoy tal reserva es impensable. Y el auge colosal de los medios de comunicación ha permitido que los impíos aprendan impunemente la germinación del poroto.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Canallas y pelandrunes manejan a su antojo asuntos de tan delicada naturaleza como la electrólisis del agua o el soneto. -¿Pero cuál es el mal que hay en todo esto? -pregunta un lectortan desorientado- ¿acaso no es bueno que la gente sepa más? -Veamos -contesta el indocto autor de esta nota. Hay varias consecuencias lamentables en esta ilustración a destajo. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;La primera es que los conocimientos son absolutamente incompletos. Porque debemos confesar melancólicamente que la teoría de la relatividad que explicaba el pelado en el programa de Mónica no es exactamente la teoría de la relatividad. Es otra cosa. Es un cuentito de apariencia paradójica con trenes que parten y llegan demasiado rápido. Y en la historia del Imperio Romano que nos ofrece a todo color la revista "El Alma que Canta" faltan algunos episodios. Y en el fascículo cerrado "La medicina al alcance de su mano" el único consejo valioso que encontrará es la sugerencia de llamar al médico ni bien usted se sienta fulero. Y la segunda calamidad es que a los consumidores de tantos disparates facilongos la soberbia les llega antes que la sabiduría. Y entonces nos encontramos -de golpe- con millones de personas que creen que saben y que en realidad no saben nada. Son los idiotas ilustrados. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Ya alguna vez hablamos de ellos. Son gente que opina sobre todas las cosas del universo sin conocer cabalmente siquiera una. Esta legión nefasta ha contribuido enormemente a la difusión del facilismo, postura mental que reduce toda custión a los estrechos límites de un cuadro sinóptico, o de una definición indigente. Y así han obtenido estruendoso éxito las idioteces de las cuales conversamos hace pocos meses en esta misma revista (1): "El karate es una filosofía de vida", "lo que tiene esta ciudad es que te aliena" y otras sandeces del mismo jaez. Los idiotas ilustrados tienen también su propio lenguaje. Un lenguaje que poco a poco empieza a conquistarnos a todos, pues habrá de saberse que esta morralla tiene una habilidad especial para imponer sus usos y costumbres. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Esta jerga se nutre con palabras supuestamentes ornamentales y que tienen la virtud de otorgar importancia a lo que se dice. Asi el "conurbano" es más culto que el suburbio. "Coyuntura" es más fino que ocasión. "Inquietud" es más elegante que berretín.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Para una visión más completa e inteligente de este asunto, vale la pena leer el "Diccionario del argentino exquisito" de Bioy Casares. Conviene decir ahora que estas variaciones del idioma no solo se observan en la conversación corriente o en los periódicos. También el arte popular ha sido contaminado con exterioridades de apariencia culta. Veamos la letra de este antiguo tango: "Me enredó con un jueguito tan al lustre preparado que hasta el pelo de las manos de cabrero me arranqué". La estupenda figura lograda en la segunda línea no requiere palabras altisonantes. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Veamos ahora un ejemplo más actual: "Salgo a caminar por la cintura cósmica del Sur". El verso requiere, ciertamente, una versación del poeta en temas geográficos y aún cosmográficos. Versación que no alcanza para que la línea se salve del ridículo. Pero el poeta no es culpable de esto. La época nos conduce por senderos demenciales. He ahí otro ejemplo: "tomar senderos demenciales" en vez de "agarrar para el lado de los tomates". Como se ve, hasta los bestias más circunspectos nos dejamos tentar. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;En la radio, muchos locutores han cedido ante el apetito de cultura. Y así los relatores deportivos no tienen más remedio que hablar de extrañas parábolas que describen pelotas pifiadas. O de la mística ganadora de que están imbuídos los jugadores de All Boys. O de los conatos de agresión y escenas de pugilato que se verificaron en el área de Platense, mientras el juez se hacía el otario. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Todo esto me alarma muchísimo, como criollo y como iletrado. Porque puede ocurrir que la tendencia siga adelante y que los chicos jueguen a la mácula deletérea en vez de a la mancha venenosa o al esfinter cochambroso en vez de al culo sucio. Pero no es el uso ridículo del idioma lo más alarmante. Hay cosas que indignan todavía más. La pedantería que obliga a avergonzarse a quien no sabe cual es la capital de Albania o el nombre del presidente de Francia.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Los sabelotodos que copan los asados con teorías recién aprendidas. La veneración por aparatos tan estúpidos como la licuadora. El desprecio por las gentes sencillas y la burla a sus costumbres apacibles. Ya lo dijo Sábato el otro día. La verdadera sabiduría es más fácil de encontrar en la gente humilde que entre esta caterva que se ha indigestado con bocadillos de cultura.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Por eso, el autor de estas carillas oscurantistas se compromete a seguir firme en su ignorancia. ¿Alguien quiere explicarme el conflicto de Irán? No quiero. ¿Otro se empeña en imponerme el funcionamiento de un ciclotrón? Jamás. ¿Un tercero se ofrece a contarme la vida sentimental de las cucarachas? Que reviente. Mis entendederas permanecerán cerradas como una piedra de granito, para satisfacción de mis familiares, amigos y favorecedores. Y mi necedad será como un borrón oscuro que se destacará entre tanto relumbrón. Porque ignorantes, lo que se dice ignorantes, vamos quedando pocos. Buenos días.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Alguien me ha dado un buen pase y ahora me acerco al área contraria. Presiento un galopito detrás mío y ap&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_YDvvoKgG6KA/SE54ZU0tRMI/AAAAAAAAA6M/9UiURRPM5v8/s1600-h/potrero.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5210234195396084930" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_YDvvoKgG6KA/SE54ZU0tRMI/AAAAAAAAA6M/9UiURRPM5v8/s320/potrero.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;uro el tranco, asustado. Miro. Lo que veo no me dice mucho. La defensa adversaria está bien ubicada. En cuanto alguno se avive que no se me ocurre nada, me atora y me quita la pelota. Podría tratar de cortársela al wing, por detrás del marcador, pero esas casi nunca pasan. También podría amagar el pase y seguir yo, pero noto en la cara del zaguero central que se trata de un individuo suspicaz: no se tragará ningún amague. De pronto, sin que nadie me lo diga, se que alguien aparecerá desde atrás para ayudarme.&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Entonces pongo cara de centreforward, corro al arco. El zaguero se corre un poco para tapar el tiro. Pero yo no shoteo. Le doy suave hacia mi izquierda. Y allí, por donde yo adivinaba, aparece el compañero, libre de marca, ganador, mparable. Casi sin acomodarla le mete un derechazo que entra por cualquier parte. Gol. Después de celebrar con un grito, mientras los rivales deslindan responsabilidades, mi compañero me guiña un ojo. Al pasar me toca, apenas. He pensado como él. He confiado en él. Somos amigos. Sin mirarlo casi, le digo "Bien, che". Soy feliz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es hermoso el fútbol de la muchachada. El fútbol amateur, el de los equipos de barrio. El que se juega en canchas alquiladas. O en los pocos potreros que nos quedan. El que llena el Parque Saavedra. O la cancha de Alianza. O la de atrás de los cuarteles de Ciudadela. O los descampados de San Miguel. Sobre ese fútbol se ha escrito poco y mal. No seré yo quien lo remedie. Mi humilde intención es trazar algunos apuntes para que algún estudioso de verdad empiece a escribir de una vez un tratado completo sobre el tema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Orígenes y dificultades&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un equipo atorrante puede nacer de mil maneras distintas. A veces se compone de caballeros que trabajan en la misma panadería. En otras ocasiones, sus integrantes van al mismo colegio. O viven en el mismo barrio. O los echaron de un equipo anterior. Hubo una época en que no se concebía un grupo de más de diez personas que no tuviera su propio equipo de fútbol. Empresas, oficinas, herrerías, sociedades literarias y simples patotas han dado nacimiento a temas de tan glorioso recuerdo, que a veces uno sospecha que la fundación de ciertas entidades comerciales no ha sido sino el pretexto para la aparición del equipo de fútbol correspondiente.&lt;br /&gt;Sin embargo no todo es tan fácil como parece. Hoy en día resulta bastante dificultoso juntar once. Yo recuerdo épocas en que cada vez que aparecía una pelota, había que echar a patadas a los postulantes. Ahora todos son estrellas. Este no puede porque tiene que viajar a Saladillo. El otro se va a la pileta. Al de más allá, la mujer no lo deja. Después quieren que el fútbol ande bien con semejante morralla. Otro inconveniente es conseguir rivales. -No, nosotros estamos en un campeonato.&lt;br /&gt;-No, nosotros jugamos solamente contra equipos de otras empresas.&lt;br /&gt;-No, este fin de semana ya tenemos partido.&lt;br /&gt;No, nosotros jugamos nada más que los lunes.&lt;br /&gt;No, a esa hora ni locos. Es un infierno, les garanto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero supongamos que usted ha conseguido a once malandras y que ha concertado un desafío contra unos tipos de San Isidro el domingo a las nueve de la mañana en la cancha del Parque Hernández, en San Martín. La noche anterior usted empieza a sufrir. Porque de golpe y porque sí, dos tipos se borran. Hay que conseguir otros dos. Entonces usted comienza un espantoso peregrinaje en busca de reemplazantes. Y llama por teléfono o toca los timbres de sujetos que usted jamás convocaría en circunstancias normales. Y -para peor- los muy canallas se hacen los difíciles.&lt;br /&gt;-¡Eh, recién ahora me avisás! Y usted ruega y se arrastra por el suelo ante troncos irrecuperables tratando de arrancarles la promesa de su asistencia. Al final, cerca de la medianoche, el equipo queda completo, con la desagradable presencia de un pibe de once años y de un cuñado suyo que ni zapatillas tiene. Algo más tranquilo, usted procede a preparar su ropa. Indumentaria clásica: un par de medias llenos de agujeros. Otro par de medias para usar debajo, que también tiene agujeros, pero en otra disposición. Un pantalón con tierra del partido anterior. Un par de zapatillas gastadas y otras decididamente inservibles, para prestarle a su cuñado. Hay también canilleras, pedazos de trapo, piolines y otras basuras que suelen guardarse en la bolsa, más que nada para no tirarlas. Después de esta operación, antes de acostarse, usted mira el cielo. Y con indignada consternación descubre algo espantoso: se está nublando. Son las cuatro de la mañana y usted permanece despierto. Truena. Sopla viento. ¿Lloverá? ¿Podremos jugar igual? ¿Desertará algún pusilánime ante la ventisca? Transpirando a causa de la incertidumbre, usted se duerme a las cinco. Pero a las ocho ya está en pie. Despierto y con el corazón ardiente. Ha limpiado. Sin nada en el estómago, usted se constituye en la cancha del Parque Hernández. cuando llega son las nueve menos cinco. Y le espera una sorpresa desagradable: usted es el primero.&lt;br /&gt;Pasan dos colectivos sin detenerse. El panorama es desolador. Sin embargo, en una punta del parque, como a cien metros de allí, hay unos morochos peloteando. Usted piensa que pueden ser sus compañeros que han llegado más temprano. Trota hasta llegar a ellos: se trata de desconocidos. A las nueve y diez llegan otros atorrantes. -¿No vino nadie? -preguntan inquietos.&lt;br /&gt;-No -contesta usted.&lt;br /&gt;Entonces los recién llegados se desesperan y se indignan. Los contrarios tampoco aparecieron. El partido peligra. Cada vez que se detiene un colectivo, la esperanza ilumina a los reos. Desde antes que el coche pare, ya se van agachando para palpitar a través del parabrisas el arribo de algún otro malandra.&lt;br /&gt;-A esta hora ya no viene más nadie -dice alguien.&lt;br /&gt;Finalmente, a las diez menos cinco, con los nervios destrozados, usted empieza a jugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Nomenclatura, indumentaria y heráldica&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Llega un momento, después de mucho padecer, después de innumerables desencuentros y partidos frustrados, en que el equipo tiene un elenco más o menos estable. Y aumenta la frecuencia de los desafíos. Entonces va creciendo el espíritu de cuerpo y el deseo de consolidar el grupo. Este sentimiento ha engendrado no pocos clubes de barrio, con sede y todo. Pero la primera medida que garantiza la existencia de un cuadro es la búsqueda de un nombre. Enseguida aparecen propuestas inevitables: "Brisas del Plata", "Once corazones".O sugerencias chuscas, casi murgueras: "Los lonyipietros de José Ingenieros", "Sacale el hilo a esa chaucha".&lt;br /&gt;Me permitiré mencionar -a modo de homenaje- los inmortales nombres de algunos cuadros atorrantes que he conocido: "Halcón de Caseros", "Ciclón de Jonte", "Empalme San Vicente", "Barrio Chino", "Estrella del Sur", "Namuncurá", "Los místicos", "Agronomía Central", "La Academia", "Celtic de Merlo", "La matraca", "Hindú", "Resto del Mundo". Que el olvido perdone a todos ellos. Otro hecho de importancia fundamental para la perduración de un cuadro es la adquisición de camisetas. No nos vamos a demorar en su elucidación. Ya todos sabemos los métodos que se emplean para reunir el dinero: rifas, colectas, sustos y disparadas de toda índole.&lt;br /&gt;Debo hacer notar -eso sí- dos tradiciones que se verifican siempre. La primera exige que las camisetas se estrenen perdiendo. La segunda, que se destiñan al primer lavado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Personajes del fútbol atorrante&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;Cesarini decía que uno es igual en la cancha y en la vida. No sé si esto será cierto. Con la gente -ya se sabe- es inútil proponer leyes inmutables. Los postulados sirven para triángulos y cotangentes, pero no para los hombres de carne y hueso. Allí fracasan. Pero volvamos al potrero. Conozcamos sus personajes principales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El morfón&lt;/strong&gt;: Azote de las canchas. Egoísta y obcecado. Jamás pasa la pelota. Únicamente lo hace cuando está perdido. Sus pases son imperfectos, de mala gana, mordidos y con efecto. Algunos han querido ver en el morfón una concepción individualista del fútbol. Yo creo, simplemente, que un morfón es un pavote. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;strong&gt;El tronco&lt;/strong&gt;: No sabe nada. Es torpe. Y cada partido es para él una humillación. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;strong&gt;El sobrador&lt;/strong&gt;: Cobarde en la adversidad y fanfarrón en el triunfo. Este jugador suele aparecer cuando el equipo gana tres a cero. Entonces tira caños, intenta lujos y se burla de los rivales.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El pecho frío&lt;/strong&gt;: Ausente de barullos y entreveros. Nunca se ensucia. Nunca grita. Nunca se enoja.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El loco&lt;/strong&gt;: Suele ser puntero. Es eléctrico e imprevisible. Jamás hace caso, habla solo y se ríe de sus jugadas absurdas.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El arquero&lt;/strong&gt;: Nunca supe qué es lo que hace que alguien se vuelva arquero. Quizá alguna oculta vocación de trapecista. Hay algo curioso: los pibes más chicos se desesperan por ir al arco. Conforme crecen abandonan los tres palos y ya grandulones, hay que mandarlos a atajar de prepo.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El tipo que pasaba por ahí&lt;/strong&gt;: Personaje cuya importancia pocos han comprendido. Es el undécimo hombre. Cada vez que falta uno, los muchachos miran a su alrededor, eligen al morocho más aparente y le lanzan la invitación. ¿Querés jugar? Y el tipo acepta. Lo ponen de cualquier cosa, por allá adelante. Nunca le dan un pase. Lo ignoran. Ni siquiera le reprochan nada. Cuando termina el partido todos se olvidan de él, como si no hubiera jugado. Y quien sabe cuántos triunfos se han cimentado en el humilde trabajo de los tipos que pasaban por ahí.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El pibe&lt;/strong&gt;: Es más chico que todos y se abusa. Sabe que no lo van a tocar y que hay diez grandotes dispuestos a defenderlo. Lo mejor es darle sin asco.&lt;br /&gt;Hay muchos: el referí, el matón, el héroe, el caudillo, el delegado, el gritón, el que reparte las camisetas, el llorón, el lesionado, el suplente, el pavo y otros mil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Mentiras criollas&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Flotan en el aire algunos conceptos equivocados sobre la táctica y estrategia del fútbol atorrante. Y los futuros tratadistas deberán refutarlos. Veamos algunos de ellos.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;"&lt;strong&gt;Es lo mismo perder uno a cero que diez a cero&lt;/strong&gt;" Axioma que pretende inducirnos a atacar desesperadamente aunque nos revienten a goles. Es falso. Es mejor ir perdiendo uno a cero. De este modo con un gol de casualidad, empatamos. En el otro caso, nos ponemos diez a uno.&lt;br /&gt;"&lt;strong&gt;Venimos a divertirnos&lt;/strong&gt;" Frase que le sueltan a uno cada vez que se pone un poco nervioso. Y aquí nos hallamos ante un punto fundamental. "¿Venimos a divertirnos o a hacernos mala sangre?" me preguntan a veces cuando me enojo. Y yo contesto: "A hacernos mala sangre". Sí señor, yo no vengo a divertirme. Para eso está el ludo, el desconfío o el pinchanúmeros, pero nunca el fútbol. Yo quiero sufrir ante el resultado incierto. Padecer la angustia del dominio rival. Sentir miedo ante los golpes y aguantármelo. Quiero imaginar que cada partido es terrible y decisivo. Sé que deberé poner inteligencia y fortaleza. Que hay compañeros que necesitan socorro y adversarios dispuestos a todo. Esta realidad me excita, me entusiasma, me indigna y me enfervoriza, pero no me divierte. Y quienes van a la cancha a divertirse han equivocado el lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Una receta para ganar siempre&lt;/strong&gt; &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;No se trata de un esquema posicional. Es algo sentimental. A tomar nota los técnicos, porque esta receta nunca falla. Pues bien: sostengo que el afecto entre los integrantes de un equipo, lo torna invencible.&lt;br /&gt;Por eso no debemos burlarnos socarronamente de aquellos que hablan del "grupo humano". Algo sospechan estos caballeros.&lt;br /&gt;Yo recién lo descubrí hace poco. Una frase de Menotti me lo reveló. El flaco le puso nombre a algo que yo sentía desde hacía mucho tiempo. ¿Por qué uno quiere en su equipo a ciertos tipos?&lt;br /&gt;¿Porque juegan bien? ¿Porque se adaptan mejor al juego de uno? No. Uno los elige porque los quiere más. Ahora lo sé bien. Y sé que nunca podría jugar un buen partido con compañeros a quienes detestara. Es así. Uno está dispuesto a alentar al que se equivoca, si hay afecto. Uno ayuda al que está en apuros, si hay afecto. Uno se mata cuando escucha al amigo que le grita "Bien, Negro". Y este afecto, este viril cariño, es lo mejor que tiene el fútbol.&lt;br /&gt;Este juego, señores, no es una escuela de vida, ni una filosofía, ni una cosmovisión, como pretenden hoy en día los deportistas presuntuosos. Pero el solo hecho de aprender a cinchar por un fin común y sacar la cara por el compañero basta para recomendar su práctica con todo calor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El puntero llega al fondo de la cancha. Se dispone a lanzar centro. Yo estoy en el medio del área. Muy marcado. El puntero no centrea. Elude a su marcador y se viene hacia el área. Uno de los que me marcaba lo va a buscar. En ese momento me la toca. La pelota viene rasante, firme. Yo presiento algo detrás mío. Amago el remate, pero abro las piernas y la dejo pasar. A mis espaldas entra, imparable, el compañero. Le pega un derechazo terrible. Gol. Cuando vuelve me guiña el ojo. Al pasar me toca, apenas. Casi sin mirarlo le digo "Bien, che". He pensado en él. He confiado en él. Somos Amigos. Soy feliz. Buenas tardes.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Estaba seguro que el horario de comienzo del partido era a las 15:00. Había acomodado todos sus horarios laborales para estar ese martes a esa hora en su casa y al encender el canal 602 se encontró con el inicio del segundo tiempo de un espantoso partido de la “D” Yupanqui – Tristán Suárez. Consultó la grilla de canales y efectivamente, el partido de Temperley con Chicago arrancaba a las 16:00. Volvió a insultar.&lt;br /&gt;Hizo un par de llamados a su trabajo y se aseguró estar disponible una hora más. Podía haber visto el partido en la computadora de su oficina pero, no era lo mismo. Desde muy chico veía los partidos con la camiseta Celeste puesta y era algo incómodo por distintas circunstancias que lo vieran con ella en el trabajo. Era un partido importante, el Celeste, que había arrancado mal en el torneo, recibía a Chicago, uno de los punteros.&lt;br /&gt;Cerró los ojos y recordó, las tribunas desbordantes en Mataderos, la euforia en el Beranger, las cargadas, el cantito: “Almirante, Moron y Mataderos a todos los del Cele..”. Grandes épocas. Aprovechó para ir a la cocina a buscar algo para beber. A la pasada se vio en el espejo del pasillo. Medio pelado, gordo, cincuentón largo quedaba algo ridículo con la camiseta que, incluso le quedaba algo chica. No le importó. Un rito, era un rito.&lt;br /&gt;El partido fue parejo, sin demasiadas emociones. Como siempre, tras una llegada de alguno de los dos equipos, los sonidistas de la TV pasaban esas ridículas grabaciones de hinchadas haciendo onomatopeyas. Mario las odiaba pues eran artificiales y en la mayoría de los casos a destiempo. Una Verdadera hinchada sabría el momento exacto cuando gritar, cuando insultar al referee, cuando alentar o cuando pedir “mas huevo” a su propio equipo. Los estúpidos de los sonidistas nunca acertaban pues nunca habían pisado una tribuna.&lt;br /&gt;Pese a todo, recordaba los primeros años desde la prohibición de asistencia a las canchas que transmitían los partidos sin sonido de fondo. Se escuchaban solo los gritos de los jugadores y el anodino relato de los periodistas. Mucha gente dejó de ver fútbol por ese motivo y canceló sus suscripciones. Mal negocio para la televisión. Las grabaciones de fondo fueron anunciadas con bombos y platillos, en el doloroso latiguillo que declamaba “la vuelta del público a las canchas”.&lt;br /&gt;Mario sabía que eso era imposible. Tras quince años a esta altura la medida era irreversible. La gran mayoría de los clubes había tenido que vender sus estadios para solventar sus finanzas. Donde antes estuvieron los estadios más tradicionales del fútbol, hoy había supermercados, playas de estacionamiento o complejos habitacionales. De reojo miró el pedazo de cascote celeste que atesoraba como una reliquia pues había pertenecido al glorioso Beranger.&lt;br /&gt;Hoy los partidos se jugaban en canchas cerradas, mas semejantes a un estudio de televisión que a un verdadero Estadio de Fútbol. Los directores de tv hacían malabares para evitar televisar las paredes y el cemento.&lt;br /&gt;A poco del final, se escapó un volante Celeste por derecha, lanzó un perfecto centro a la carrera y el “9” de cabeza definió el partido. Mario apretó los puños y ceremoniosamente se besó el escudo de la camiseta. Hacía muchos años que no podía gritar un gol. Al principio lo seguía haciendo, pero comenzó a sentirse algo tonto al saber que ningún jugador lo escuchaba. Cuando comenzaron las grabaciones y los gritos artificiales, dejó de hacerlo.&lt;br /&gt;Salió a la puerta de su casa, con la camiseta todavía puesta. Alejandro, su vecino, escuchó su puerta y salió tras el. No era su amigo. De hecho muchas veces habían discutido por estupideces de árboles linderos, mascotas, siestas y medianeras. Las tonterías habituales por las que los vecinos se pelean. Era un tipo grandote mas o menos de su edad, con ojos endurecidos por las desgracias personales, y algo soberbio. Tenía muy poco en común con el, y no lo apreciaba demasiado, pero era costumbre que tras cada partido de Temperley salieran afuera a comentarlo. Los dos eran fanáticos.&lt;br /&gt;- ¿Se complicó un poco al final, vio? Arrancó Alejandro&lt;br /&gt;- Si. El cinco de ellos es buen jugador, nos manejó la pelota…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siguieron hablando durante largos minutos hasta que llegaron al tema recurrente.&lt;br /&gt;- Si. Pero ahora no es lo mismo.. Se disfruta menos.&lt;br /&gt;- Es todo mucho mas frío..&lt;br /&gt;- Por eso, ¿vio que los chicos menores de veinte casi ni miran fútbol?, solo los viejos lo hacemos.&lt;br /&gt;Alejandro hizo un silencio. Mario pensó que, como otras veces, casi sin despedirse, iba a dar media vuelta y se iba a meter dentro de su casa.&lt;br /&gt;- Mire, hace un tiempo que me está dando vueltas una idea. Mi hermano trabaja en el hospital con el petiso Martínez, ¿lo conoce?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como no conocerlo a Martínez! pensó Mario. Si de chicos se habían agarrado a trompadas veinte veces.. Uno de los pocos fanáticos declarados de Los Andes en el barrio. Tras cada clásico se buscaban donde estuvieran para torearse. Hacía muchos años que no lo veía, sabía que se había recibido de médico y que trabajaba en un par de sanatorios de prestigio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- El jueves que viene es el clásico y cargada va, cargada viene, mi hermano le propuso a Martínez que veamos el partido, en una casa, todos juntos… ¿Se anima a venir?&lt;br /&gt;Mario se quedó sin habla. ¿Ver el partido con un hincha de Los Andes?, ¿Para que?. Si hacía años que los partidos le gustaba verlos solo. Sin embargo, algo en la idea le causó una extraño cosquilleo que no sentía en mucho tiempo. Atinó a preguntar&lt;br /&gt;- ¿Pero vamos a ser tres con El?, lo vamos a cargar hasta que explote..&lt;br /&gt;- No. El arreglo es el siguiente.. Seis de Temperley y Seis de Los Andes, en lo de mi Hermano. Ayer me llamaron que un amigo no puede venir, y yo pensé en Ud. que como nosotros es de la vieja guardia.&lt;br /&gt;Mario, no pensó la respuesta, salió espontánea.&lt;br /&gt;- Cuando el petiso me vea, se va a querer morir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jueves a las 12 del mediodía, hora fijada para el Clásico. Caminó las seis cuadras que lo separaban de la casa de Marcelo, el hermano de Alejandro, con su camiseta puesta, una banderita del último ascenso, y un gorrito de cancha en el bolsillo de atrás del pantalón. El corazón le latía con fuerza. Tocó el timbre y Marcelo, todo vestido de Celeste, lo recibió con un apretón de manos y una amplia sonrisa.&lt;br /&gt;- Sos uno de los primeros en llegar&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminaron por un largo pasillo atravesando puertas y esquivando juguetes infantiles desparramados por el piso. En el fondo de la casa, en un garage una pantalla gigante, de mas de 80 pulgadas asomaba en el fondo. A cada costado dos grupos de sillas, sofas y sillones en forma casi simétrica apuntaban a la pantalla y quedaban una enfrente de la otra. A la derecha, Alejandro junto a otro hombre de su misma edad, cuchicheaban preocupados. Enfrente a ellos en el otro grupo de sillas un tipo petiso, nudoso con ojos desconfiados, vestido con el despreciable para Mario “pijama” a rayitas rojo y blanco miraba la hora nervioso. Lo vio entrar y el reconocimiento fue inmediato. Sin saludos, silencio y desafío.&lt;br /&gt;Poco a poco comenzaron a llegar todos, eran seis de cada lado, todos cincuentones. Mario estaba nervioso y ansioso. Sentía las manos transpiradas y la inquietud lo carcomía. El locutor comenzó a dar las formaciones de los equipo y empezaron las estúpidas grabaciones de hinchadas artificiales. Marcelo, tomó el control remoto y le quitó el sonido.&lt;br /&gt;El partido comenzó parejo pero a poco de iniciado, se escapó el “11” chiquitito y hábil de los milrayitas y abrió el marcador. En la tribuna de enfrente la explosión fue inmediata. El grito de gol lo alargaron hasta el infinito. Tras el mismo comenzaron los cantitos.&lt;br /&gt;“ Que nacieron hijos nuestros, hijos nuestros morirán..”&lt;br /&gt;Un hombre muy mayor, al cual Mario sabía que conocía pero no lograba sacar de donde, comenzó en la tribuna Celeste: “no pasa nada, al Cele lo queremos en las buenas y en las malas” Todos los siguieron.&lt;br /&gt;Cuando Los Andes tocaba cuatro o cinco veces la pelota, arreciaba el “ooole. Oole” de enfrente. Hasta en un momento cantaron el amenazante “ borombon los esperamos en la estación”&lt;br /&gt;Penal para Los Andes. Mario no quería ver para la tribuna de enfrente. Rezaba en silencio. La pelota besa el palo y se va afuera. Vamos! Gritaron los seis casi al unísono. Los jugadores se motivaron con esto. Gracias al aliento de su hinchada, comenzaron a llevarse por delante al rival, corner tras corner. Los defensores de Lomas pedían la hora y rechazaban a cualquier parte. La hinchada de Los Andes ya no alentaba, esperaba nerviosa el final para alentar.&lt;br /&gt;El árbitro dio tres minutos de descuento. El partido ya terminaba un centro llovido, casi sin esperanza del “4” Celeste es rechazado de cabeza hacia la media luna del área, allí el “5” de Temperley toma la pelota de aire, y con una hermosa volea la clava en un ángulo.&lt;br /&gt;El grito fue un rugido del alma contenido por muchos años. Mario sentía como si sus cuerdas vocales fueran a salirse hacia fuera, pero seguía gritando y abrazándose con sus compañeros de tribuna.&lt;br /&gt;El final del partido fue con aliento de las dos tribunas y una despedida acorde a cada uno de los equipos que, conciente, o inconcientemente saludaron mirando de frente a sus parcialidades con los brazos en alto.&lt;br /&gt;Mario sentía un nudo en la garganta. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sus manos temblaban. La emoción lo embargaba a un extremo que no lograba recordar. Levantó la vista y vio, al Petiso Martinez, lagrimeando como El y aferrando en una mano un arrugado banderín rojo y blanco.&lt;br /&gt;Marcelo trajo una picada con cerveza y maní que comieron los doce casi en silencio. Se fueron de a uno, saludándose como amigos de toda la vida y prometiendo encontrarse en el próximo clásico.&lt;br /&gt;Cuando estaba saliendo, Alejandro, con los ojos todavía enrojecidos lo tomó de un brazo y le dijo.&lt;br /&gt;- Tengo un conocido de Caseros con el que estamos organizando algo parecido y el lunes a la mañana jugamos con Estudiantes, ¿Se prende?&lt;br /&gt;Mario sin dudarlo respondió&lt;br /&gt;- Cuenten conmigo.&lt;br /&gt;Mientras caminaba a paso firme canturreaba las canciones de cancha con una sonrisa. Se sentía veinte años mas joven. Alegría por la experiencia que había vivido, pero mucha mas por haber tomado conciencia que el mundo iba a seguir produciendo estúpidos que quisieran matar los sentimientos de la gente pero siempre, de algún modo extraño u oculto estos iban a aflorar. Mal que les pese.&lt;br /&gt;No es posible tapar el sol con un dedo, solo se oculta desde la obtusa perspectiva del idiota que lo intenta.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Estará en la habilidad del lector, adivinar cual es cada caso. Luego de escribirlo, no logro determinar bien la diferencia.&lt;br /&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_YDvvoKgG6KA/R2HBJDJVGbI/AAAAAAAAAik/ZE_hN_WFwgE/s1600-h/portpepe.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5143604610641238450" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_YDvvoKgG6KA/R2HBJDJVGbI/AAAAAAAAAik/ZE_hN_WFwgE/s320/portpepe.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;El 14 de Mayo de 1969 la familia Amalficele estaba convulsionada Roberto, clase media trabajadora, tomó su Fiat 600 en su modesto taller y fue volando hasta una pequeña Clínica de Temperley desde donde le habían avisado que Celia, su esposa estaba en avanzado trabajo de parto. Pese a la corrida, llegó a la clínica casi al mismo tiempo que su nuevo hijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LEJOS DE ALLI...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;El hombre era muy mayor, si bien mostraba la misma vitalidad que alguien con varias décadas menos de edad, en sus huesos, ya los años le pesaban. Miró su preciado banderín velezano y cerró los ojos. No quería morir pues sentía que todavía tenía mucho para dar en este mundo, sin embargo con pesadumbre aceptaba que el paso del tiempo tenía un avance inexorable y por ende su ciclo vital, en algún momento debía finalizar. Sin resignación, resistiendo hasta el último instante, abandonó su cuerpo, pero no el mundo.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;El bebé lloraba junto a otros en la Nursery, llevaba pocas horas de vida, la enfermera trataba de repartir su tiempo entre los cuatro niños en forma equitativa, sin lograrlo. A sus espaldas, por la ventana una brillante luz ingresó en la forma de una esfera luminosa semitransparente y estalló en el rostro del sorprendido bebé haciéndolo estremecer. La enfermera no pudo reprimir una sonrisa cuando, al menos, uno de los pequeños se había calmado. Se volteó para observarlo y le llamó la atención que tras la turbia mirada del recién nacido, pudiera ver algo parecido a fuerza y determinación, como si controlara el llanto voluntariamente. Se dijo que tal cosa era imposible a tan temprana edad, y prosiguió con sus tareas, ahora repartidas solo entre tres berreantes criaturas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Roberto observaba a su esposa descansando. El parto había sido complicado, pero afortunadamente corto. Con lágrimas de emoción había ver a su primer hijo a través de una ventana en los brazos de una enfermera. Hubiera querido llamarlo Marcos, al igual que su Padre o Roberto como El, pero finalmente lo bautizarían José como el abuelo de ella, un nombre que a ambos, sin poder explicarlo, los dejaba conformes y satisfechos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Jardín de infantes era el tumulto de siempre cuando los chicos dibujaban. Todas las mesitas eran un caos de crayones rotos, hojas manchadas, chicos que se encimaban unos a otros para dibujar a los gritos. La diferencia estaba en la mesa de la ventana. En ella, los crayones estaban en el centro de la mesa, ordenados por color y tamaño, los niños, respetuosamente, tomaban los colores de a uno, no sin antes dejar en el lugar apropiado el lápiz que dejaban de utilizar. Uno de los niños vigilaba, ceñudo y reconcentrado en su tarea que el resto cumpliera con el orden. Era el mismo que había “negociado” con una niña de la salita amarilla intercambiando unos crayones pues sostenía que tenían colores más brillantes. La maestra meneó la cabeza con una sonrisa. La precocidad de Josecito no dejaba de sorprenderla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La escuela primaria y el colegio secundario fueron trámites sencillos para José a quien ya todo el mundo conocía como Pepe. En ambos casos logró adelantar un año respecto a sus compañeros recibiendo al finalizar la medalla de oro por el mejor promedio. Fue el capitán deportivo y de ciencias en cada uno de los años de curso habiendo sido elegido por sus propios compañeros. Del mismo modo fue el delegado para hablar con los profesores, cada vez que surgía un problema. El “aura” de Pepe para intermediar le hizo ganar una gran estima y reputación respetada por igual por profesores y alumnos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue casi natural que siguiera la carrera de Administrador de Empresas. En apenas cuatro años, a los veinte de edad, obtuvo el título universitario. En sus primeros cinco años como profesional se abocó de lleno a triunfar. Fue escalando posiciones hasta lograr la vicepresidencia en una de las empresas más emprendedoras e innovadoras del país en la cual finalmente lo asociaron. A los veinticinco años se casó y a los treinta ya tenía los tres hijos planificados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si bien dedicaba el tiempo adecuado a su familia, fuera de las doce horas diarias en las cuales se encontraba absorbido por su trabajo, su único vicio era ir a ver al Celeste. Dado que no era afecto a leer las secciones deportivas de los diarios, ni mucho menos a escuchar la radio, había delegado en su secretaria que le informara día, hora y lugar de cada partido. Allí se quitaba el traje y la corbata, se ponía la camiseta del torneo que correspondiera y se sumaba a la tribuna para sufrir, como uno más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las campañas deportivas se sucedían, Pepe partido a partido comprendía que aquello que había comenzado como un pasatiempo, se había transformado en sufrimiento. No podía comprender el motivo de tantas desgracias juntas. Las conclusiones de sus compañeros de tribuna eran concluyentes “Falta capacidad dirigencial”. Con su vida resuelta, su familia encaminada y con la posibilidad de tomarse un año sabático, Pepe decidió tomar cartas en el asunto. El iba a solucionar los problemas del Club.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Arregló las cosas en su trabajo para manejar todo desde su casa y a través de su padre obtuvo un nombre para ir a ver en el Club y comenzar su tarea, era Carlos Peñalba, el vecino de un amigo de su padre, ex directivo quien alegaba conocer a mucha gente. Acordó para encontrarse en el Buffet y allí fue con toda la esperanza e ilusión&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Peñalba era un hombre agradable. Lo recibió en una mesa junto a “Tito” Mujica un veterano de mil batallas quien le comentó que alguna vez había detentado el cargo de tercer vocal suplente. También le cayó bien a Pepe por su simpleza. Le comentaron con detalle todos los problemas que, a juicio de ellos, tenía el club. Tomó nota mentalmente de cada uno de ellos y comenzó a diseñar estrategias y a plantear soluciones. No eran cuestiones simples pero, comparadas con las que debía resolver diariamente en su empresa, no presentaban grandes dificultades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Levantó la vista y comenzó a recorrer las caras en las otras mesas. Llamativamente de varias de ellas lo miraban con una mezcla de asco y odio. Era la primera vez que pisaba el club, y no creía haber visto a ninguno de ellos en la tribuna. En ese momento pensó que era la natural desconfianza a la persona desconocida. Minimizó la situación y la quitó de su mente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Trabajó varios días en su computadora, hizo algunos llamados y obtuvo las respuestas deseadas. Los problemas eran más sencillos de resolver que lo que suponía. Diseñó un plan de acción. En escasos seis meses todo estaría encarrilado y en un año, a lo sumo en dos, el Club sería una entidad con servicios a los socios de excelencia y con excedentes financieros como para mejorar sus campañas deportivas. Se sentía eufórico. Podría volver a disfrutar en la tribuna con los resultados positivos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Armó su proyecto con gráficos y lo redactó en un lenguaje simple para que cualquier mortal pudiera entenderlo. Hizo cuatro copias, las hizo anillar con una brillante tapa celeste y se fue para el Club. Fue directamente a la Secretaría. Preguntó por Ramírez, de quien le habían dicho que era el Vicepresidente, y a la vez el hombre fuerte del club. Era la persona por quien pasaban todas las decisiones importantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando los empleados lo vieron preguntar por Ramírez, abrieron los ojos con sorpresa. Tímidamente le pidieron que aguardara unos instantes. Salió un hombre rechoncho, de gran papada y ojos porcinos y desconfiados. “¿Que quiere Ud.? le preguntó en forma insolente, sin siquiera hacerlo pasar a la oficina y en medio del pasillo.&lt;br /&gt;Comenzó a explicar sus objetivos cuando el otro lo interrumpió sin dejarlo terminar – “Mire, de Ustedes no nos interesa nada, sabemos como son, así que por favor retírese”, y le cerró la puerta en la cara. Pepe levantó la vista incrédulo y vio dos o tres corrillos de gente que lo miraban mal, tal como había percibido en su visita anterior en el Buffet.&lt;br /&gt;Uno se acercó y le dijo casi gritando - ¿No hicieron ya suficiente daño al Club?. Pepe evaluó contestarle que no entendía nada pero sabía identificar la sensación de una persona que está al borde de la agresión física. Optó por retirarse sin poder creer lo que le había sucedido.&lt;br /&gt;En la puerta, un par de personas con la misma actitud hostil pero más tranquilas lo observaban. Se acercó y sin más trámite preguntó cual era el problema. Tras un par de explicaciones cruzadas, obtuvo algunas respuestas.&lt;br /&gt;- Ud. es del grupo de Peñalba, le dijeron, lo vieron con el hermano en la misma mesa el otro día.&lt;br /&gt;- A Peñalba lo conocí ese día y al hermano ni lo conozco. Alcanzó a balbucear.&lt;br /&gt;Las réplicas eran casi autistas, sin escuchar sus explicaciones.&lt;br /&gt;- Peñalba, del cual Ud. es amigo es el peor enemigo de Ramírez y su grupo fue el que trató de voltearlo en la Asamblea de 1979.&lt;br /&gt;- ¿1979?, ¿pero cuantos años hace de esto? Yo tenía diez años de edad…&lt;br /&gt;- Encima Ud. vino al club de la mano de Mujica. La familia de ese es mala palabra en el club, un tío se robó un juego completo de camisetas en el 57’.&lt;br /&gt;¿Un Tío?, ¿1957??? Ni había nacido…Pepe no llegaba a comprender un absurdo, cuando le tiraban uno todavía peor. ¿Y que tiene esto que ver conmigo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Nadie lo escuchaba, de adentro del club salió como una exhalación un grupo de los más enojados y, por ello, para evitar males mayores con sus carpetas bajo el brazo debió retirarse.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;El enojo y la sorpresa le duraron un par de semanas, pero no era un hombre para rendirse fácilmente. Avanzó con dos de los proyectos más factibles.&lt;br /&gt;Habló con el gerente de publicidad de uno de los grupos que trabajaba con su empresa y obtuvo a través de tres canjes publicitarios, la construcción gratuita de una tribuna para diez mil personas para el club, luego se reunió un par de veces con el dueño de una empresa que le debía varios favores comerciales, y obtuvo la donación con todos los gastos pagos de una cancha de Hockey sobre Césped sintético. Ambas obras necesarias para desarrollo del club, sin costo alguno y con posibilidades de incrementar valor, servicios y ganancias. Era el punto de partido de mucho mas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Con los proyectos concretados y firmados, logró una reunión con el segundo prosecretario del Club, de quien había recibido referencias que era un hombre bien intencionado y que no participaba en internas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;El hombre, alto desgarbado de mirada triste y algo corto de entendederas, se mostró primero incrédulo y luego, al ver los contratos firmados, visiblemente sorprendido. ¿Y al Club no le cuesta nada esto? Preguntaba por cuarta vez. Pepe con paciencia volvía a explicar todo desde el principio.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Finalmente, el hombre se quitó los lentes y le dijo, “mire Sr. Amalficele, el problema son sus amigos. En este club, nos fijamos mucho en eso, pero este proyecto es muy bueno…”&lt;br /&gt;Parecía que dudaba entre echarlo y seguir preguntando. Finalmente dijo: “Está bien, hagamos una cosa, vaya a verlo a Parenti. Es el que hace La Revista del Club, y tiene un programa de radio. Seguro que le va a dar un espacio para que difunda esta idea, si lo convence a El, Ramírez no va a tener mas remedio que ir adelante o dar una explicación. Ya se lo llamo”.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;La “radio” era una casita de barrio sin revoque en medio de la nada con una larga antena. En la antesala una recepcionista morochita con un piercing en la nariz mascaba chicle y trataba de entender las explicaciones de Pepe mientras escuchaba música a todo volumen con un par de auriculares. Tras una ventana interna, se veía como un par se sujetos uno obeso y el otro mas delgado en mangas de camisa sentados frente a una mesa le hablaban a los gritos al micrófono. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Luego de intentar hacerse entender durante largos minutos, logró milagrosamente que la mujer saliera de su autismo musical y le dijera casi con desprecio “Hable con el productor, yo no tengo nada que ver con eso”&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;El “productor” era un chico delgado, apenas salido de la adolescencia con la cara repleta de acné e impavidez. En medio de algunos llamados telefónicos logró explicarle su necesidad de hablar con Parenti. Le dio una de las carpetas el cual, muy a desgano, hojeó distraídamente mientras atendía otro par de llamados. El sujeto mas obeso de los dos que se encontraban dentro, asomó medio cuerpo y como si Pepe no existiera le dijo al chico “Che, Boludo, te dije hace media hora que me lo llames a Cacho”, y cerró la puerta.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Pacientemente, aguardó otros cuarenta y cinco minutos de espera.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Terminó el programa y el chico juntó los papeles y siguió actuando como si el no estuviera presente. De adentro del “estudio” salieron los dos periodistas, saludaron con un ademán con la cabeza y siguieron de largo. Decidió correrlos. Logró alcanzarlos en la puerta, justo cuando subían a al auto. Con gesto de fastidio, el gordo se detuvo y lo escuchó. Pepe, en dos minutos, hizo un resumen brillante de su proyecto, destacando todas las ventajas, y describiendo en pocas palabras los aspectos más importantes del mismo y todas las posibilidades de futuro. El periodista meneaba la cabeza con desdén. Cuando Pepe finalizó le dijo: “Sabe lo que pasa amigo, Ud. ya habló en varios lados sobre esto, yo no puedo ya promocionarlo como algo propio, no es una propuesta del programa”&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;Pepe entrecerró los ojos sin entender, el otro prosiguió, “En el club ya se comenta sobre su proyecto y todos saben que es todo idea e iniciativa suya, a mi no me sirve esto. Yo necesito vender cosas como si nosotros las impulsamos, tienen que ser idea mía, por desgracia no puedo hacer nada por Ud., hubiera venido antes”. Subió a su vehículo y partió raudamente.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Quedó parado en la vereda, casi sin reacción, nunca en su vida se había sentido con una sensación tan profunda de derrota y humillación. Dos hombres, de aspecto humilde lo miraban tristemente. Uno de ellos, con una sonrisa franca le extendió la mano. “Disculpe, no pude dejar de escucharlo”, Pepe devolvió el saludo. Un poco de calidez, tras tanto maltrato y frialdad, no venían mal.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Se presentaron como el Presidente y el Vicepresidente del Club “Redes del Sur” de Temperley. “Tenemos un programa de radio y difundimos nuestro trabajo. Contamos con treinta chicos carenciados a los cuales les enseñamos Básquet y estamos juntando para cambiar algunas baldosas y un caño de desagüe” le contaron. Poco a poco el interés de Pepe comenzó a crecer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;DIEZ AÑOS DESPUES...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre, de un salto, alcanzó a subir al tren justo antes que las puertas se cierren detrás suyo. Era alto, desgarbado y su mirada evidenciaba una tristeza infinita. Se acomodó como pudo entre la gente apretujada y sacó de un bolsillo un arrugado diario local extendiéndolo en el suplemento deportivo. La noticia en página central era llamativa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:130%;"&gt;REDES DEL SUR A LA LIGA NACIONAL&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;El modesto club de Temperley alcanzó anoche una resonante victoria logrando el ascenso a la máxima categoría del Básquet Argentino. Miles de aficionados dieron la vuelta olímpica en el moderno estadio cubierto inaugurado el año anterior. En emocionadas declaraciones su presidente el Sr. José Amalficele agradeció….&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre alto y desgarbado perdió interés. Sus ojos fueron hacia un rincón de la hoja, a una noticia en letras muy chicas y casi escondida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;strong&gt;Temperley lejos de la clasificación.&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;El Celeste perdió de local frente a Flandria y de esta manera se alejan sus posibilidades de pelear por un ascenso a la B Metropolitana..&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;O QUIZAS….&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ramírez, sorprendido y emocionado leyó el proyecto y palmeó a Pepe en un hombro. “Amigo Ud. es un Celeste de Ley, no importa quienes son sus amigos, vamos ya a mi oficina y me lo explica con todo detalle”. “Carlos, llamá por favor a todos los muchachos que tenemos algo muy importante que tratar”. Ambos sonrientes ingresaron en la Presidencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;DIEZ AÑOS DESPUES – VERSION DOS&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tapa del Diario Deportivo a todo color decía&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#ff0000;"&gt;EL CELESTE SE AFIRMA EN LA PUNTA&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;El campeón del torneo pasado Temperley venció a River en el Monumental y estira la ventaja sobre sus perseguidores… &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Veinte mil pesos: te sale eso. Los traés, no se lo contás a nadie, yo me quedo con la plata y vos jugás en mi club. En tres meses, recuperás tu inversión. Te espero mañana. No te vas a arrepentir: yo te voy a convertir en una figurita conocida”. Al separarse, el crápula lucía una sonrisa repugnante. El Jugador, en cambio, se llevaba toda la repugnancia y nada de la sonrisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A un crápula se lo conoce por pocas causas. En unos casos es por error, en otros, por azar. Y en otros más, como ocurrió con El Jugador, por desesperación. Estaba agobiado y un ex compañero le había sugerido que la única salida era sentarse con ese hombre. No andaba ni en el principio ni en el final de su carrera, correcta pero sin notoriedades. En realidad, sobre todo andaba mal. Una renovación en el plantel al que pertenecía lo había dejado sin equipo, o sea sin trabajo, y ni el aprecio de algunos entrenadores ni la gentileza de los dirigentes respetables que lo conocían le permitían conseguir lo único que necesitaba: un sitio en la cancha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aún le retumbaba la frase final de la despedida, ese sórdido “yo te voy a convertir en una figurita”, cuando se metió en el primer subsuelo oculto, y en el segundo local extraño, y en la tercera galería inmensa del largo recorrido al que dedicó su tiempo en ese día irrepetible. Si alguien que supiera su situación lo hubiera seguido calle tras calle, habría concluido en que rastreaba lo que miles en este universo mísero: plata. Absurdo: plata para jugar y ganar plata.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_YDvvoKgG6KA/RqugKPDmLII/AAAAAAAAAF8/2QldF-Jb80Y/s1600-h/guibaudo.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5092339901373230210" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_YDvvoKgG6KA/RqugKPDmLII/AAAAAAAAAF8/2QldF-Jb80Y/s320/guibaudo.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;A la mañana siguiente, fue a la cita en el minuto exacto, con la ansiedad mordiéndole el cuerpo y una valija colgando desde los dedos diestros. El crápula le abrió la puerta, todo lustroso, todo impecable. Y también todo sonriente, dispuesto a abrir la boca. Pero cuando estaba por largar la primera palabra, ahí, en la misma puerta, El Jugador alzó la valija, la llevó por encima de la cabeza del crápula y la abrió de un solo movimiento sobre el cuerpo del otro. Veinte mil figuritas de fútbol de todas las décadas, hermosas y ajadas, usadas o nuevas, cayeron como lluvia arriba del crápula. Veinte mil figuritas que había sumado en su itinerario del día anterior y que en alguna época habían sido difíciles o fáciles, veinte mil figuritas que guardaban las imágenes de estrellas de siempre y de estrellas fugaces, veinte mil caras de veinte mil personas que habían sido sueños hechos fútbol como él, El Jugador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Te gustan? Ahí tenés para llenar el álbum-, dijo antes de irse. Y se fue caminando feliz, mientras el crápula, asombrado, se iba hundiendo sin remedio bajo una colección de figuritas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;Publicado en la sección “De rastrón” del matutino Clarín, el domingo 17 de noviembre de 2002.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;Tanto el cuento, como las figuritas del Celeste, una gentileza de Marcelo Ventieri&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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En cambio es bastante dificil conseguir que esas mismas personas le presten a uno dinero. Segun parece, el sentimiento amistoso se halla en decadencia. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_YDvvoKgG6KA/Rl7S2Fr2y-I/AAAAAAAAADw/wMIeahfgJaI/s1600-h/portcuentos.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5070722057146649570" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_YDvvoKgG6KA/Rl7S2Fr2y-I/AAAAAAAAADw/wMIeahfgJaI/s320/portcuentos.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Todos los dias uno tropieza con canallas que lejos de preocuparse por la escasez de amigos, se jactan de ella. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;-Yo, amigos, lo que se dice amigos, tengo muy pocos, o ninguno- nos gritan enla cara . &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Y no advierte que el sujeto esta esperando que lo feliciten por semejante hazaña. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;En los años dorados de Flores, cuando alcanzaban su apogeo la comprension,la poesia y el juego del codillo, tambien existian enemigos de la amistad que preocupaban a los Hombres Sensibles. Manuel Mandeb, el metafisico de la calle Artigas, colecciono algunas de sus obtusas opiniones en un opusculo titulado maliciosamente Los amigos. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Como yaes costumbre, transcribimos algunos parrafos. &lt;em&gt;"... La amistad debe nacer en la juventud o en la infancia. Nuestros amigos son aquellos que aprenden junto a nosotros o, mejor todavia, los que viven aventuras a nuestro lado. Y por lo general, la gente aprende y vive aventuras en la juventud. Despues casi todo el mundo consigue algun empleo en casas de comercio y ya resulta imposible adquirir conocimientos nuevos o pelearse con una patota.&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;"...A los once o doce años, uno empieza a hartarse de la familia y encuentraque los muchachos de la esquina son mucho mas divertidos que el tio Jorge. Durante mas o menos una decada nadie estara mas cerca de nuestro corazon queesos muchachos. Y si uno quiere aprovisionarse de amigos, debe hacerlo en eseperiodo. Despues sera demasiado tarde.&lt;/em&gt;.." &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Segun se aprecia, el criterio de Manuel Mandeb es interesante y tal vez verdadero. Sucede que en cierto momento de la vida uno descubre que esta rodeado de extraños: companieros de trabajo, clientes, acreedores, vecinos y cuñados. Los amigos de verdad estan lejos, probablemente encerrados en circulos parecidos. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Algunos empecinados insisten en cultivar amistades nuevas. Los matrimonios maduros se visitan mutuamente y desarrollan palidas parodias de la amistad verdadera: se cuentan una y otra vez episodios antiguos, vividos con los amigos viejos, que ya no estan. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Cuando uno es joven no cuenta historias a sus amigos:las vive con ellos. A pesar de estas sabias reflexiones de Mandeb, existio en Flores una agencia destinada a ofrecer amistad a los solitarios. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Fue la celebre Proveeduria de Amigos de Ocasion. Sus fines de lucro eran innegables. Todavia hoy se recuerda su 'slogan' publicitario: "&lt;em&gt;&lt;strong&gt;Tenga un amigo desinteresado. Paguelo en cuotas&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;". Con solo acercarse al mostrador, el cliente ya notaba un clima amistoso y amplio. Los empleados sabian como atacar. -Buenas tarde. No sabes lo que me hizo esta mañana la bruja de mi mujer. Y a los treinta segundos uno se sentia entre amigos. Despues, entre palmadas,guiños, pellizcones y confidencias, los comerciantes iban mostrando el amplio catalogo de la proveeduria. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Tenian amigos silenciosos, dispuestos a escuchar cincuenta veces la historia de una operacion. Amigos complacientes, siempre amables y elogiosos. Amigos efusivos que saludaban con abrazos y se despedian a los gritos. Amigos divertidos, eruditos en cuentos picantes y expertos en bromas pesadas. Tambien se prestaba un servicio un tanto oneroso, especialmente para personas encumbradas. Consistia en el alquiler de una cohorte de adulones que acompañaban al cliente a todas partes, se reian de sus chistes, aplaudian sus ocurrencias y suscribian con entusiasmo cualquiera de sus pensamientos. Precediendo a esta comparsa, solia marchar un corneta, que abria la puerta de los bares y asomando la cabeza gritaba: -Ahi viene el doctor Del Prete...! El trabajo se hacia tan bien, que muchos de los contratantes ya no podian prescindir de el nunca mas. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Muchos profesionales del barrio extinguieron su fortuna pagando este servicio de la agencia. Un asunto que molestaba a los clientes era el rigor de los Amigos de Ocasion en sus horarios. Cuando vencia el plazo estipulado, se terminaba la amistad. Sin saludar, los contratados daban media vuelta y se iban, muchas veces interrumpiendo una carcajada o librandose bruscamente de un abrazo fraternal. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Sin embargo, hay que admitir que algunos aspectos del funcionamiento de la prooveduria eran bastante nobles. Por ejemplo, la Seccion Niños permitia que los padres eligieran a los amigos de sus hijos, sin correr riesgo alguno. Para ello se contaba con un numeroso plantel de chicos e incluso enanos, adiestrados en diferentes actitudes. Segun el gusto paterno, podian encontrarse pibes atorrantes para avivar a los pequeños pelandrunes, niños estudiosos para estimular a los adoquines, y criaturas educadas y juiciosas para serenar a los mas piratas. Desde luego, no pudo evitarse que muchos chicos se resistieran a la decision de los padres. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Asi se oian con toda frecuencia en Flores frases como esta: - Camine a jugar con los amiguitos que le alquilo su padre, caramba...! Asimismo existia un departamento para Damas, con un amplio surtido de chimentos. Algunos malintencionados decian que las mujeres no contrataban amigas, sino enemigas, pero ese es otro asunto. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;El fracaso mas estruendoso fue el de la seccion Amistades Mixtas. Nada cuesta razonar que los caballeros que solicitaban amigas escondian casi siempre otras intenciones. No se espante el lector pensando que nos internaremos en un tema tan manoseado como el de la amistad entre la mujer y el hombre. Vale la pena -eso si- recordar lo que dijo Manuel Mandeb a una amiga suya, tal vez alquilada en la proveeduria. -"&lt;em&gt;Vea. Yo puedo ser su amigo si usted quiere. No tratare de seducirla ni me pondre romantico ni le hare propuestas indecorosas. Pero sepa que yo necesito que exista un amor potencial. Me resulta indispensable que exista una posibilidad en un millon de que algo surja entre nosotros. Le aclaro que es probable que si se da esa circunstancia yo salga corriendo. Pero es unicamente en virtud de esa remotisima chance que yo estoy aqui oyendo su conversacion como un imbecil&lt;/em&gt;. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Los Hombres Sensibles nunca fueron buenos clientes de la agencia Amigos de Ocasion. Quiza porque sus presupuestos eran muy humildes. O a lo mejor porque les gustaba que los quisieran gratis. En cualquier caso, los muchachos del Angel Gris tenian un criollo pudor en estas cuestiones. Para ellos andar declarando publicamente el grado de amistad que sentian por alguien era cosa de afeminados. Manuel Mandeb pasaba largas horas en la esquina de Artigas y Moron fumando con Jorge Allen, el poeta. Muchas veces ni se hablaban. Se contentaban con saber que el otro estaba alli. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Ya en su ultima etapa, la preveeduria empezo a ofrecer viejos amigos. En un principio la idea consistia en rastrear -a pedido del cliente- el paradero de personas ausentes y lejanas. Pero como advirtieron que la tarea era demasiado complicada, resolvieron que era mas facil inventar antiguas amistades que rescatarlas del pasado. Se preparo entonces un magnifico grupo de viejos mentirosos que ante la entrada de algun candidato de cierta edad, fingian reconocerlo y le soltaban cuatro o cinco recuerdos para ir tomando confianza. Esta seccion trabajaba mucho en las cenas anuales que suelen realizar los ex-alumnos de los colegios. Su mision consistia en ir reemplazando a los fallecidos y mantener siempre firme la concurrencia. Asi, en cierta reunion de egresados del Colegio Nacional Nicolas Avellaneda,promocion 1921, se dio el curioso caso de que ninguno de los asistentes habia pisado jamas ese establecimiento, lo que no les impidio evocar a profesores,reirse de pasadas travesuras y brindar por encuentros futuros. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Con el tiempo, la actividad de la agencia fue amenguando. Contribuyo a este hecho cierta mala prensa que siempre tiene la amistad entre los espiritus escepticos. En Flores, y en todos los barrios, se contaban leyendas sobre las traiciones de los amigos y sobre las ventajas de la soledad. Todavia en nuestro tiempo hay personas que se complacen en declarar que los perros son mas leales y sinceros que los humanos. Cabe sobre esto una pequeña reflexion. Tal vez sea cierto que los perros no traicionan. Pero esto no es en realidad una virtud del animal. Ocurre simplemente, que la modica organizacion mental del perro le impide realizar procesos tan complicados como una estafa. Es decir: los perros no pueden traicionarnos, por la misma razon que no se les permite es cribir novelas. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Hoy cuando ya no existe la Agencia Amigos de Ocasion, vale la pena preguntarse si no sera necesario inventar algo para reemplazarla. Sera dificil, desde luego. Nadie podra rescatar a los amigos perdidos. Poco podra hacerse para librarnos de los desconocidos que llenan nuestro tiempo. En todo caso, cada uno de nosotros debera cuidar lo poco que tenga. Sin componer canciones ni escribir poemas. Se trata unicamente de sentarse un rato en la vereda o de matear en silencio con los que estan mas cerca de nuestro espiritu. Si uno no tiene ya a los de antes, cabe decir que tal vez existen en el mundo amigos viejos a los que todavia no conocemos. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Yo mismo, las otras noches resolvi salir de mi encierro y lleno de ilusiones me encamine a cierta esquina que conozco. Tenia ganas de fumar en silencio junto a tres o cuatro sujetos que se estacionan en ese lugar. Pensaba ademas cosechar algun guiño amistoso despues de estos años en que estuve tan ocupado. Pero algo raro debe haber sucedido, porque no habia nadie.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Se levantaba temprano cuando apenas despuntaba la primera luz del día, tratando de no hacer ningún ruido para no despertar al resto de la familia. Se vestía con la ropa que ya la noche anterior había preparado. El frió invernal le caló hasta los huesos, pero sin embargo, no le importó. Caminó con pasos cortos y lentos con las solapas levantadas y las manos &lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/5174/3173/1600/viejito.0.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5174/3173/320/viejito.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;bien enterradas en los bolsillos. La sonrisa amable de la panadera lo recibió en un ambiente cálido y agradable. Pocas cosas le agradaban mas que el aroma al pan recién horneado, la escenografía era la misma de siempre, recordaba al padre de la panadera, a la misma mujer cincuentona que hoy lo estaba atendiendo, correteando con ocho o nueve años de edad, entre las bolsas de legumbres al granel. Llevó como siempre, un cuarto de miñones y un cuarto de “cuernitos”. Antes llevaba los biscochitos de grasa, pero el doctor, ya se los había prohibido un tiempo atrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De regreso a su casa, pasó por el Kiosco y compró el diario. Su jubilación apenas si le permitía hacerlo los sábados y domingos. Se lo puso bajo el brazo, entró en su pequeña morada y enfiló para la cocina. Como siempre, su mujer lo había escuchado y la pava ya humeaba sobre la vieja hornalla de hierro. Tomaron mate en silencio, mientras leía las últimas novedades del equipo. “A muchos de estos no los conozco”, pensó, pero no le dio mayor importancia. Tras el mate, trabajó unas horas en el jardín, le gustaba remover los yuyos que en forma insistente, crecían en medio de sus adoradas flores, todas de color Celeste. Cada tanto debía incorporarse pues no toleraba el dolor de espalda. Pero siguió sin detenerse, casi hasta el mediodía. “&lt;em&gt;quien iba a hacerlo, si no lo hago yo&lt;/em&gt;?”, pensaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tomó una de las flores, la más llamativa de todas, y se la colocó en el ojal del saco, junto al escudito de Temperley y sobre su corazón, como hacía en todos los días de partido. El rico aroma de la salsa ya se dejaba sentir desde la cocina. Caminando lentamente fue hacia allí y comió muy liviano. Su “viejita” ya le había preparado la gorra, el sobretodo y el viejo carnet. Lo abrió con manos temblorosas, “Vitalicio” decía y una cara juvenil, sin arrugas, en blanco y negro y con una expresión llena de esperanza, lo miraba. Mucho había pasado, cosas buenas, cosas malas, en la vida, en la familia, en el Club. Así es la vida pensó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminó las cinco cuadras, a su ritmo. Faltaba todavía mas de dos horas para que empiece el partido, pero a Él le gustaba llegar con tiempo, era de los que tiempo atrás iba a ver la tercera, pero por desgracia, por motivos que nunca había llegado a comprender, esta ya no se jugaba más. El igual iba temprano. Se saludaba con mucha gente, los hermanos, los hijos e incluso los nietos de sus amigos. Los cuales, ya todos habían partido y alentaban desde la tribuna Celeste en el Cielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salió el equipo, se puso de pie con dificultad y aplaudió. Vio la Camiseta Bien Celeste dentro de la cancha, puso la yema de sus dedos sobre la flor en su ojal y el escudito, y como desde hacia mas de sesenta años se emocionó hasta las lágrimas. Gritó algún gol, sufrió otro y al final, quedó en paz. El resultado era lo de menos. Había vuelto a ver a su Temperley dentro de un campo de juego. Jugueteando con la flor en sus manos, caminando lentamente regresó feliz a su pequeña casa. Besó la flor y se la dio ceremoniosamente a su compañera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cinco años después el dirigente la miró extrañado. Era una mujer, muy mayor, que apenas podía con su alma. Llevaba una pequeña maceta entre sus apergaminadas manos. El pedido no era habitual, pero como no había nada que lo impidiera, accedió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La viejita fue caminando hasta dentro de la cancha, y en el costado de la platea, junto a una de las paredes se puso de rodillas. Tomó una pequeña pala, hizo un pocito en el pasto y puso dentro del mismo una planta con tres flores celestes. Con sus manos, apisonó en derredor y se quedó extasiada mirándola durante un par de minutos. Con mucha dificultad, besó la tierra, se incorporó y volvió a agradecer con los ojos enrojecidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se alejó sola lentamente y al dirigente, por las sombras engañosas de la tarde, le pareció que junto a ella caminaba alguien más, sin saber muy bien porque, se le hizo un nudo en la garganta. Sintió a la tribuna Celeste en el Cielo rugir como en la tarde más gloriosa. Miró hacia arriba sobresaltado, Debió ser un avión, o un trueno pensó, pese a no haber visto nada volando, y a la perfecta limpidez del firmamento. Cerró el portón y cabizbajo, regresó a la sede del Club buscando explicaciones terrenales en asuntos que nada tenían que ver con ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A NUESTROS VIEJITOS&lt;br /&gt;Caño Celeste&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Meditabundo, Oldrych Nejedly contemplaba el escenario con las manos en los bolsillos del pantalón, con ese mal sabor de boca que imprime la derrota; para él era aun peor, había fallado una pena máxima en el último suspiro del encuentro. Todos confiaban en él; sin embargo erró el disparo y la luz se convirtió en tinieblas, ése es el precio que tiene pagar el lanzador, que en las botas tiene por un momento la gloria y el fracaso, en un segundo que parece eterno.Italia, 1934. Llegó con la esperanza de ganar el campeonato, como todos, pero su equipo comenzó a ganarse el respeto de los demás en el primer partido cuando ganaron a Rumanía por 2 goles a 1, marcados por él mismo y por su compañero Puc.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así comenzó Checoslovaquia su andadura por el mundial de ese año, pero además del poder futbolístico de los azzurri tendrían en contra el poder del Duce. Mussolini, amén de organizar el torneo superando obstáculos burocráticos de forma polémica, quería ganarlo a toda costa, por lo que utilizó todo ese poder.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras tanto el equipo checoslovaco seguía avanzando y se encontraba ya en cuartos de final. Enfrentándose a Suiza y venciendo por 3 goles a 2 pasaron a la siguiente ronda donde les esperaba Alemania. En ese momento pensó Nejedly que el sueño había llegado a su fin, pues era de esperar que los alemanes ganaran el partido, pero su espíritu era fuerte y no se dio por vencido, al igual que sus compañeros, la gran final estaba ahí, a la vuelta de la esquina, el sueño de todo jugador: abrazar la gloria por un momento, escribir una página en la historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nejedly lo sabía, infundió ánimos a su equipo y Alemania sucumbió; tres goles suyos catapultaron a su equipo a la gran final, el momento soñado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y llegó el gran día, sólo tenían que salvar un escollo más y el trofeo más preciado sería para ellos, pero se enfrentaban al país anfitrión: Italia. Combi, Alemandi, Bertolini, Meazza, Orsi,... la squadra azzurra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el Olímpico de Roma no cabía un alfiler. Mussolini presidía el encuentro como un emperador romano que espera en el Coliseo la salida de los gladiadores para levantar o bajar el pulgar según le plazca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras, en el vestuario, el seleccionador checo se sube en uno de los bancos y se dirige a los jugadores. Parece que les va a dar las órdenes pertinentes e infundirles ánimo para ganar el encuentro, pero no, se saca un papel del bolsillo y lo lee. Abatidos, algunos lloran, otros se sientan cabizbajos, pero deben salir al terreno y afrontar el partido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nejedly mira alrededor cuando salta al terreno, el ruido es ensordecedor, una banda de música se prepara, los equipos se sitúan y suenan los himnos. Cuando suena el de Italia la multitud lo entona al unísono y estalla en un clamor cuando éste acaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El partido comienza, los checos no parecen los mismos de encuentros anteriores; Nejedly pierde el balón con facilidad y falla ocasiones inexplicablemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A pocos minutos del final, Puc marca para Checoslovaquia pero extrañamente apenas lo celebran, el Olímpico de Roma enmudece, los jugadores se miran unos a otros, se reanuda el juego y en poco tiempo marca Orsi para Italia y poco después Schiavio, en una gran jugada, le da la vuelta al marcador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero a un minuto del final Nejedly se interna en el área y Allemandi le derriba, el árbitro decreta pena máxima. El estadio vuelve a enmudecer. Nejedly coloca el balón en el punto de penalti, mira detenidamente al portero; luego gira la cabeza y contempla la tribuna donde Mussolini aguanta la respiración debajo de su rostro pétreo -en realidad parece que todo el mundo aguanta la respiración-. Vuelve a mirar a la portería, toma carrerilla y lanza: el balón roza el poste izquierdo y sale por la línea de fondo. El Olímpico vuelve a estallar, Mussolini se levanta como un resorte, el árbitro pita el final del partido y todo es un clamor. Italia es campeón del mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cincuenta años más tarde, Nejedly, sentado en un butacón de su casa el día de Navidad, el día de su cumpleaños, observa el recorte de periódico donde puede verse su foto después del partido mirando hacia la portería donde erró el penalti, cabizbajo, con las manos en los bolsillos. Extrajo un papel semiarrugado del interior de un libro y volvió a leerlo: «Les recuerdo con esta misiva que si ganan este partido, los jugadores de la selección italiana serán fusilados al amanecer dentro del terreno de juego.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;B. Mussolini.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese mismo año el escritor checo Milan Kundera publica su obra La insoportable levedad del ser. En ese libro Nejedly guardaba el papel entre unas páginas donde había subrayado este texto:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Y si no  acordate del campito del Astral, donde mataron a la vieja Ulpiana. Los años que  estuvo hinchándola desde el alambrado y, la fatalidad, justo esa tarde no pudo  disparar por la uña encarnada. Y si no acordate de aquella canchita de mala  muerte, creo que la del Torricelli, donde le movieron el esqueleto al pobre  Cabeza, un negro de mano armada, puro pamento, que ese día le dio la loca de  escupir cuando ellos pasaban con la bandera. Y si no acordate de los menores de  Cuchilla Grande, que mandaron al nosocomio al back derecho del Catamarca, y todo  porque le había hecho al capitán de ellos la mejor jugada recia de la tarde. No  es que me arrepienta ¿sabés? de estar aquí en el hospital, se lo podés decir con  todas las letras a la barra del Wilson.&lt;br /&gt;Pero para jugar más allá de Propios hay  que tenerlas bien puestas. ¿O qué te parece haber ganado aquella final contra el  Corrales, jugando nada menos que nueve contra once? Hace ya dos años y me parece  ver al Pampa, que todavía no había cometido el afane pero lo estaba germinando,  correrse por la punta y escupir el centro, justo a los cuarenta y cuatro de la  segunda etapa, y yo que la veo venir y la coloca tan al ángulo que el golerito  no la pudo ni pellizcar y ahí quedó despatarrado, mandándose la parte porque los  de Progreso le habían echado el ojo. ¿O qué te parece haber aguantado hasta el  final en la cancha del Deportivo Yi, donde ellos tenían el juez, los línema, y  una hinchada piojosa que te escupían hasta en los minutos adicionales por  suspensiones de juego, y eso cuando no entraban al fiel y te gritaban: "¡Yi!  ¡Yi! ¡Yi!" como si estuvieran llorando, pero refregándote de paso el puño por la  trompa? Y uno haciéndose el etcétera porque si no te tapaban. Lo que yo digo es  que así no podemos seguir. O somos amater o somos profesional. Y si somos  profesional que vengan los fasules.&lt;br /&gt; Aquí no es el Estadio, con protección  policial y con esos mamitas que se revuelcan en el área sin que nadie los toque.  Aquí si te hacen un penal no te despertás hasta el jueves a más tardar. Lo que  está bien. Pero no podés pretender que te maten y después ni se acuerden de vos.  Yo sé que para todos estuve horrible y no precisa que me pongas esa cara de  Rosigna y Moretti. Pero ni vos ni don Amílcar entienden ni entenderán nunca lo  que pasa. Claro, para ustedes es fácil ver la cosa desde el alambrado. Pero hay  que estar sobre el pastito, allí te olvidás de todo, de las instrucciones del  entrenador y de lo que te paga algún mafioso. Te viene una cosa de adentro y  tenés que llevar la redonda. Lo ves venir al jalva con su carita de rompehueso y  sin embargo no podés dejársela. Tenés que pasarlo, tenés que pasarlo siempre,  como si te estuvieran dirigiendo por control remoto. Si te digo que yo sabía que  esto no iba a resultar, pero don Amílcar que empieza a inflar y todos los días a  buscarme a la fábrica. Que yo era un puntero de condiciones, que era una lástima  que ganara tan poco, y que aunque perdiéramos la final él me iba a arreglar el  pase para el Everton. Ahora vos calculá lo que representa un pase para el  Everton, donde además de don Amílcar, que después de todo no es más que un  cafisho de putas pobres, está nada menos que el doctor Urrutia, que ése sí es  Director de Ente Autónomo y ya colocó en Talleres al entreala de ellos. &lt;br /&gt;Especialmente por la vieja, sabés, otra seguridad, porque en la fábrica ya estoy  viendo que en la próxima huelga me dejan con dos manos atrás y una adelante. Y  era pensando en esto que fui al café Industria a hablar con don Amílcar. Te  aseguro que me habló como un padre, pensando, claro, que yo no iba a aceptar. A  mí me daba risa tanta delicadeza. Que si ganábamos nosotros iba a ascender un  club demasiado díscolo, te juro que dijo díscolo, y eso no convenía a los  sagrados intereses del deporte nacional. Que en cambio el Everton hacía dos años  que ganaba el premio a la corrección deportiva y era justo que ascendiera otro  escalón. En la duda, atenti, pensé para mi entretela. Entonces le dije el asunto  es grave y el coso supo con quién trataba. Me miró que parecía una lupa y yo le  aguanté a pie firme y le repetí que el asunto es grave.&lt;br /&gt; Ahí no tuvo más remedio  que reírse y me hizo una bruta guiñada y que era una barbaridad que una  inteligencia como yo trabajase a lo bestia en esa fábrica. Yo pensé te clavaste  la foja y le hice una entradita sobre Urrutia y el Ente Autónomo. Después, para  ponerlo nervioso, le dije que uno también tiene su condición social. Pero el  hombre se dio cuenta que yo estaba blando y desembuchó las cifras. Graso error.  Allí nomás le saqué sesenta. El reglamento era éste: todos sabían que yo era el  hombre-gol, así que los pases vendrían a mí como un solo hombre. Yo tenía que  eludir a dos o tres y tirar apenas desviado o pegar en la tierra y mandarme la  parte de la bronca. El coso decía que nadie se iba a dar cuenta que yo corría pa  los italianos. Dijo que también iban a tocar a Murias, porque era un tipo  macanudo y no lo tomaba a mal. Le pregunté solapadamente si también Murias iba a  entrar en Talleres y me contestó que no, que ese puesto era diametralmente mío.  Pero después, en la cancha, lo de Murias fue una vergüenza. El pardo no disimuló  ni medio; se tiraba como una mula y siempre lo dejaban en el suelo.&lt;br /&gt;A los  veintiocho minutos ya lo habían expulsado porque en un escrimaye le dio al  entreala de ellos un codazo en el hígado. Yo veía de lejos tirándose de palo a  palo al meyado Valverde, que es de esos idiotas que rechazan muy pitucos  cualquier oferta como la gente, y te juro por la vieja que es un amater de  órdago, porque hasta la mujer, que es una milonguita, le mete cuernos en todo  sector. Pero la cosa es que el meyado se rompía y se le tiraba a los pies nada  menos que a Bademian, ese armenio con patada de burro que hace tres años casi  mata de un tiro libre al golero del Cardona. Y pasa que te contagiás y sentís  algo adentro y empezás a eludir y seguís haciendo dribles en la línea del córner  como cualquier mandrake y no puede ser que con dos hombres de menos (porque al  Tito también lo echaron, pero por bruto) nos perdiéramos el ascenso. Dos o tres  veces me la dejé quitar pero ¿sabés? me daba un calor bárbaro porque el jalva  que me marcaba era más malo que tomar agua sudando y los otros iban a pensar que  yo había disminuido mi estándar de juego.&lt;br /&gt;Allí el entrenador me ordenó que  jugara atrasado para ayudar a la defensa y yo pensé que eso me venía al trome  porque jugando atrás ya no era el hombre-gol y no se notaría tanto si tiraba  como la mona. Así y todo me mandé dos boleos que pasaron arañando el palo y  estaba quedando bien con todos. Pero cuando me corrí y se la pasé al Ñato  Silveira para que entrara él y ese tarado me la pasó de nuevo, a mí que estaba  solo, no tuve más remedio que pegar en la tierra porque si no iba a ser muy  bravo no meter el gol. Entonces, mientras yo hacía que me arreglaba los zapatos,  el entrenador me gritó a lo Tittaruffo: “¿Qué tenés en la cabeza? ¿Moco?” Eso,  te juro, me tocó aquí dentro, porque yo no tengo moco y si no preguntale a don  Amílcar, él siempre dijo que soy un puntero inteligente porque juego con la  cabeza levantada.&lt;br /&gt;Entonces ya no vi más, se me subió la calabresa y le quise  demostrar al coso ése que cuando quiero sé mover la guinda y me saqué de encima  a cuatro o cinco y cuando estuve solo frente al golero le mandé un zapatillazo  que te lo boliodire y el tipo quedó haciendo sapitos pero exclusivamente a  cuatro patas. Miré hacia el entrenador y lo encontré sonriente como aviso de  Rider y recién entonces me di cuenta que me había enterrado hasta el ovario Los  otros me abrazaban y gritaban: “¡Pa los contras!”, y yo no quería dirigir la  visual hacia donde estaba don Amílcar con el doctor Urrutia o sea justo en la  banderita de mi córner, pero en seguida empezó a llegarme un kilo de putiadas,  en la que reconocí el tono mezzosoprano del delegado y la ronquera con bitter de  mi fuente de recursos. Allí el partido se volvió de trámite intenso porque entró  la hinchada de ellos y le llenaron la cara de dedos a más de cuatro.&lt;br /&gt; A mí no me  tocaron porque me reservaban de postre. Después quise recuperar puntos y pasé a  colaborar con la defensa, pero no marcaba a nadie y me pasaban la globa entre  las piernas como a cualquier gilberto. Pero el meyado estaba en su día y sacaba  al córner tiros imposibles. Una vuelta se la chingué con efecto y todo, y ese  bestia la bajó con una sola mano. Miré a don Amílcar y al delegado, a ver si se  daban cuenta que contra el destino no se puede, pero don Amílcar ya no estaba y  el doctor Urrutia seguía moviendo los labios como un bagre. Allí nomás terminó  uno a cero y los muchachos me llevaron en andas porque había hecho el gol de la  victoria y además iba a la cabeza en la tabla de los escores. Los periodistas  escribieron que mi gol, ese magnífico puntillazo, había dado el más rotundo  mentís a los infames rumores circulantes.&lt;br /&gt;Yo ni siquiera me di la ducha porque  quería contarle a la vieja que ascendíamos a Intermedia. Así que salí todo  sudado, con la camiseta que era un mar de lágrimas, en dirección al primer  teléfono. Pero allí nomás me agarraron del brazo y por el movado de oro le di la  cana a la bruta manaza de don Amílcar. Te juro que creía que me iba a felicitar  por el triunfo, pero está clavado que esos tipos no saben perderla. Todo el  partido me la paso chingándola y tirando desviado o sea hipotecando mis  prestigios, y eso no vale nada. Después me viene el sarampión y hago un gol de  apuro y eso está mal. Pero ¿y lo otro? Para mí había cumplido con los sesenta  que le había sacado de anticipo, así que me hice el gallito y le pregunté con  gran serenidad y altura si le había hablado al delegado sobre mi puesto en  Talleres.&lt;br /&gt;El coso ni mosquió y casi sin mover los labios, porque estábamos entre  la gente, me fue diciendo podrido, mamarracho, tramposo, andá a joder a Gardel,  y otros apelativos que te omito por respeto a la enfermera que me cuida como una  madre. Dimos vuelta una esquina y allí estaba el delegado. Yo como un caballero  le pregunté por la señora, y el tipo, como si nada, me dijo en otro orden la  misma sarta de piropos, adicionando los de pata sucia, maricón y carajito. Yo  pensé la boca se te haga un lago, pero la primera torta me la dio el Piraña,  aparecido de golpe y porrazo, como el ave fénix, y atrás de él reconocí al  Gallego y al Chiche, todos manyaorejas de Urrutia, el cual en ningún momento se  ensució las manos y sólo mordía una boquilla muy pituca, de ésas de contrabando.  La segunda piña me la obsequió el Canilla, pero a partir de la tercera perdí el  orden cronológico y me siguieron dando hasta las calandrias griegas. Cuando  quise hacerme una composición de lugar, ya estaba medio muerto. Ahí me dejaron  hecho una pulpa y con un solo ojo los vi alejarse por la sombra. Dios nos libre  y se los guarde, pensé con cierta amargura y flor de gusto a sangre. Miré a  diestro y siniestro en busca de S.O.S. pero aquello era el desierto de Zárate.  Tuve que arrastrarme más o menos hasta el bar de Seoane, donde el rengo me  acomodó en el camión y me trajo como un solo hombre al hospital. Y aquí me  tenés. Te miro con este ojo, pero voy a ver si puedo abrir el otro. Difícil,  dijo Cañete. La enfermera, que me trata como al rey Farú y que tiene, como ya lo  habrás jalviado, su bruta plataforma electoral, dice que tengo para un semestre.  Por ahora no está mal, porque ella me sube a upa para lavarme ciertas ocasiones  y yo voy disfrutando con vistas al futuro. Pero la cosa va a ser después: el  período de pases ya se acaba. Sintetizando, que estoy colgado. En la fábrica ya  le dijeron a la vieja que ni sueñe que me vayan a esperar. Así que no tendré más  remedio que bajar el cogote y apersonarme con ese chitrulo de Urrutia, a ver si  me da el puesto en Talleres como me habían prometido.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Es como comer solamente puré. O lechuga”. Se acordó una vez más del Mundial del 78 en Mar del Plata. Antes de comenzar los partidos donde jugaba Italia salían a la cancha los condottieri, un grupo de muchachitos vestidos al estilo medieval, con mucho bordado, mucha seda, portando enormes banderas multicolores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allí, sobre el verde césped, bajo el frío glacial que hizo ese invierno, ondeaban las banderas sobre sus cabezas en ampulosos y armoniosos giros. Le habían dicho al Colo que aquél era un espectáculo clásico de Siena, transportado entonces a La Perla, ya que los azzurri disputaban esa zona. Pero lo que justificaba el número, lo que rescataba en realidad la ceremonia y la hacía graciosa y soportable, es que luego, después, cuando el último de esos pendejos presumiblemente milaneses o romanos desaparecía por el agujero del túnel con la satisfacción del deber cumplido, salían los equipos y jugaban un partido de fútbol. Era un buen aperitivo entonces el de las banderas, un entremés, pero no podía ser el plato de fondo. En la Edad Media, concluyó el Colorado... ¡aquél era el plato de fondo! Se juntaban un montón de tanos, se reunían en una plaza o en un “largo”, veían a los pendejos revolear las banderas como locos, y luego todos se iban de vuelta para sus casas dichosos y contentos con el espectáculo recibido... ¡Y no había partido de fútbol! Al menos en aquellos tristes casos, meditaba el Colo, la cosa no era en estadio alguno, entonces podía justificarse la ausencia u omisión del más popular de los deportes. ¡Pero el Colo había ido una vez a ver a Serrat, en el Gigante, y pensó lo mismo! Quería ver al catalán, recordaba, tenía ganas de oírlo, eso era lógico. Pero mientras se acercaba al estadio, mientras circulaba por los pasillos bajo las tribunas, mientras se ubicaba mansamente y sin nervios en las plateas, pensaba: “¡Por qué no habrá un partido, aunque más no sea de reserva!”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Experimentaba la misma sensación que solía asaltarlo cuando, al viajar en auto, pasaba junto a un camión. El Colo estaba preparado mentalmente para resistir la duración de un viaje. Las cuatro horas, por ejemplo, del Rosario-Buenos Aires. O las doce horas del Rosario-Mar del Plata. O las casi seis del Rosario-Córdoba. Sabía que poco a poco, kilómetro a kilómetro, iba quedando ya menos tiempo para llegar y luego, sí, esperaba el baño, la ducha reparadora, el descanso, el mirar televisión descalzo. Pero al pasar junto a los camiones no podía menos que imaginar al abnegado camionero: no llegaba nunca. Su trabajo era no llegar nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ésa era la sensación. Ir a un estadio de fútbol a otra cosa que no fuera ver un partido de fútbol era no llegar nunca. No tener un punto de referencia. Como le pasaba al puré, a la lechuga, a los pobres pelotudos de los condottieri revoleando banderas que ni siquiera eran comunistas, o a los camioneros que no llegaban nunca a ninguna parte. Reflexionando el Colo sobre todo eso, con la cajita de madera entre las manos (se la habían confiado por un ratito) derivó indefectiblemente en la memoria de cuánto lo habían atemorizado los camioneros cuando se iba acercando, aquella noche, a Pelotas. O a Torres. O a Florianópolis. Y él iba con la familia en un Citröen, vehículo impensable para los brasileños, a disfrutar de unos días en la playa. Carro estranho había musitado un morocho girando curioso en torno al Citröen, cuando pararon en una estación de servicio. “Imposible tenerlo acá en Brasil” agregó luego. “No —sonrió el moreno—. Le cortan la capota y le roban todo”. “Tudu” pronunciaba, en ese idioma en joda que ellos tienen. Y los camiones, madre mía. Enormes, prepotentes, rumorosos, terminales. En esas carreteras ondeantes, sinuosas y mojadas por la lluvia intermitente y rompepelotas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la noche aquellas moles se ubicaban sigilosamente detrás del Citröen y luego lanzaban sobre él un torrente de luz, una catarata enceguecedora de un blanco definitivo que bañaba la región, el asfalto, el perfil verde de los morros amenazantes, y penetraba en el coche esculpiendo volúmenes macabros en el interior, restallando en el espejito retrovisor como una cachetada de advertencia. Y el Colo no hallaba el espacio a la derecha para tirarse. A la derecha estaba la franja blanca del límite del camino. Después, la negrura de la noche, quizás los mojones, quizás el abismo, quizás el precipicio de cientos de metros sobre el mar oscuro, tal vez una franjita mínima de tierra donde el día de mañana abriría sus brazos una pequeña cruz recordatoria de la familia argentina que plegó sus alas buscando el talco de las playas brasileñas, la amabilidad de sus aguas y el rosáceo nácar de las casquinhas del sirí.Y el tipo estaba sentado unos treinta metros más allá, bajo un quincho. Parecía, por la pinta, un alemán o un suizo, de ésos que van a Brasil para calcinarse como camarones en la playa, para extasiarse con el culo de las mulatas y tomar caipirinhas a lo bestia. Rubio, casi coloradón como el Colo, de barba corta y enrulada, dormitaba en su reposera frente al mar. No había mucha gente en la playa. O la había, pero parecía poca de tan desperdigada que estaba. “No como en Mar del Plata” había dicho Sarita, gozosa. El Colo se acercó al alemán —o al suizo—, levantó explícitamente el tubo de bronceador en el aire y preguntó:—¿Se lo dejo? ¿Se lo puedo dejar en la mesita? —ejemplificando, a la vez, con el gesto claro de depositar el tubo sobre la mesa que (junto a la reposera donde dormitaba el rubio) mostraba una acumulación de toallas y sandalias en la soga. El tipo lo miró apenas y asintió con la cabeza, haciendo ahorro —suizo al fin— de su gutural idioma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Colo trotó hacia el agua y se metió en ella con la confianza que da saber que no se trata de un agua congelada que descargará martillazos de rabia sobre los dedos de los pies, morderá las rodillas y apretará las bolas al llegar a la vital zona de los genitales, como si los estrujara con el mismísimo puño vindicatorio de Neptuno. Allí estuvo, entonces, contemplando las nubes, el cielo azul, el verde intenso de los morros cercanos, casi una hora. Y después volvió. Cuando pasó junto al rubio, lentamente, se acordó del tubito. Sin querer molestar demasiado, tomó el tubo de la mesa, lo levantó bien expresivo hasta sus ojos y moduló un “Gracias” sonoro. Entonces vio que el otro estaba leyendo un libro en castellano sobre la vida del Negro Olmedo.—¿Sos argentino? —preguntó el Colo.—Sí —contestó el otro, bajando el libro, animoso y con buena disposición.—Mirá vos. Pensé que eras europeo, alemán, algo así... —argumentó el Colo, como si fuesen cosas diferentes.—No. Argentino.—¿De dónde?—De Pompeya.—Ah, porque yo soy de Rosario —dijo el Colo, afirmándose en el tuteo ya que el otro parecía cálido y, además, de la misma edad—. Y fijate vos que, casualmente, Olmedo era de Rosario.—Sí, por supuesto —dijo el rubio-ex suizo—. A mí me gustaba mucho el Negro. Y además, hay otra afinidad grande...—¿Cuál? —se interesó el Colo, ante el paréntesis de suspenso que había hecho el otro.—Hincha de Central.Cuando, tiempo después, bastante tiempo después, el Colo contaba la anécdota en “El Cairo”, invariablemente al llegar a esta parte la voz se le quebraba y los ojos se le ponían vidriosos.—&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando el tipo me dice “hincha de Central” —repetía, ante la atención respetuosa del Pitufo, del Centu, de Chiquito— te juro que a mí se me puso la carne de gallina— y se pasaba una mano temblorosa sobre el antebrazo izquierdo, a unos centímetros de la piel, no ya como si estuviera percibiendo los repentinos canutos en su carne, sino como si le hubiesen crecido, definitivamente, una multitud de plumas batarazas.—¡Mirá lo que es el destino! —seguía— ¡Encontrarme ahí con un canalla, en esa playa! Porque no era la playa del centro de Florianópolis o de Camboriú, donde dada la cantidad enorme de argentinos que van, vos bien podés imaginar que te vas a encontrar con gente de todas las tendencias, de todas las creencias y de todos los equipos. Incluso de Central.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ésta era una playa de mierda, perdida en la loma del quinoto, ahí en Itapema, adonde nosotros habíamos ido porque Sarita me rompía tanto las pelotas con eso de irse a una playa tranquila e irse a una playa tranquila e irse a una playa tranquila todo el tiempo ¡Ahí, ahí mismo, me vengo a desayunar con que, prácticamente el único tipo que había en miles de kilómetros a la redonda, no solo era argentino, sino que era fana de la Academia! ¡Mirá vos cómo son las cosas!—El Destino —meneaba lentamente la cabeza, místico, el Pitufo.—Es que Central es grande, Colora —agregó el Centu—. Es universal.—Te imaginás que entonces nos pusimos a conversar, a charlar —continuó el Colo— y estuvimos como dos horas hablando del asunto. En resumen, te la hago corta. El tipo éste no era rosarino, pero el padre, el padre era ferroviario y había venido a laburar mucho tiempo acá, y acá se había hecho canalla a muerte, y por lógica lo había hecho también a este muchacho. Además, mirá lo que te digo, el viejo de este tipo, que todavía vive en Rosario, había jugado en Sparta y en Central allá por el año del pedo, o sea que la cosa iba bien en serio. No era una simpatía así nomás.—¿Y el tipo que vos te encontraste era fana?—Fundamentalista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es fana. A muerte. A muerte. Se va a ver todos los partidos en Buenos Aires. ¡Y me presentó a los hijos! Pibes que tendrían quince, dieciséis años. Todos canallas.—¡Qué lindo!—¡Qué emocionante! ¿No? Tan lejos...—Por supuesto que nos hicimos recontraamigos, desde ese día fuimos casi todos los días a esa playa y cuando me vine, lógicamente, me traje la dirección del tipo y todos los datos.—Vos le diste la tuya. —Le di la mía. Quedamos en intercambiar información, en vernos de nuevo, tal vez si se da el tute de que yo me vaya a ver un partido importante por allá...—¿Importante? —dudó el Centu, atento a la austera realidad de la divisa auriazul.—Bueno. Si se da.La cosa pareció terminar ahí. Cada tanto, es cierto, el Colorado aparecía con alguna carta de su amigo veraniego, o mostraba, ufano, alguna foto poblada de camisetas de Central que estaba dispuesto a mandarle al otro, a título recordatorio, para mantener en alto el fuego de la amistad. Pero la relación parecía encaminada a disolverse lentamente, con mansedumbre, como suele suceder con los amores de vacaciones. Sin embargo un día, el Colorado llegó a “El Cairo” considerablemente excitado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo había llamado el rubio desde su tanguero reducto de Pompeya, para imponerlo de una infausta noticia: había muerto el padre, aquel viejo ferroviario que inaugurara la estirpe canalla y que supiera jugar en Sparta y Rosario Central. El Colorado —siempre de acuerdo a su versión oral— se había realmente conmovido. Que ese tipo, su simpatía estival, lo llamara al solo efecto de comentarle la muerte de su progenitor, era una palmaria demostración de que aquella amistad (surgida de los colores gloriosos) era más profunda que lo sensorialmente perceptible y que, por lo tanto, el rubio —ahora huérfano— deseaba compartir el momento de congoja con el circunstancial amigo, tan lejano.—Pero la cosa no terminaba allí —advirtió el Colorado, nuevamente en la Mesa de los Galanes, esta vez enriquecida por la presencia del Pochi y de Belmondo—. La cosa no terminaba allí. Parece que el viejo, antes de morir, pidió como última voluntad, que sus cenizas se tiraran en las canchas de Sparta y de Central, los dos cuadros donde él jugó...Por los muchachos cruzó una sombra de respetuosa sorpresa.—La mitad de las cenizas —especificó el Colo— en la cancha de Sparta. Y la otra mitad en el Gigante ¡Mirá vos el deseo del tipo!—¿Y alcanza para tanto? —frunció la cara el Pitufo, siempre un poco irreverente.—¡Y qué sé yo! ¡Qué sé yo! Te imaginás que nunca me vi metido en un trámite de éstos, Pitufo.—¿Era grandote el hombre? —lo del Centu tampoco sonó muy cuidadoso.—¿Y por qué decís que estás metido? —preguntó Pochi —¿Por qué vos estás metido?—¡Porque yo tuve que hacer la gestión ante Central! —saltó el Colora— ¡Yo tuve que hablar con el Presidente! De ahí vengo.Sin duda, en algún momento de la charla veraniega, tras horas y horas de recordar partidos memorables y entrealas famosos, tras horas y horas de consumir caipiras añorando al Gitano Juárez y a Mario Kempes, el Colorado le había confesado al otro que él pertenecía a la temida OCAL, la Organización Canalla Anti Lepra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La misteriosa organización, lindante con la clandestinidad, agrupa a una serie de hinchas de Central de corte confesional fundamentalista y suele dedicarse, mayoritariamente, a urdir brujerías y macumbas contra la suerte de “Los primos del Parque”, la repudiada divisa rojinegra. No es mucho lo que se sabe sobre la OCAL porque, como la OLP o el IRA, se trata de una organización de carácter celular, cerrada, e históricamente, ningún ser humano ajeno a la estructura ha tenido acceso a sus actas secretas. El amigo rubio del Brasil, es obvio, se había visto conmocionado ante la íntima revelación del Colo y, ahora, ante la desgracia familiar sufrida, recurría al acceso al tráfico de influencias de su amigo rosarino, quizás sin saber que la OCAL no es para nada un apéndice de Rosario Central, sino apenas un grupo de apoyo, independiente, que incluso solo considera al club, “una institución amiga”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Colo relató (siempre en El Cairo) que la gestión frente a Sparta, humilde club de barrio, la había realizado el ala familiar del difuto radicada desde hacía mucho tiempo en Rosario, obteniendo una inmediata aprobación de parte de aquella gente sencilla. Pero en Central la cosa se había puesto complicada y la familia no había logrado siquiera hacer contacto con el Presidente, bastante preocupado, lógicamente, por conseguir algún jugador bueno y barato que ampliara las posibilidades del primer equipo con vistas al inminente campeonato. Y fue cuando, desde Buenos Aires, desde Pompleya para ser más exactos, la misma mano rubia que sostuviera un día el libro sobre el Negro Olmedo, señaló la figura del Colorado para aligerar la empresa. La gestión del Colo fue expeditiva y exitosa pese a la desconexión de la OCAL con la institución auriazul.—Hablé con el Presi y le conté todo lo de este muchacho del Brasil —explicaba en la Mesa como quien hubiera develado un oculto romance clandestino—. Lo del padre, que había sido jugador de Central y todo eso. Y el Presi me dijo que sí, que era posible. Pero me puntualizó muy claramente que la aceptación no debía sentar un precedente que diera pie a nuevas peticiones.—Claro —opinó Chiquito—. Te imaginás que a todos se le ocurra lo mismo...Se rieron, como si la cosa fuera divertida. Y lo era, en parte. O al menos, inusual.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, caminando lentamente (la cajita en las manos) por el lado de afuera de la cancha, paralelo a la línea de toque, pisando con cuidado el césped impecable, el Colorado percibió que había perdido algo de la excitación de estar viviendo una anécdota imborrable de la picaresca futbolera o de estar atravesando un hecho simpático que le daría argumento para infinitos y repetidos relatos. La familia del padre de su amigo (éste no había venido a Rosario por razones impostergables de trabajo) los tíos, los sobrinos, las hermanas y los nietos, mostraban todos (especialmente mientras subían por las escaleras del túnel) una gravedad suma, una real congoja y un dramatismo contenido. Tanto era así que el Colorado temió que se notara demasiado en el abultado bolsillo de su gabán, el volumen de la cámara fotográfica que había llevado para registrar el evento con la poco solemne intención de documentar así, luego, en rueda de amigos, el momento de la dispersión de las cenizas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se ocupó entonces, en ir y venir varios metros junto a la línea lateral “como si estuviera en el calentamiento previo” imaginó, mirando la inmensidad de las tribunas vacías y silenciosas, apreciando el manto verde inmaculado de la gramilla, sorprendiéndose por la comba insólita que dibujaba el terreno de la cancha dado el sistema de drenaje y que hacía que, desde la posición en que se encontraba el Colorado, no se viera la línea de fuera del otro lado, la que daba espaldas a Cordiviola. Siempre con la cajita en la mano (se la había confiado un corpulento tío del rubio, por un momento) el Colo se sentía un poco incómodo (como si lo hubiesen abandonado en una esquina sosteniendo una torta de bodas ajena) de gabán azul marino entre tanto traje oscuro, corbata negra y frases cortas y apesadumbradas.—Era un velorio, Pitu —repetiría después el Colo, hasta el cansancio, para transmitir la congoja de la ceremonia—. Lo que yo quizás olvidé entre tanta emoción mezclada por esta cuestión del llamado del rubio, la muerte del padre y el lógico y humano fanatismo que tenemos todos por Rosario Central; lo que a mí medio se me pasó por alto con toda la emotividad que representa el asunto de esparcir las cenizas de un tipo sobre la cancha de fútbol donde él mismo jugó un milenio de años atrás...—Cosa no muy habitual, lógicamente.—Para nada habitual... Lo que yo no supe medir correctamente, te decía, es que se trataba lisa y llanamente de un velorio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la luz del día, a pleno sol, frente a una sábana verde maravillosa, pero un velorio a fin de cuentas, con los parientes dándose el pésame, con los primos recordando al finado, con la viuda llorando, porque lloraba la viuda y todo eso. Al punto que, te juro Pitufo, uno llegaba incluso a olvidarse de que allí, a pocos pasos de donde estaba caminando yo con la cajita en las manos, habían jugado el Gitano Juárez, el Negro Castro y el Enano Giménez.Y fue así que justamente cuando el Colorado calculaba el preciso lugar del campo desde el cual había pateado el Flaco Menotti cuando le hizo aquel gol impresionante a Amadeo Carrizo, se le acercó el hermano del difunto haciendo un gesto negativo con la cabeza.—No hay nada que hacer —dijo—. El tipo no quiere.—¿Quién no quiere? —salió de su abstracción el Colorado—. ¿Qué no quiere?—El canchero. No nos quiere dejar entrar a la cancha.—Pero... Si tenemos el permiso del Presidente ¿Por qué no quiere?—Porque dice que le vamos a arruinar el césped —se exaltó el pariente—. Que está impecable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Que ayer llovió y abajo está un poco blando.El Colorado paseó su visita por el césped llevándola hasta las áreas, hasta los arcos sin las redes colocadas.—La verdad que está bárbaro —acordó—. Y claro, está por empezar el campeonato y el hombre quiere que esté de puta madre.—¡Pero si nosotros no le podemos hacer nada, señor Vázquez! —el otro abrió los brazos, airado—. Somos cuatro locos que no vamos a entrar a escarbar la tierra para sacar los panes de césped. Además, estas canchas están preparadas para resistir cualquier cosa.Otros parientes se habían acercado a ellos dos y, las manos en los bolsillos o los brazos cruzados, giraban sobre sí mismos, frustrados y decepcionados.—¿No pensarán que queremos enterrarlo? —se acercó uno, preguntando seriamente.—Pero... ¿no era que estaba todo resuelto? —se enojó otro—. ¿No era que el Presidente había dado su autorización?El Colorado se sintió tocado en su responsabilidad.—No. Si yo hablé. Si yo hablé —tranquilizó—. Ahora voy a hablar yo con el canchero. Lo que pasa es que ayer llovió y quiere cuidar la cancha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A simple vista parece que no, pero abajo está pesada. Apenas se empieza a correr aparece el barro.—¿Y quién va a correr, acá? ¿Qué apuro tenemos? —insistió el otro, con la lógica de hierro—. ¿Tan poco tiempo tenemos para la ceremonia?El Colorado prefirió no responder. Dejó la cajita en manos del tío del rubio procurando darle a su gesto cierta majestuosidad ritual y se encaminó a paso firme a hablar con el canchero quien, en pose de baqueano, observaba en cuclillas el césped de sus desvelos.—Yo le entiendo caballero, yo le entiendo —aceptó el canchero, poniéndose de pie y golpeando la palma de una mano contra la otra para quitarles alguna brizna de pasto—. Pero a mí nadie me ha dado una autorización y yo no los puedo dejar entrar. Después el césped se jode y al que me putean todos es a mí.—Pero yo hablé con el Presidente —argumentó el Colo, sintiéndose al borde de la desesperación—. Si quiere le hablamos por teléfono y que él mismo se lo diga, se lo confirme.—El Presidente puede decir lo que quiera —el hombre era inconmovible—.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero él no sabe nada sobre césped. Es muy fácil hablar desde la sede del club, total, uno no tiene ni idea de lo que pasa en la cancha. Pero el responsable del estado del campo soy yo, caballero, y me he comprometido a tenerlo diez puntos en el momento de la reanudación del campeonato. Nunca ha estado tan bien el césped, nunca. Además —señaló vagamente hacia el túnel— hay que caminar como trescientos metros para encontrar un teléfono. Y eso si en Intendencia hay alguien.—Voy a llamar lo mismo —el tono del Colorado ya era francamente agrio—. Se imagina que no se puede dejar a toda esta gente así —le indicó al canchero el oscuro grupo de personas que, cabizbajos, aguardaban cerca de la entrada del túnel—. Hay venido los parientes, los hermanos, los nietos de esta persona que fuera estrella del fútbol rosarino. La viuda. Gente que ha viajado desde lejos —mintió.—Ya vi a la viuda. Y vi los tacos que tiene. Me destroza la cancha si entra con esos tacos.—Tiene que ser un poco más comprensivo —reclamó el Colo—. Se trata de un funeral, después de todo.—Soy comprensivo, caballero. Y yo también tuve un padre.El Colorado pegó media vuelta y retornó hacia el compungido grupo a paso vivo. La última frase del canchero hacía entrever a un ser humano sensible. Pero el detalle de los tacos de la viuda, en boca de ese hombre, era un mal presagio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Colo sabía, por otra parte, que a esa hora sería inútil tratar de encontrar al Presidente en su despacho.—Nada que hacer —informó a la gente, que lo aguardaba como quien espera a un mensajero celestial—. Está emperrado en que noo y que no y que no. Pero no hay que desesperarse. Me dijo que en Intendencia hay un teléfono...—¡Qué macana! —masculló el tío del rubio.—¡Cómo me iba a suponer yo que, conseguida la autorización del Presidente, nos íbamos a encontrar con un tipo como éste, tan celoso de su trabajo! —¿No querrá que le tiremos unos mangos? —el mismo tipo que había cuestionado la eficacia de la gestión del Colorado, surgía ahora, acerbo, expeditivo, con una sólida propuesta. El Colo y el tío del rubio se miraron.—Es posible —musitó el Colo, echando mano al bolsillo, aún culposo—. Deje que yo me ocupo y después en todo caso, dividimos el gasto.—Cuidado —dudó el tío del rubio—. No vaya a ser cosa que se encuentre con un tipo insobornable y caguemos el asunto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y después se complique todo mucho más.—¿Cuánto le doy? —desestimó la advertencia el Colorado, práctico. Fue en eso que, con el rabillo de ljo vio aparecer, por la boca del túnel, un manchón negro y blanco. “Un referí” alcanzó a suponer el Colo, aterrorizado ante la posibilidad de que no hubiesen tenido en cuenta algún partido de las divisiones inferiores a jugarse en horas de la mañana. Pero pronto, un informante cercano vino a tranquilizarlo. “El padre López” escuchó, cerca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sacerdote, jovial, campechano, de clergyman y pantalones grises se disculpó ante la viuda por la tardanza y pronto, su rostro tomó visos de contrariedad cuando lo impusieron del inconveniente surgido.—Dejen que yo hable con este muchacho —dijo. Y partió caminando lentamente hacia el canchero, que había vuelto a su posición indígena acuclillada, como escrutando en procura de detectar la mata traicionera que perturbaba la horizontalidad perfecta de su llanura. El padre López estuvo hablando corto tiempo con el canchero. Desde lejos, el grupo lo observó comportarse con cordialidad y bonhomía, no exenta de firmeza. Por último, se vio al canchero inclinar la cabeza y ponerse una mano sobre el corazón mientras el Padre, con movimientos gráciles de su mano derecha, lo bendecía. Luego el Padre López volvió hacia el grupo.—Dice que está todo bien —informó, oyéndose de inmediato un suspiro de satisfacción general—. Pero, con una condición: que nos saquemos los zapatos. Creo que no es una petición demasiado caprichosa como para que no podamos aceptarla. Pienso que la tolerancia está en el espíritu de todos nosotros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin una palabra, los deudos comenzaron a quitarse el calzado, apoyándose los unos en los otros para no perder el equilibrio, pasándose la cajita de mano en mano para posibilitar la maniobra, hasta que quedó en poder del sacerdote.—A mí me eximió de descalzarme —justificó el Padre López, sosteniendo el cofre—. También Jesús caminó sobre las aguas. ¡Y otra cosa! —previno a los que ya se disponían a entrar a la cancha—. El canchero también pidió que no arrojásemos las cenizas en las áreas, porque ésas son las zonas más castigadas. Esa región es sagrada.—En mitad de la cancha —dijo el tío del rubio—. Pancho, el finadito, pidió que las esparciéramos en mitad de la cancha.—Muy bien. Vamos entonces —ordenó, calmo, el cura. Todos ingresaron a la cancha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; El Colorado se cuidó de no pisar la línea de toque, consciente de que ésa era una de las tantas cábalas de los jugadores, pero se abstuvo de inclinarse a tocar el pasto o santiguarse, temeroso de que el Padre López pudiese interpretar erróneamente su gesto. La comitiva llegó hasta el círculo central y allí se llevó a cabo la breve ceremonia. El Colo se quedó un tanto alejado del círculo de familiares, como no queriendo invadir sentimientos. Un poco conmovido, además, al pensar que en aquel puñado de cenizas de tono amarillento (“Algo parecido al queso de rallar” diría después en una comparación que, no por doméstica, era menos certera) se había corporizado, breve tiempo atrás, un hombre hecho y derecho, con su historia, sus sentimientos, sus sentires y su familia, como él mismo, o como cualquiera. Después, y para tranquilidad del Colo, aparecieron algunas cámaras fotográficas, algunas poses grupales para estas cámaras y hasta alguna camiseta de Central que se extendió, discreta, frente a los pechos de los deudos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Colo temió por alguna nueva amonestación de parte del canchero, pero a éste se lo había tragado el túnel durante la tocante ceremonia y recién reaparecía ahora, arrastrando un cúmulo de redes. También había aparecido otro señor, alto y desgarbado, un utilero quizás, quien tuvo a bien quitarse la gorra en tanto contemplaba como la mano enérgica de la viuda lanzaba puñados de cenizas hacia los cuatro vientos.—¿Son de alguna religión oriental? —consultó el hombre al Colorado que volvía.—No. El canchero nos pidió lo de los zapatos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por el césped. ¿Sabe?El tipo aceptó, con la cabeza. El grupo ya había regresado al costado de la cancha para calzarse. El Colo, más tranquilo, caminó entonces hasta el canchero para agradecerle la gauchada.“No tiene nada que agradecer, caballero”contaba después el Colo, en El Cairo, que le había dicho el tipo, desenredano con paciencia el caótico entramado de las redes.—Después de todo —dijo el Pitu, conocedor— se habrá dado cuenta de que las cenizas son un buen abono para el pasto. ¿No se usan para eso de vez en cuando?—No, lo que pasa, yo pienso, es que al tipo le quedó laburando el balero, porque... ¿Saben qué me dijo cuando ya nos íbamos? ¿Saben lo que me dijo?Todos aguardaron en silencio.—Me dijo: “No es mala idea ésta de que se tiren las cenizas de uno sobre la cancha, la verdad sea dicha. No es mala idea”. Y&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; yo me fui pensando en lo que me había pedido el Presidente, de que esto no sirviera para sentar un precedente. Pero, bueno, la cosa ya estaba hecha.—Ahora... —reflexionó el Pochi—. Fijate vos como este tipo, el canchero, no aceptó la orden del Presidente, pero se fue al mazo apenas el cura lo charló un rato.El Colo jugueteó un momento con la cucharita dentro del café.—Es que hay un Poder Superior, Pochi —afirmó—. Hay un Poder Superior.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Venía mal el Celeste en el campeonato pero le metimos cuatro pepas en el Beranger y a otra cosa. El partido había empezado chivo, con dominio cambiante, pero entró uno medio de carambola y después, de contra, metimos tres mas, festejamos y cantamos hasta que el último hincha rival llegó a su casa. Nos quedamos en el Club hasta tarde y de ahí nos fuimos al bar de la Estación.&lt;?xml:namespace prefix = o /&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoBodyText"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;Parábamos siempre ahí y en general conocíamos a todos los habitúes, ellas no lo eran. Estaban las tres sentaditas en una mesa y cuando entramos: “la de siempre”, en un segundo nos miraron, analizaron, catalogaron, evaluaron y decidieron, seguido de lo cual apartaron la vista e hicieron como si nada significativo hubiera sucedido allí adentro, casi como si hubieran entrado cinco linyeras o hubieran corrido cinco muebles hacia adentro del edificio&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoBodyText"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;Primero nos sentamos en la mesa de al lado pero, una cosa llevó a la otra y terminamos los ocho en una sola mesa, charlando y haciéndonos los tontos. En el inicio, todo fue amagues, ellas estaban allí esperando unos amigos que nunca llegaron, nosotros íbamos a buscar unas amigas que tampoco, seguimos con las preguntas genéricas de rigor por parte de ellas y los comentarios intencionados por parte nuestra. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoBodyText"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;Ninguna de las tres era fea, en rigor a la verdad y en el sentido estricto de la estética, Ella no era la mas linda. Una rubiecita que estaba sentada a mi lado era mucho mas llamativa para el gusto medio, pero yo, ni la miraba. Ella estaba en el medio de las tres, pelo castaño, largo y con rulos, ojos muy redondos con largas pestañas, nariz respingada, grandes pechos que resaltaban mas por una remera bien ajustada al cuerpo que llevaba puesta y una risa fácil y contagiosa.&lt;span style="font-size:0;"&gt; &lt;/span&gt;No podía parar de mirarla. Repentinamente, la rubia dijo que estaba apurada, se pararon y se fueron, ni tiempo para preguntarle el nombre, solo alcancé a leerle&lt;span style="font-size:0;"&gt; &lt;/span&gt;una pulsera de plata con la leyenda “Marti F”.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoBodyText"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;Admito que en ese momento lamenté que se fuera tan rápido, pero había goleado el Cele y poco después llegaron el resto de los pibes y comentamos con lujo de detalles, cada jugada, cada gol, cada actuación individual de nuestros jugadores, los cambios que hizo el técnico y, por supuesto la actuación del árbitro el cual, como siempre, nos había bombeado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoBodyText"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;Un mes después la volví a ver, me acuerdo bien porque fue el día que casi lo matan al Petardo. Algunos dicen que el Petardo es así porque fuma cualquier porquería, otros porque es borracho, mi teoría es que el pibe está completamente loco. Ese día estábamos en la puerta de la farmacia, haciéndole el aguante a Dany que tenía que comprar unos remedios para la abuela y aparece el Petardo con un paquetito envuelto en papel madera. Conociéndolo no quería ni saber lo que era, pero la pregunta fue inevitable.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoBodyText" style="MARGIN-LEFT: 36pt; TEXT-INDENT: -18pt"&gt;-&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;Es un aerosol de pintura Celeste, el Gordo Fiorito le rompió la trompa a un vecino, solo por llevar un banderín de Temperley en el espejito retrovisor, ese sapo me tiene podrido&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoBodyText"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;Sabía que se venía la locura. El Gordo Fiorito era un matón de dos metros de alto por uno de ancho que andaba siempre buscando problemas. Era uno de los capos de la Barra&lt;span style="font-size:0;"&gt; &lt;/span&gt;de Los Andes y desde una paliza que le dieron cuando era chico, odia a todo lo que tenga que ver con Temperley.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoBodyText" style="MARGIN-LEFT: 36pt; TEXT-INDENT: -18pt"&gt;-&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;¿Y que vas a hacer con ese aerosol?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoBodyText" style="MARGIN-LEFT: 36pt; TEXT-INDENT: -18pt"&gt;-&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;El gordo sapo se compró una cuatro por cuatro colorada, toda cromadita, linda, le puso en las cuatro tasas el escudo de Los Andes y cuando vuelve al mediodía a dormir la siesta, la deja estacionada arriba de la vereda&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;.- El petardo no pudo terminar la frase porque se reía solo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoBodyText" style="MARGIN-LEFT: 36pt; TEXT-INDENT: -18pt"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;- &lt;em&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;¿Y?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoBodyText" style="MARGIN-LEFT: 36pt; TEXT-INDENT: -18pt"&gt;-&lt;span lang="ES-AR"&gt;Vo&lt;em&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;y a saltar desde la casa del vecino y le voy a pintar las cuatro tasas de Celeste. Ni se va a avivar quien fue&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoBodyText"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;Tratamos de disuadirlo de todas las formas posibles, pero no hubo manera. Siguió caminando, para el lado de Lomas con su paquetito debajo del brazo y riéndose solo. Dos horas después, nos enteramos en el Club que tuvo éxito parcial. Por un lado, la siesta de vino y asado del Gordo le impidió escuchar nada. De hecho, el Petardo no se conformó con pintarle las cuatro tasas de celeste, sino que le decoró la cuatro por cuatro con dos coquetos escudos de Temperley y unos cuernitos en la pared de la casa denunciando las actividades non sanctas de la novia del Gordo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoBodyText"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;span style="font-size:0;"&gt;&lt;/span&gt;Como el delantero que gambetea fácil a los defensores y después se enreda con el arquero, el Petardo se engolosinó. Fiorito&lt;span style="font-size:0;"&gt; &lt;/span&gt;se despertó y a través de la ventana lo vio, aerosol en mano, como le daba un toque final y filigranado a uno de los escudos. Dicen que salió en camiseta y calzoncillos a correrlo. Por suerte no lo alcanzó, y cuando se dio cuenta que estaba medio desnudo, se volvió, agarró una llave cruz y salió a buscarlo con la camioneta. El Petardo ya se había hecho humo, pero el Gordo lo identificó. Estuvo mas de dos meses sin aparecer por el barrio, ni a la cancha de Temperley se animaba a ir.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;Ese día, del club nos fuimos al Bar de la Estación, rebalsaba de gente y nos quedamos en la barra. Entró con la rubia mirando hacia las mesas, como buscando a alguien. Nos vieron y caminaron hacia nosotros. Era alta, tenía el pelo suelto, un poco mas largo de lo que recordaba, vestía un sueter suelto y pantalones bien ajustados, la cintura chica, el gran busto y las caderas, algo mas anchas que la medida óptima para otros, para mi eran perfectas. Nos saludaron como amigos y charlamos como si nos conociéramos mas. Todo el bar desapareció y ni ella ni yo nos dirigíamos al grupo, hablábamos el uno con el otro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;Esa vez intercambiamos nombres, ella era Martina. Hablamos de un montón de cosas que no retuve, era lo de menos. Cualquier cosa que yo dijera, la hacía reír y me encantaba escucharla. El rumor del bar, la charla de los otros era apenas ruido que interfería nuestra conversación, pero no la detenía. Nos sentamos en una mesa y dejamos de prestar atención al resto. De hecho, solo Dany y la rubia se habían sentado con nosotros. Quedamos en encontrarnos al sábado siguiente, para ir a bailar y, quizás, algo mas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;Ese sábado jugábamos en Rosario, el tío de Dany iba con el auto y logró acomodarme, casi por la fuerza. Éramos seis en un Fiat y los trescientos kilómetros se hicieron eternos. Para Temperley era un partido muy importante, si ganaba casi aseguraba su clasificación para la ronda final. Comimos en el restaurante de Argentino y nos fuimos a la tribuna. El sol rosarino nos taladraba la cabeza, sufrimos todo el partido pero valió la pena, íbamos perdiendo pero sobre el final del partido, les hicimos dos goles y lo dimos vuelta. Paramos en un bar a tomar cerveza y casi se hizo de noche. Quien se acordó primero fue Dany.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="MARGIN-LEFT: 36pt; TEXT-INDENT: -18pt"&gt;-&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Tío, vamos que hoy tenemos que ver dos minas, la mía está espectacular y el Pepe me hizo la gamba con la amiga&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;Todo el viaje de vuelta fue una tortura. Los amigos del tío de Dany nos interrogaron y armaron mil fantasías sobre lo que sería nuestra noche. Al final, la rubia era “la trolita” y Martina era “La gorda”. Me daba gana de pelearlos pero sabía que si mostraba enojo, las cargadas se multiplicarían hasta el infinito. Sin embargo, nuestra paciencia tuvo su recompensa, el tío de Dany le prestó el Fiat y uno de los amigos nos prestó la llave de un departamento que usaba para ir a dormir cuando se peleaba con la mujer. – &lt;em&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Es modesto, pero para lo que ustedes necesitan, alcanza y sobra&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;- , dijo entre risotadas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;Llegamos mas de una hora tarde, con Dany hicimos lavar el auto que tras la apretada jornada de ida y vuelta a Rosario había acumulado suciedad externa y aromas diversos adentro y después fuimos a ver el departamento. No estaba mal. Un ambiente con un sofá y dos sillas y otro con una cama matrimonial, ventanas pequeñas, una cocina sin muebles y un baño donde una persona normal, parada, quedaba apretada.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;No estaban contentas cuando nos vieron, las miradas eran de reproche y costó darlas vuelta. Dany para romper el hielo les dij6 que en lugar de ir a bailar, las invitábamos a cenar. Aceptaron. Compramos un par de pizzas, unas cervezas y apuntamos para el departamento.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;La noche fue perfecta, al menos correspondieron a mis expectativas. Comimos usando una de las sillas como mesa, en el departamento había solo dos vasos, los cuales los compartimos. Dany le empezó a hablar al oído a la rubia y parecía que no avanzaba con demasiado éxito. Martina, sentada en la otra silla estaba callada y solo respondía a mi conversación con monosílabos, no podía provocar la risa que tanto me gustaba.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;El sofá era realmente chico y cuando Dany se ponía de costado para hablar de frente con la rubia, me apretaba contra el otro apoyabrazos. Martina se puso de pie y me preguntó -¿hay otro ambiente aquí?, sin que nadie le conteste caminó hacia la habitación, casi como un autómata y sin demasiada convicción, la seguí y cerré la puerta tras de mi.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;Nos sentamos en el borde de la cama y conversamos, ella cambió su actitud y volvió a su simpatía habitual. Extrañamente nuevamente ella fue la que tomó la iniciativa, un mano en mi rodilla. Una cosa llevó a la otra y terminamos enredados en un nudo de piernas, brazos y sexo. Nunca fui un amante experto, ni mucho menos, pero ella la pasó muy bien y yo mucho mejor que ella. Nos interrumpieron un par de veces con golpes en la puerta que en la primera oportunidad ignoramos y en la segunda solicitamos “un ratito mas y salimos”.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;Supuse que Dany quería usar la cama pero cuando salimos la rubia estaba con la campera puesta, la cartera colgada del hombro y una mueca de fastidio. Mi amigo era la imagen de la frustración. En el auto, el silencio era denso y luego que se bajaron las chicas, Dany tampoco quiso hablar del tema. Apenas si dijo – &lt;em&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Me cortó el rostro&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;-.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;Salimos un par de meses. Nos veíamos prácticamente todos los sábados a la noche.&lt;span style="font-size:0;"&gt; &lt;/span&gt;Un par de veces el amigo del tío de Dany, al cual yo conocía del barrio, me volvió a prestar la llave del departamento y reeditamos&lt;span style="font-size:0;"&gt; &lt;/span&gt;esa noche de pasión. Cada oportunidad era mejor que la anterior. Otras veces salíamos, nos sentábamos en un bar y charlábamos horas enteras. Nunca me cansaba de escucharla reír.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;Por distintas circunstancias nos dejamos de ver. El Celeste empezó a jugar el reducido, ella tenía exámenes y no coincidíamos con nuestros tiempos. Creo que pasaron veinte días cuando me empecé a sentir mal. Primero no identificaba que era lo que me estaba sucediendo. Me sentía acelerado, nervioso, no podía estar sentado ni acostado tranquilo, mucho peor que el día anterior a una final o a un partido importante. Entonces me di cuenta, comencé a pensar en ella y mi ansiedad se multiplicaba por mil. La llamé un lunes por la noche y le dije que necesitaba verla con urgencia. Pasamos toda esa noche charlando en el bar y allí, de alguna manera, formalizamos nuestra relación.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;Los dos partidos de la semifinal con Chacarita fueron un parto.&lt;span style="font-size:0;"&gt; &lt;/span&gt;No fueron penales como en el ’82 pero hicimos el gol en el partido de ida a los dos minutos del primer tiempo y nos mataron a pelotazos tanto en los ochenta y ocho minutos restantes&lt;span style="font-size:0;"&gt; &lt;/span&gt;como en los noventa del partido de vuelta, pasamos a la final, sufriendo, de lástima, pero pasamos. Los Andes que le había hecho cinco a Chicago, nos esperaba.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;Era un viernes por la noche, justo el día antes del partido de vuelta. En el de ida habíamos empatado uno a uno de local. Fui a buscar a Martina a la casa para acompañarla a Lomas a hacer unas compras. Toqué el timbre y la madre, una mujer obesa con cara de bonachona&lt;span style="font-size:0;"&gt; &lt;/span&gt;salió y me dijo que ya le avisaba. Transcurrieron un par de minutos y Martina, enfundada en una toalla me pidió que pasara pues estaba retrasada, al pasar me dijo que nos íbamos a quedar a cenar con su familia.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;Sabía que era un momento trascendente e inevitable. Hasta allí, habíamos salido como pareja muchas veces, nos presentábamos como que “salíamos” pero nunca había entrado a su casa. Era un chalet pequeño, con techo de tejas rojas y paredes blancas. Desde la reja de entrada hasta la puerta de la casa había veinte metros que caminé cuidadosamente. En el umbral, Martina me presentó a la madre, atravesamos una pequeña sala de estar y al entrar al living me llevé la sorpresa de mi vida.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;Era un comedor amplio, una mesa con ocho sillas estaba semi preparada para la cena, de hecho un agradable aroma a salsa de tomate venía desde el interior de la casa. En el otro extremo del cuarto, un televisor encendido y sin sonido sintonizaba un noticiero amarillento. La pared opuesta a la entrada era un mural de fotografías, un diploma y escudos. El diploma era de Martina, las fotografías, algunas eran familiares y otras de jugadores y equipos de fútbol con una curiosa y fea camiseta blanca a pequeños listones colorados. El Escudo ya no dejaba lugar a dudas era del Club Atlético Los Andes. Sin embargo no fue esa mi mayor impresión, el diploma, que en la letra chica no podía leerse en la grande y filigranada permitía entender claramente el nombre y apellido: Martina Elisa Fiorito. Mi Martina era la hermana del gordo Fiorito quien me miraba amenazadoramente desde un par de fotografías.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;Todavía no había recuperado el aliento cuando, a través de la ventana pude ver que una camioneta cuatro por cuatro color rojo furioso se detuvo en la puerta. Instintivamente miré las tasas, en las mismas un escudo opaco, al cual no era posible notarle el color mostraba rayas y surcos. La puerta trasera tenía un gran manchón color gris oscuro, como de la masilla que se pone en los vehículos tras un choque. Yo sabía que el mismo no se debía precisamente a un accidente. Del vehículo bajó un individuo de aspecto amenazante, y con ánimo de pocos amigos. Entró a la casa, me miró como si no existiera y entró a la cocina para saludar a la madre.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN-LEFT: 36pt; TEXT-INDENT: -18pt; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;-&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;¿Ese quien es?, &lt;/span&gt;&lt;/em&gt;preguntó sin ningún reparo en que yo lo escuche&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN-LEFT: 36pt; TEXT-INDENT: -18pt; TEXT-ALIGN: justify"&gt;-&lt;span lang="ES-AR"&gt;un amigo de Martina, le respondieron.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;Un gruñido fue la respuesta y la ignorancia absoluta su trato posterior. Nos sentamos en una mesa y comimos. Repentinamente cada mirada de cualquier familiar de Martina lo imaginaba hostil, el ambiente me oprimía y tenía ganas de salir corriendo y no pisar nunca mas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;Recordé la cadenita con el escudito de Temperley. La llevaba a todos lados desde que era muy chico y no me la sacaba ni para bañarme, instintivamente mi mano fue al segundo botón de la camisa el cual estaba, tranquilizadoramente cerrado. Nos sentamos y hablamos de cosas que no recuerdo bien. No sentía miedo en ese momento, sino una terrible sensación de tristeza pues, lo nuestro no iba a poder ser, éramos como los personajes de Romeo y Julieta, libro que acabábamos de ver en el Colegio: El Gordo Fiorito iba a ser una especie de Teobaldo que iba a destrozar a mi amigo el Petardo Mercuzio, yo le iba a hacer la boleta al gordo y al final Martina y yo nos íbamos a suicidar en un acto desesperado de amor imposible. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;Llegaron tres pibes mas, uno de ellos con la camiseta de Los Andes puesta, eran amigos del gordo y la conocían a Martina, después llegó la Rubia y medio por decantación quedamos sentados en esa sala, hablando de bueyes perdidos. Uno de los pibes de Los Andes y el Gordo eran fanáticos igual que yo de AC/DC, pusieron como corresponde vinilios y comentamos cada tema, discutimos si Bon cantaba mejor que Brian, adoramos en conjunto la guitarra de Angus y nos prometimos intercambiarnos CDs. Con versiones piratas de recitales.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;Tomamos Cerveza y seguimos hablando de música, de conocidos comunes de los colegios, e incluso uno de los pibes me ofreció que vaya a la casa de la vieja que era profesora de matemáticas para darme una mano. “De onda”, me dijo a mis amigos no les cobra y si vos sos amigo de Marti y el Gordo, es lo mismo. Tras decir esto, el Gordo me empezó a mirar fijo callado. La voz desgarradora de Bon Scott sonaba omnipresente en sus cientos de inflexiones, empezó Angus con un solo mas tranquilo de guitarra y el sonido ambiente fue mas callado. La pregunta vino sin anestesia:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN-LEFT: 36pt; TEXT-INDENT: -18pt; TEXT-ALIGN: justify"&gt;-&lt;span lang="ES-AR"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Vos sos del Cele, ¿no?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN-LEFT: 18pt; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;Mi respuesta inevitablemente arrogante – &lt;em&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Si, por supuesto&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN-LEFT: 18pt; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;El pibe que tenía puesta la camiseta de Los Andes, la tomó con sus dos manos y dijo, &lt;em&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;¿sabes lo que pasa, cual es la diferencia con ustedes?, Esta para nosotros es una religión. No hay hinchada como la de Lomas&lt;/span&gt;&lt;/em&gt; y cuando dijo esto, ya no me miraba bien.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN-LEFT: 18pt; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;El tono se iba a ir de cauce en cualquier momento, mi respuesta iba a ser, a boca de jarro una larga perorata sobre las innumerables ventajas y méritos por&lt;span style="font-size:0;"&gt; &lt;/span&gt;ser hincha de Temperley por encima de un equipito como el de ellos, los iba a humillar de tal manera que no iban a tener mas motivos que darme la razón, en otras palabras, la iba a pudrir y me la iba a bancar, Romeo contra Teobaldo y sus secuaces.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN-LEFT: 18pt; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;Martina leyó mi mente y simplemente dijo: - &lt;span style="color:#000066;"&gt;&lt;em&gt;a mi AC/DC me parece una porquería de gritos pelados y desafinados, dame un compact de Ricardo Arjona o Alejandro Sanz. Esa es la verdadera música no este ruido insoportable que les gusta a ustedes&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;. La forma en que el Gordo miró a su hermana, fue como si la misma acabara de confesarle la peor blasfemia. - &lt;em&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;¿y vos que carajo sabes de música nena, por favor?&lt;/span&gt;&lt;/em&gt; Fue lo mas suave que le dijimos. &lt;em&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;¿Estas comparando una guitarrita y un gallego empalagoso con la banda de rock mas poderosa de la historia, estas sorda nena?&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;, atiné a decir yo. Levantamos las voces y todo fue un griterío de insultos y descalificaciones.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN-LEFT: 18pt; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;Mi Martina, se paró en medio de la habitación. Tenía las mejillas encendidas y la mirada brillante se puso en cuclillas delante del chico que tenía la camiseta de Lomas, - &lt;em&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Julián, ¿Cuánto hace que somos amigos?, ¿desde el jardín, quince años, no?, ¿Y no te podes bancar que no me guste la música que te gusta a vos?, ¿me tenes que agredir? ¿no somos mas amigos?.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt; Se paró, se dio vuelta y se puso cara a cara con su hermano &lt;em&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;¿y vos Gordo nabo, cuanto nos apoyamos desde que papá no está, cuantos favores nos debemos, cuanto nos necesitamos, ¿soy una pelotuda porque no me gustan los gritos esos?&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;. El Gordo reaccionó igual que Julián bajó la vista avergonzado y abrió la boca como para decir algo y no le salió nada, solo atinó a acariciarle la cabeza a su hermana mientras esta, roja de furia ya derramaba alguna lágrima. Sin embargo todo no terminaba ahí.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN-LEFT: 18pt; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;Se volvió a poner de pie y se paró delante de mí, &lt;em&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;¿y vos, todo lo que me dijiste esta semana es cierto?, ¿sentis de verdad todo eso por mi?, ¿lo seguís sintiendo pese a que soy una sorda que no aprecia tus gustos musicales?,&lt;/span&gt;&lt;/em&gt; ya las lágrimas le caían por torrentes. – &lt;em&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;No seas boluda&lt;/span&gt;&lt;/em&gt; le dije, &lt;em&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;podemos compartir muchas cosas para estar bien, sin necesidad de estar de acuerdo en todo&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;. La abracé delante de todos, sin pudor.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN-LEFT: 18pt; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;El Gordo, puso un disco de Arjona y, descubrimos que algunas letras eran interesantes, después pusimos algo mas blusero, que nos gustaba a todos y seguimos hablando de bueyes perdidos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN-LEFT: 18pt; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;Me despedí de cada uno de ellos con una palmada en la espalda. Obviamente no nos deseamos suerte, pero quedamos en volver a encontrarnos y charlar sobre el partido. Martina me acompañó hasta la puerta y tuve ganas en ese momento de comenzar a vivir con ella. La amaba con todas mis fuerzas y para esa altura de la noche, todos habíamos decodificado la lecci&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;ón de madurez que habíamos recibido.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN-LEFT: 18pt; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-AR"&gt;Un beso, un abrazo y un te quiero, por primera vez fue la despedida. Realmente lo sentía de esa manera, incluso después que me miró con gesto agresivo y levantando el dedo mayor de una de sus manos me dijo “&lt;em&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Mañana les vamos a romper el culo&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;”, mi respuesta fue automática, “&lt;span style="color:#000066;"&gt;&lt;em&gt;quedate tranquila que mañana, papito te consuela, cinco se van a comer&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;” Me guiñó un ojo, apretó un puño y se lo llevó a su corazón. La amé mas que nunca, casi tanto como la amo ahora.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Las sillitas dispuestas separadas unos centímetros entre si y apenas si daban espacio para permitir con comodidad desarrollar nuestra vocación de pintores y escritores precoces. Nos sentaban de a cinco por mesa , el guardapolvos era de un color verde clarito, usábamos un moño azul y la maestra vestía mas o menos al mismo tono. La recuerdo con la sonrisa eterna, el pelo lacio que le caía sobre los hombros, y un gesto de condescendencia ante cada una de nuestras travesuras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo no era un chico, de los que se dicen, traviesos por naturaleza, en general no me metía con nadie si no se metían conmigo, pero tampoco era de los que tenían demasiadas pulgas encima. Los amigos precoces eran aquellos con los que en el recreo, nos juntábamos en un costado del patio a cambiar las figuritas de chapa, a desafiarnos para ver quien se animaba a trepar a la rama mas alta del ombú o simplemente a jugar a la escondida o al poliladron. Con las chicas, apenas si cruzábamos miradas, salvo cada tanto para molestarnos mutuamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como siempre sucede, había una en particular a la que tomábamos de punto. En este caso era Norita.  La descripción de mi abuela sobre ella hubiera sido que era la mas “pizpireta”, en otras palabras, la que siempre tenía algo para decir sobre todo,  Norita era pelirroja, su pelo era un poco mas grueso que el normal, ojos marrones, muchas pecas  y una nariz respingada, sus dientes delanteros, todavía de leche eran grandes y separados. Sin mucha originalidad, para nosotros era la “Zanahoria”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El recreo del medio del lunes siempre era el mas largo. Supongo ahora que era el que utilizaban las maestras para contarse todas sus actividades del fin de semana y se “iban de viaje” en las charlas prolongando nuestros juegos en el patio. Ese Lunes habíamos armado un Poliladron donde nuestra casa, la de los ladrones obviamente, era la corteza externa del ombú. Este era el lugar ideal para emboscar a los policías y hacerles burla cuando no podían alcanzarnos. El juego estaba parejo y ya habían capturado a varios de los chicos mas veloces los cuales, en una regla absurda pero inexorable, se pasaban para el bando de los policías y comenzaban a sacarnos un poco de ventaja. Comenzaba la parte mas emocionante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Armábamos una emboscada cuando veo a la “Zanahoria” con dos de sus secuaces, paradas apoyadas en el tronco del árbol, cambiando sus ridículas figuritas de hadas con brillantina. Comenzamos a discutir sobre derechos preexistentes, el juego se interrumpió y las maestras, al escuchar nuestros gritos, salieron de su letargo y terminaron el recreo. Mientras formábamos la “Zanahoria” me mostró todo el largo de su lengua, yo hervía de furia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando entramos, otra sorpresa desagradable, la vieja cara de vinagre nos esperaba con sus hojas y sus témperas. Yo la odiaba por dos motivos, como no podía recordar los nombres, nos hacía sentar siempre igual que el primer día y yo no podía estar en la misma mesa que mis amigos, encima debía sentarme junto a la Zanahoria y ese día con ella, el horno no estaba para bollos. Cada vez que teníamos “Dibujo” la directora tomaba el comando de la clase y nuestra adorada Maestra adoptaba un perfil mas bajo, casi el de una ayudante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con voz estridente nos fue dando las instrucciones. Quería que hiciéramos un dibujo libre en el cual hubiera un corazón. Con los papás, con las mamás o con alguien o algo que quisiéramos mucho, debíamos dibujar y luego pintarlo con témpera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Zanahoria era muy aplicada y también egocéntrica, enseguida comenzó a dibujar un gran corazón en medio de la hoja, con su propio nombre el cual, precozmente, ya había aprendido a escribir y lo ponía en todos sus dibujos. Lo mío fue mas simple, me acordé de la pelota de fútbol que me había regalado mi abuelo Adolfo , con gajos blancos y celestes y le inventé un hermoso corazón en el medio. El Corazón de la Zanahoria, por alguna razón le salió totalmente chueco y cuando comenzó a pintarlo, parecía mas un churrasco crudo que otra cosa. Mi pelota, pese a que mis dotes artísticas eran casi nulas había quedado bastante bien, era obvio quien iba a ser el felicitado en nuestra mesita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mojé el pincel en el frasco de yogurt donde todos lo limpiábamos, lo introduje en la témpera roja  y terminé de recorrer el corazón con un reborde perfecto. Era mi mejor dibujo en mucho tiempo. Mi abuelo iba a estar orgulloso. Los ojos de la Zanahoria estaban enrojecidos, trataba de corregir su dibujo y cada vez lo empeoraba mas, su vecina, otra “pizpireta” fue gráfica “¡Que porquería!” le dijo. La Zanahoria le tiró témpera con su pincel, y la otra le hizo lo mismo, se armó una batahola en la cual, un codo de la Zanahoria impactó en el frasco de yorgurt volcando parte del contenido sobre mi hoja.  Recuerdo que la tomé del pelo y comencé a sacudirle la cabeza, me tuvieron que separar entre las dos maestras. Cuando lo hicieron, volví a ver su lengua desafiante y sonriente, no pudieron detenerme esta vez antes que le introdujera el resto del contenido del frasco dentro de su boca. Sus llantos fueron aullidos, pero el castigo peor lo recibí yo. Mis padres debieron ir al colegio y en casa luego tuve también mi “recompensa”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese fue el principio de la guerra. En primero superior la Zanahoria se sentaba en el banco delante del mío. Raro era el día en el cual no terminaba con diez o doce pedacitos de papel masticado en su cabeza. También era raro el día en el cual no recibía de parte de ella crueles burlas junto a sus amigas, avergonzándome por mis zapatos rotos o mis rodillas sucias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En tercer grado, en otra clase de Dibujo, y con la vieja cara de vinagre todavía en funciones debíamos dibujar con crayones. Era día de “dibujo libre” y como siempre, mi “arte” era un jugador, con camiseta Celeste de Temperley convirtiendo un gol al ángulo. Saqué mi cajita de crayones y comencé con el negro y el marrón a delinear los contornos. Era un golazo, de media vuelta. El arquero no llegaba nunca. La Zanahoria miraba de reojo y pegó donde mas dolía, cuando me distraje, me sacó el crayón Celeste y me lo escondió. Lo busqué por todos lados y no pude hallarlo, hasta que me encontré con la mirada desafiante y burlona de Nora y de ese modo me di cuenta que nunca lo iba a encontrar. Faltaban pocos minutos para terminar y no podía utilizar otro color. Intenté con un azul aclarándolo en forma rala pero no era lo mismo. Era como un jugador de Boca sin la raya amarilla haciendo ese golazo soñado para mi Celeste. La odié como nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue en sexto grado cuando a la Zanahoria le empezó a gustar mi amigo Damián quien a través de mis influencias, también la detestaba. Todo fue planificado, empezaron a mandarse “cartitas” de ida y vuelta donde ella, poco a poco, iba soltando su sentimiento. Las cartas de Damián las redactábamos  entre todos y las respuestas eran cada vez mas apasionadas y, por supuesto, festejadas cuando las leíamos entre risotadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La humillación final fue de mi autoría, “Damián” la citó en la salita después de hora para “charlar un ratito”. Nora tragó la carnada con anzuelo y todo. Las luces ya estaban apagadas y cuando ella las encendió, sobre los bancos estaban sus cartas desparramadas hechas pedazos, en medio de la sala estábamos todos, incluido Damián riéndonos en su cara. Su rostro tomó el color de su pelo, nos miró a todos con un profundo odio y corrió para no volver mas. Se fue del colegio y no supimos de ella por un largo tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La epidemia de la Polio no pasó de largo por el colegio, Damián, Horacio otro amigo, y mi hermanito Esteban quedaron en el camino. Mi hermana Laura pasó unos meses muy duros internada y quedó con una piernita parcialmente paralizada. Fue una época terrible donde la gente lavaba las veredas tres veces por día y las familias donde habíamos tenido algún enfermo éramos tratados, poco menos que como parias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Íbamos con mi madre al hospital a ver a Esteban hasta que falleció y después seguimos yendo por Laurita mientras estuvo en recuperación. No me gustaba ir, pero me obligaban. Los pasillos eran lúgubres, el olor a acaroina y alcohol alcanforado era insoportable y los llantos de los padres en los pasillos, desgarradores. En las habitaciones colectivas, los niños con afecciones no tan severas recibían visitas junto a sus camas. Tras cinco minutos de charla con mi hermana no tenía mas tema de que hablar con ella y se me hizo costumbre mientras mi madre se quedaba junto a su cama, ir a caminar por dentro del hospital para matar el tiempo. Mi lugar preferido era el jardín fuera de olores y dolores desagradables.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo las puertas donde las ventanas eran pequeñas claraboyas y donde pocos podían ingresar, ahí había estado Esteban. Para ir al parque central del Hospital donde estaba el jardín debía pasar por delante de esas puertas. Siempre apuraba el paso porque recordaba la agonía de mi hermano y prefería en ese momento la negación al recuerdo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue un día,  un par de semanas antes que le dieran el alta a Laurita, que pasaba por ese siniestro pasillo y una puerta de esas estaba abierta. Tres enormes pulmotores zumbaban simultáneamente y en uno de ellos, una cabellera roja caía a los costados. Mi curiosidad pudo mas que mi prevención. Me acerqué lentamente y la vi. Estaba unos años mayor, muchísimo mas delgada pero la conocí en forma inmediata, era Nora, la Zanahoria. Estaba despierta, y en apariencia solo podía mover parte del rostro y sus ojos, los cuales también me reconocieron de inmediato. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me quedé junto a ella un rato largo, sin hablarle. No podía entender con mis quince años de edad todo el dolor que podía estar sintiendo en ese momento. Lo de Esteban había sido fulminante y lo de Laurita, mucho mas leve. Me quedé una hora junto a ella sin hablarle apabullado hasta que llegó una enfermera y dijo que había terminado el horario de visitas. Una lágrima rodó por uno de sus ojos y con la boca, con un lastimoso balbuceo, apenas si pudo decir algo parecido a “Gracias”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A partir de ese día, cada vez que iba a ver a mi hermana, corría al cuarto de Nora y me quedaba junto a ella, su madre me vio y respetó el deseo de su hija pues cuando yo llegaba, ella se alejaba y permanecía, en una silla en la otra punta del cuarto. La tercera o cuarta vez, comencé a hablar. Recordando nuestras peleas, a las maestras, a todo lo que habíamos tenido en común. Ella solo sonreía con los ojos y un costado de su boca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras el alta de Laurita seguí yendo, día por medio un par de meses mas, . Las últimas dos semanas mientras le hablaba le tomaba la mano y cuando me despedía le daba un beso en la frente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día llegué y su pulmotor estaba vacío, me enteré de su fallecimiento de la peor manera posible, una enfermera con desidia y frialdad me lo dijo, casi sin anestesia. Lloré mucho esa noche, con vergüenza, mucho mas que lo que había llorado en su momento por Esteban. Seguí llorando por Nora, por Esteban, por Damián y por todos los que había conocido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos días después tocaron el timbre en casa. Una mujer demacrada, con el pelo color zanahoria y vestida de negro, pedía hablar conmigo. Mi madre no entendía nada pues nunca le había contado a nadie de mis visitas al hospital. En pocas palabras le contó a mi familia lo que yo había hecho. Con lágrimas de orgullo y extrañeza, mamá me miraba como si no me conociera. Sabía perfectamente quien era Nora, pues varias veces había tenido que ir al colegio a disculparme por mis peleas con ella y a recibir todo tipo de recriminaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mamá de Nora me dijo que ella, poco antes de morir, le pidió que me dejara a mi una cajita metálica con algunas de sus cosas. Me la entregó y no pudo permanecer mucho tiempo mas antes de quebrarse y marcharse, yo la tomé y quedé como un tonto tomándola entre mis manos sin saber que hacer con ella. La puse en un estante de mi habitación y todas las noches la miraba antes de dormirme. Hoy puedo afirmar que no tenía el coraje de abrirla. En ese momento, no lo creí necesario, quería convencerme que el regalo era la caja, no su contenido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasaron meses hasta que una noche, desvelado, tomé la decisión. Era de latón y tenía decenas de corazones pintados con el nombre Nora en su exterior. No me fue difícil abrirla. Estaba llena de papeles de cuaderno doblados en cuatro, comencé a leerlas y vi que eran las cartas de Damián. Las había guardado todas, había otras cosas:  algunas figuritas de brillantina, unas hebillas de colores que se entremezclaban, y debajo de todo estaba el objeto que justificaba su necesidad que yo tuviera esto. Un crayón Celeste, intacto descansaba en el fondo de la lata.  Nora estaba agradeciendo mis visitas con lo único que en ese momento podía. Lo tomé y me di cuenta que, a partir de ese momento, iba a ser mi objeto mas preciado, por encima de cualquier otra cosa material.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por muchos años y hasta ahora mi trapo Celeste, al margen de decir Temperley en el centro  en letras grandes y negras, tiene en uno de sus costados un corazón  de color rojo con el nombre Nora dentro de El.  Muchos pensaron que era una novia, otros el nombre de mi madre, nadie imaginó que era el nombre de la persona que, de muchas maneras, me había convertido en un hombre de bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Caño Celeste (Dedicado a todos los chiquitos del Polio de los ’50)&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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De eso estoy seguro, cómo olvidarlo. La mano vino así: Temperley-San Telmo, sábado 11 de junio de 1984 a eso de las cuatro de la tarde en la cancha de El Porvenir. Al lado, Vito. Un poco a la derecha, los "locos por el cele". Estaban todos, Pachu, el flaco Erba, el gordo abogado, el doctor pelado y su camperita, y alguno de los otros. Un rato antes, miles de papelitos de todos los tamaños y tipos (hasta páginas de La Semana de 1982) habían saludado la salida de los once de Temperley. Y esta vez todo había salido bien, y no como por la primera rueda, cuando por confundir las camisetas el millón de simpatizantes celestes había malgastado su esfuerzo en los desahuciados de Telmo. Esta vez todo iba bien.Y cuan bien marcharían las cosas que hasta ganábamos uno a cero, y cómodos. En el segundo tiempo, con el resultado asegurado, el partido controlado, y los ánimos esperanzados, uno de los nuestros, Alvarez, la miró fijo, la calculó bien, le apuntó firme, la interceptó decidido, y la golpeó con más ganas aún. Como era lógico luego de tanta dedicación, la pelota salió despedida para el lado en que se encontraban (nos encontrábamos) los locales otra vez. El iufff del impacto se escuchó de lejos. De casualidad el balón le apuntó al corazón de los "locos", daba vueltas sobre su eje, despacio, como en cámara lenta, como buscando quedar en el pecho de cualquiera de los hinchas a los que les gustaría sentirla como propia. Los gajos embarrados se mostraban a quien quisiera verlos. Yo era uno de esos.El -¡ guaaaardaaaaaa ! salió de varias gargantas, que con un poco de mala suerte la podían recibir como al maní lanzado al aire con el único fin de lucirse ante si mismo y los demás presentes (si son del sexo anti-fútbol mejor). Nunca voy a poder olvidar el trayecto, la prestancia, el tamaño, el color, la fuerza, la dirección, el ruido, el alma que traía esa pelota con destino de tribuna. Nunca. Era imposible que llegara a mis manos, pero algo (creo que su corazón) quiso que el milagro se produjera en el reino de los hombres. Varias manos se alzaron para evitar que el impacto les produzca alguna dolencia, que les ensucie el resto del cuerpo. Ella sabía que yo la embolsaría, la adoptaría, la besaría. De nada importaba que no fuera la misma que cabeceó Llanos para meter el gol (esa ya estaba en manos de otras manos). Era la pelota con la que se estaba jugando y era lo que valía.De pronto, las manos no la retuvieron ni la rechazaron, no la desearon ni la odiaron, sólo les ofrecieron la superficie justa como para que rebote hacia otras manos. Pero las mías estaban imantadas. Y pasó lo que tenía que pasar. Luego de otro ruido, de otra imagen imborrable, al fín, vino hacia mí. Con todas mis manos, con todas mis ganas, con toda mi historia, con todo mi futuro, la abracé, la cobijé, la adopté, la mimé. Fue uno, a lo sumo fueron dos, o tres, los segundos que estuvo conmigo, en mí. Pero fueron suficientes. El objetivo estaba cumplido, el partido podía terminar, el día podía acabar, el tiempo podía desaparecer. Todo estaba cumplido. Que justo cuando se la iba a ceder a uno de los jugadores para que la empiece a castigar nuevamente me la hayan quitado de atrás es un detalle. Que luego su destino haya sido una cuchillada para que se desinflara y pasara a una familia, tambien. Pero nada me quita (ni me quitará) su recuerdo, su textura, su ruido, su sangre barrosa en mis manos, su tamaño, sus cicatrices, el comentario de mi viejo (que imaginé), su espíritu. Un paso estaba cumplido. Cada vez falta un poco menos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Primero te asegurás que no te conviertan y a partir de alli, empezás a pensar en el arco de enfrente. Será por eso que la figura del arquero adquiere mucha importancia, sobre todo cuando los diez restantes son “picapedreros” (Picapedrero: dícese del jugaror de fútbol, que no cuenta con los mínimos atributos de talento para manejar la pelota, siendo reemplazados por el despliegue físico y la pierna fuerte.)&lt;br /&gt;Algo así era nuestro equipo SSL –Sangre, Sudor y Lágrimas- nacido gracias a la pasión y constancia de Oscar. El origen se remonta a la época del secundario, donde solo se piensa en el fútbol, la música, las mujeres y pasarla lo mejor que se pueda. Lástima, después inexplicablemente uno se complica…&lt;br /&gt;El equipo se nutría permanentemente del semillero que producía el colegio, en los últimos años. Cuando se resentía alguna de sus líneas (siempre), se buscaba algún pibe de 17 o 18 años que la rompiera, y que, por sobre todo, “amara al fútbol como a si mismo”  Muchos años después, Maradona, modificó este mandamiento por “la pelota no se mancha”, y las generaciones menos religiosas, lo entendieron mejor.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Quizás la incorporación más acertada fue la de Omar Giacomelli, un pibe de sexto año, del que todos hablaban por sus cualidades para el arco.&lt;br /&gt;  Era flaco y alto, narigón como el mismo Bilardo, y calladito. Vivía en Burzaco y su viejo tenía una carnicería muy prolija con carne de primera calidad (imposible no mencionar esto que parece irrelevante, cuando pienso en los asados del Ñato, nuestro Carlitos Bianchi). Como hijo menor, su Mamá lo cuidaba bastante, en exceso para los que teníamos que negociar que lo despertara a las 8 de un domingo.&lt;br /&gt;El día que debutó pidió permiso para cambiarse en un rincón, y mirando al piso  llegó al arco  para el peloteo previo. Los más grandes, pateabamos displicentemente para no asustarlo, y algunos dudabamos que fuera la solución.&lt;br /&gt;A medida que los rivales llegaban al arco (fácilmente), nos ibamos tranquilizando, el Pibe sabía del tema.&lt;br /&gt;Ese primer partido, no sé como terminó, pero si recuerdo que a partir de allí empezamos a ganar más partidos de los que perdíamos, y que nuestra defensa, pasó a ser una de las más impenetrables.&lt;br /&gt;El Flaco era titular indiscutido y pieza clave, de un equipo que basaba su funcionamiento, en dos puntos centrales: Primero: que él sacara todo lo que llegara al arco, Segundo: que el Mono (otro personaje irremplazable), solo arriba, les ganara a todos en velocidad, pateara al arco desde cualquier posición y la embocara. Con decir que solo pedía que los de abajo la revolearamos para arriba, no importaba el lugar, él se encargaría del resto.&lt;br /&gt;  Les aseguro que mucha gente se acercaba solo, para verlo atajar. Todavía nos estamos preguntando como hacía para volar de palo a palo, después de haber tapado un mano a mano. Para los penales tambien era bueno, en el fondo creo que el Goyco nos salvó en el 90, gracias a que le copió algunas cosas al Flaco.&lt;br /&gt;  Omarsito, además de ser el mejor arquero del campeonato ( y del mundo ), era un “pan de Dios”. Nunca me voy a olvidar, cuando vino al velatorio de mi Viejo. Llegó casi a media noche, nos sentamos un rato a charlar y como vió que me caía de sueño, me sugirió que me vaya a dormir. Le hice caso, y a eso de las 4 de la mañana, cuando me desperté, Omar seguía en la misma silla. Se levantó me saludó y recien ahí se fue.&lt;br /&gt;  Todo lo que tenía de bueno, tambien lo tenía de pasional, se calentaba con los rivales y principalmente con los árbitros, así que dos por tres, se comía alguna amarilla, que después le generaba culpa, por el riesgo al que nos exponía de quedarnos con uno menos. Aunque en realidad, ningún árbitro se hubiese animado a expulsarlo y perderse la posibilidad de verlo atajar.&lt;br /&gt;  En la zona todos le reconocían sus cualidades, incluso “el Lobo”, un ex integrante del seleccionado nacional, que lo presentó en Huracán, y al toque lo ficharon en la Quinta. Por la sencillez de la familia, los sueños de verlo en primera lo guardaban muy en la intimidad, pero se intuía la ilusión que tenían de que en algún momento sea realidad, y poder terminar el dormitorio de la planta alta.&lt;br /&gt;Nosotros estabamos orgullosos del salto que había dado el Flaco, pero por otro lado, la competencia oficial, le generaba mayores responsabilidades, y entre sus entrenamientos y el campeonato, cada vez nos fallaba con mayor frecuencia.&lt;br /&gt;De todos modos, siempre buscaba la forma de estar presente en los partidos “chivos”, aquellos en donde se juegan mucho más que dos puntos. Sí, en el potrero uno es capáz de matarse por solo dos puntos o simplemente por dejar bien calentitos a los campeones del torneo pasado…&lt;br /&gt;A veces venía muerto de los entrenamientos, y nos pedía por favor no jugar. Un día era la rodilla, otro el hombro o la cintura. Despues de un rato, indefectiblemente alguien aflojaba, y entonces, nos quedabamos sin arquero o venía a media máquina.&lt;br /&gt;  Cuando terminó el secundario, obviamente se puso a estudiar el Profesorado de Educación Física, y ahí se lo veía correr por el barrio o hacer ejercicio en un improvisado gimansio en el patio de su casa.&lt;br /&gt;La cosa se complicó cuando se puso de novio con una chica de Quilmes…no hay nada que hacerle, “un pelo … tira más que una yunta de bueyes”.&lt;br /&gt;Si no estaba lesionado, estaba en la casa de la novia, y la presencia de Omar se hizo más espaciada. Es extraño, pero justo su ausencia, coincidió con una abrupta baja en el rendimiento del equipo. Nos comíamos 3 o 4 goles por partido.&lt;br /&gt;Oscar, además del fundador del equipo, era el médico al que todos consultabamos por cualquier boludés o por algun certificado para zafar en el trabajo o la facultad.&lt;br /&gt;Un día nuestro arquero, lo fue a ver porque aun seguía con molestias en la cintura. Si algo tiene de bueno Oscar, es que cuando no sabe de un tema, no habla, después se interesa, y al final te recomienda, por lo tanto, en este caso lo derivó a otro especialista.&lt;br /&gt;De la noche a la mañana, nos enteramos que habían perdido mucho tiempo con un diagnóstico equivocado del médico de la AFA y que era imperioso operarlo con urgencia.&lt;br /&gt;Sus padres quedaron paralizados, y su novia, una piba de carácter, se empezó a mover para todos lados.&lt;br /&gt;Según Oscar, lo trató el mejor Oncólogo que había en ese momento.&lt;br /&gt;-         ¿Cómo Oncólogo? ¿Tiene la papa?&lt;br /&gt;-         Si, en el hígado, y además es fulminante.&lt;br /&gt;-         Pero tiene 20 años… ¿cómo puede ser?&lt;br /&gt;-         La naturaleza no es tan sabia, a veces tambien se equivoca.&lt;br /&gt;No nos alcanzaban los brazos para dar sangre, queríamos hacer todo junto, igual que cuando quedan pocos minutos para terminar el partido y vas perdiendo uno a cero.&lt;br /&gt;Ibamos a visitarlo a la Clínica, le pedíamos que se recuparara rápido para que SSL pueda volver a primera. Le llevavamos El Gráfico donde estaban las notas al Pato Fillol. Mientras tanto, organizabamos con sus Viejos, el asadito para cuando le den el alta. Nosotros ibamos y veníamos, pero a un lado de su cama siempre estaba su novia, y al otro, calladitos, sus padres.&lt;br /&gt;-         Este muchacho, hoy está bien Omarsito, casi no le dolió, decía su Viejo cuando nos veía.&lt;br /&gt;Y el Flaco seguía atajando las pelotas que le llegaban de todos lados, y además salía jugando con la cabeza alta, aunque con mucho esfuerzo. Pero el partido todavía no había terminado y siempre puede suceder un milagro, asi que después que terminó con la quimioterapia, organizó su casamiento.&lt;br /&gt;Su familia se preguntaba ¿para qué?, y ninguno tenía respuesta del porqué una chica de 20 años se casaría con un enfermo terminal.&lt;br /&gt;Seguro que fue el amor. Un gesto de amor que solo pueden hacer los que tienen el corazón.grande.&lt;br /&gt;  Esa noche en Quilmes, la Iglesia estaba llena de gente, compañeros del mismo equipo y también adversarios, árbitros e hinchas de potrero, familiares y amigos, y el Flaquito estaba ahí, con un impecable traje azúl, camisa blanca, casi pelado y sentado frente al altar, un poco encorvado y dolorido, pero mirando como su esposa, la mujer para toda su vida, venía del brazo de su suegro.&lt;br /&gt;  “Tenemos un arquero que es una maravilla, ataja los penales sentado en una silla…”&lt;br /&gt;  A los dos días, lo llamé por teléfono para ver como estaba. Su señora, me dijo que muy cansado, pero que igual quería hablarme.&lt;br /&gt;-         Don Nito, gracias por estar en la Iglesia. Mandales saludos a todos los muchachos y deciles que siempre tienen que estar juntos.&lt;br /&gt;El que se quedó sin fuerzas, fui yo..&lt;br /&gt;  Al día siguiente, Oscar recibió un llamado, vino por casa, me abrazó, como nos pidió el Flaquito, y nos pusimos a llorar… como ahora.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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El Tío es el fletero del barrio, pelado, gordo y fanático del Celeste quien, casualmente, nunca tiene trabajo los días en que Temperley debe jugar de visitante. Los pibes somos los de siempre el grupito de cuatro o cinco que vamos juntos a la cancha desde que tengo memoria. Cada tanto se suma alguno, pero la barra básica, la de fierro, es siempre la misma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De ida, todo fue joda, esa vez se nos había pegado el Cabeza. Paramos en un par de kioscos a comprar las birras y el calor y la sed fueron poco a poco desapareciendo. El boludo del Cabeza casi nos hace perder todo cuando al pasar por Garibaldi estrelló una botella contra un paredón con pintadas de los de Lomas. Salieron un par de pendejitos pero cuando vieron que éramos ocho, se calmaron y solo hicieron muecas desde la puerta de su casa. ¡mirá si se arma quilombo y nos perdemos el partido, tarado! Le grité. Nada, ni un agite con los de Lomas iba a hacer que me pierda este partido, y todos pensábamos igual, el problema es que el Cabeza, tiene solo tres neuronas, una quemada por la merca, la otra quemada por el alcohol y la tercera muerta desde que la Lily se mudó a la Capital.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasamos el Puente de la Noria tranquilos, nos vieron las camisetas del Cele y un gordo de lentes negros con cara de Narcotraficante Colombiano, miró adentro de la caja de la furgoneta frunciendo la trompa de ojete y se volvió dudando con sus compañeros de la taquería. El Cabeza, cuando el gordo no podía verlo se paró y se tomó los huevos. Lo sentamos de un empujón y le di un par de bifes, ¡Pará Pelotudo!, ¿qué tratás de hacer?. Atrás nuestro venían tres micros con toda la banda. Nos salvamos porque el gordo, con los otros tres policías, se olvidaron de nosotros y salieron corriendo para donde venían los demás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada vez hacía mas calor, llegamos a Victoria transpirados pero contentos. Tomamos mas birras en un Super donde el Cabeza se robó unos muñequitos. El pibe que atendía se avivó pero se hizo el tonto, debe haber pensado que éramos todos chorros o algo así y se la bancó. Desde allí fuimos caminando pasando entre filas de cabezas de tortuga que nos miraban cada vez peor. En la entrada visitante te tocaban por todos lados para ver si entrabas algo. Una teñida cabaretera con uniforme de policía insultaba mal a todos los que pasaban. Miramos al Cabeza y cuando estaba a punto de largarle una guasada, lo metimos a empujones en la cancha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegamos, la tribuna estaba casi llena y todavía no había llegando la banda. Enfrente los de Tigre también eran miles, saltábamos gritando casi sin pensar en los crujidos de los tablones ni en el sol que nos taladraba la cabeza. Salieron los equipos y el delirio fue total. El partido fue trabado, feo, con pelotazos para cualquier parte y con pocas llegadas a los arcos. Matábamos los nervios saltando y cantando por lo que el verdadero espectáculo estaba en las tribunas. Diez minutos antes de terminar el partido, nos embocan. Mierda, No lo puedo creer!, me senté en los tablones y puse mi cara entre mis manos. Entre dos de los pibes me pararon ¡no seas amargo, hay que alentar mas que nunca!. Los metimos en un arco y en un bolonqui en el área de ellos donde no se sabía que pasaba, la pelota entró mansita al arco. Me rompí la garganta gritando el gol y me abracé con veinte tipos distintos. Uno a uno, en esta cancha de mierda, no está mal. Ya en tiempo de descuento se escapó un delantero del Celeste, rechazó un defensor de Tigre y el delantero, con el brazo, acomodó la pelota hacia adentro del área y cuando le salió el arquero, se la “picó” por arriba metiendo la pelota en el arco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El alcahuete del línea se quedó paradito con la bandera levantada, por eso no gritamos nada, pero el árbitro, hizo el gesto de “casual” y marcó el centro de la cancha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Quilombo fue descomunal, nadie me puede explicar como, supongo que fue en la avalancha, terminé apretado contra el alambre a tres metros del piso, los jugadores bailaban en la cancha de frente a la tribuna mientras los de Tigre rodeaban al árbitro y volaron en el medio un par de manos. En la tribuna de enfrente, el alambre flameaba como una bandera, la cancha se llenó de policías y empezamos a escuchar los balazos de goma y las granadas de humo lacrimógeno. El Tío me agarró del hombro y me dijo “rajemos que aquí se va a armar feo”. Juntamos a los pibes y fuimos para afuera, al trote llegamos a la Furgoneta y enfilamos para la Avenida. Fue un error.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde una esquina aparecieron como cincuenta con palos y piedras nos rodearon desde los dos lados. Fue como una explosión el golpe repentino de decenas de piedras contra la caja y las puertas de la furgoneta. El Tío, haciendo chillar las gomas enganchó marcha atrás hasta media cuadra donde un par de autos de hinchas Celestes que habían caído, igual que nosotros en la emboscada, frenaron sorprendidos. El Tío, puso primera y se subió a la vereda, volteando un par de macetas transitó veinte metros, pasó entre una casa y un árbol rozando en ambos costados y saltó a la calle golpeando feo abajo. Los de Tigre, sorprendidos por la maniobra se quedaron parados y reaccionaron tarde, cuando empezaron a correr, ya nos habíamos escapado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los que íbamos en la caja golpeábamos contra el piso y el techo sin poder agarrarnos de ningún lado, los de adelante, la habían llevado peor. Al Tío le habían partido la frente con una baldosa y al Cabeza los vidrios del parabrisas se le habían clavado en veinte lugares distintos de la cara y el cuerpo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hicimos cuatro cuadras a fondo por esa calle sin darnos cuenta que era contramano. Los de atrás salvo por un par de machucones no estábamos tan mal, El Tío y el Cabeza, estaban bañados en sangre. Sin embargo, el Cabeza, sacó medio cuerpo afuera de la ventanilla y empezó a cantar, lo seguimos todos, el tipo estaba loco, pero en ese momento nos sacó el susto. Trataba de ordenar mis pensamientos y de golpe una frenada nos hizo rebotar de nuevo contra la parte delantera de la caja. Sentí algo caliente en la boca me toqué y vi que mi labio inferior se había partido en tres lugares distintos, también tenía cortada la encía. ¡Bajen todos! Gritó el Cabeza. Con una patada abrimos la puerta y saltamos al exterior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El estado de la Furgoneta era para llorar. No había lugar donde no tuviera una marca de un piedrazo, los vidrios delanteros habían desaparecido, y estaban todos esparcidos dentro en el asiento delantero y en el piso, salvo por los que todavía estaban clavados en el cuerpo del Cabeza. La frenada había sido contra otro auto, que, confiado en el sentido correcto de la calle había doblado sin mirar y se había encontrado con nosotros que veníamos al taco y de contramano. En el auto venían tres tipos, de unos cuarenta años, los tres tenían puesta la camiseta de Tigre. También se bajaron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando vieron nuestro aspecto, se asustaron. Los ojos de los tres iban del estado de la Furgoneta a nuestro grupo desaforado de tipos bañados en sangre, y muy calientes. Contra lo que yo hubiera supuesto, el mas loco era el Tïo, ¡Hijos de Puta!, ¡mirá lo que me hicieron, Hijos de Puta!, ¡yo vivo de esto!, les gritaba. La cara era una máscara de sangre pero entre la misma, se veían rodar lágrimas de furia. El Cabeza tenía un aspecto que asustaba, su pantalón estaba casi intacto, pero en el resto de su cuerpo decenas de heridas sangraban a distinto ritmo, incluso en alguna de ellas todavía podía verse el brillo de la punta de un vidrio que había penetrado la carne. Saltaba y gritaba ¡vamos a matarlos!, ¡vamos a matarlos a todos!.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos de los tipos, hicieron lo mas prudente, dieron media vuelta y salieron corriendo. El Cabeza fue por ellos pero tras correr diez metros se tropezó y cayó rodando en medio de la calle, trató de levantarse y volvió a caer. El tercero se quedó petrificado parado con la puerta abierta, al lado del volante. Era el conductor y por supuesto, el propietario del auto. Una pequeña bandera de Tigre, colgaba del paragolpe delantero. Uno de los pibes la arrancó con furia. Quedamos el Tío y yo frente a él. Era un tipo canoso, con un bigote gris, boca bien chiquita y ojos desmesuradamente grandes y celestes. En la cara, me di cuenta que no estaba asustado, todavía tenía metido adentro el odio del final del partido, de cómo habían perdido. Nos miraba mal, como si nos quisiera pelear a todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Tïo tomó una baldosa del piso y con furia la arrojó contra el parabrisas del auto. Contra lo que suponía el mismo no explotó, la piedra rebotó y cayó en la acera pero una gran rajadura de arriba hacia abajo mostraba que el vidrio, no se la había llevado de arriba. El tipo dio un paso para atrás pero con la misma expresión de furia nos miraba desafiante. Parecía que en cualquier momento iba a saltar contra nosotros. El Tío corrió a la Furgoneta y volvió con una llave cruz metálica y se abalanzó contra el hincha de Tigre. Con uno de los pibes, lo paramos. No fue fácil, era como un toro desbocado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando lo logramos controlar, su cuerpo daba espasmos de llanto y furia. ¡me mataron, guachos, me mataron!. El tipo seguía parado pero en la mirada ya no había tanto desafío, se dio cuenta que le habíamos salvado la vida. Fui hacia él y le grité ¡rajá de acá pelotudo, ustedes solo son malos de lejos y tirando piedras!, ¡Hoy zafaste, pero si te veo de nuevo, sos Historia! con toda la fuerza le escupí en el capot, una mezcla de saliva y sangre que quedó estampada como recuerdo de lo sucedido. Dos de los pibes levantaron al Cabeza y lo tiraron atrás en la caja, estaba totalmente dado vuelta. Arrancamos y nos fuimos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegamos a Temperley de noche. De pasada curaron en la Salita al Cabeza y al Tïo, no era mas que algunos cortes superficiales, los cosieron y vendaron. El Tío, mucho mas tranquilo, me agradeció que lo hubiera parado. ¡Lo mataba, te juro que lo mataba, ahora estaría lamentándome con la Yuta de Tigre!. También se había tranquilizado con lo de la Furgoneta. “El cuñado de mi vecino es chapista y fanático del Cele, quédense tranquilos que para el viaje a Rosario, ya va a estar como nueva!.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la noche, con los pibes fuimos a festejar, ¡Que partido! Hasta las tres de la mañana fueron cantos, baile y birras, todas las canciones de la cancha revivieron en ese bar. Lo sucedido después de las tres de la mañana, es bastante mas nebuloso. Recuerdo el modo en que entré en mi casa tanteando los muebles, algo que se me cayó en el baño, pero poco mas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sol de la ventana me pegaba de lleno en la cara cuando me desperté. No se que hora era, pero parecía cerca del mediodía. La cabeza me explotaba, sentía latidos de dolor similares al retumbar del bombo que, años atrás, golpeaba en la tribuna Huguito White. Dos a uno, ¡Que Bárbaro!, que calientes se quedaron, encima nos quisieron emboscar y nos escapamos. Me acordaba de los tipos del auto y esa mirada de frío desafío del bigotudo. ¡Tendría que haber dejado que el Tío le parta el balero!.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me di una ducha y pensé en comer algo. Cuando volvía para mi cuarto veo los libros: DIOS!!!. Me acordé que al día siguiente a la mañana daba la última materia para entrar a la nocturna de la Capital. Me habían echado de cuarenta colegios, mis viejos ya no sabían que hacer y me amenazaron que si no terminaba este año el secundario, me mandaban a laburar. Con la matemática me rebuscaba, pero la Historia, no me gustaba nada. Las fechas, los nombres, las cosas que habían hecho, entraban en mi memoria rápidamente, pero salían de ella con la misma velocidad. No lograba hacer que todo ese menjunje tuviera algún significado, y todo lo que a mi no me importaba, me era imposible retenerlo. Era boleta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comí con mis viejos, escuchando los sermones de siempre. Mis ojos enrojecidos, mi aspecto desarrapado, sumada a las heridas de mi boca, las cuales supuestamente habían sido provocadas por “alguna pelea entre borrachos”, fueron los motivos para que me volvieran a torturar y a recordarme que, si no entraba en la Nocturna de la Capital, tendría que ir a trabajar a pintar casas con mi viejo. Por suerte, una cosa llevó a la otra y los gritos hacia mi, poco a poco fueron transformándose en gritos entre ellos. Salí del comedor y ni se dieron cuenta. Agarré los libros de Historia y me fui para la calle. ¡que poco me duró la alegría de ayer!.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apunté para la plaza y pasé por la casa del Tío. Estaba en la puerta, con un vendaje que le cubría medio rostro, pero con una gran sonrisa en la cara. Cuando me vio me llamó. ¿Qué te pasa Pibe?. Le conté mi problema. ¡Uhh, Historia!, yo tenía una forma de estudiar Historia que siempre me daba resultado, pasá que te puedo dar una mano. Entré a la casa del Tïo. Vivía solo con la madre que estaba postrada en un cuarto. Cuando pasamos por la puerta, un olor rancio a baño de estación salía de esa habitación. Seguimos caminando hasta el fondo, atravesamos un patio y entramos en otro cuarto chiquito y oscuro. El Tïo levantó la persiana y algo maravilloso me rodeó. Las cuatro paredes estaban tapizadas de fotos de jugadores de Temperley de todas las épocas. Eran recortes de revistas y diarios, algunas relucientes, otras amarillentas. Centenares de rostros vestidos de Celeste me miraban. Me quedé casi sin respiración.&lt;br /&gt;¡Este es mi santuario!. Abrió un pequeño ropero y decenas de camisetas celestes colgaban prolijamente. Una pila de álbumes encuadernaban las formaciones y crónicas de los partidos de Temperley de muchos años para atrás, hasta la actualidad. Su abuelo había comenzado la colección y se la había transferido. ¡ Esto es hermoso, le dije, gracias por mostrármelo, pero ¿cómo me va a ayudar esto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Te cuento, dijo, cuando era pibe, la Historia no me entraba, pero te podía recitar de memoria las formaciones del Celeste, el recuerdo de los partidos, los hechos de los grandes dirigentes. ¿vos sabés algo de la historia Celeste?. Pensé un poco y respondí : “Si, cuando todavía me hablaba con mi viejo, el me contaba todas las historias de las grandes hazañas, y con los pibes, muchas veces las recordamos porque a ellos les pasó lo mismo”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Bueno, ESE es el secreto. Tenés que asociar lo que sabés de Historia Celeste, con la Historia del País”. No terminaba de entender. “Te pongo un ejemplo, ¿sabés quien fue Belgrano?, lo miré medio confundido y dije “Uno que estaba en la Primaria en un cuadro”, volvió a preguntar ¿Y Alfredo Beranger?, Si, le dije fue el Presidente de Temperley que nos llevó a Primera y que hizo que empezara el fútbol, también fue el que consiguió los terrenos donde está la cancha”.. Entonces me empezó a contar de todo lo que hizo Belgrano y me dijo “Acordate, los dos empiezan con BE, Belgrano y Beranger”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De ahí pasamos a San Martín, otro procer cuya mayor referencia para mi era la de un milico arriba de un caballo en una estatua. El Tïo me preguntó por Luciano Agnolín, yo le respondí “¿cómo no voy a saber?, fue el máximo goleador de la Historia Celeste, hizo 130 goles en 133 partidos, un monstruo” Después me explicó quien fue San Martín y me dijo, ya tenés otro, recordá la rima San Martín, con Agnolín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estuvimos toda la tarde en ese cuartito y repasamos la Historia Celeste, con lo que yo tenía que estudiar. Era fácil los héroes de mi infancia, se asociaban con estos personajes que yo no entendía bien cual había sido su obra. Los goleadores fueron los patriotas, los dirigentes que habían levantado el club, los presidentes del país, las fechas patrias eran los campeonatos ganados, incluso poco a poco comencé a verle a los Realistas que combatían en las duras batallas por la Independencia una molesta casaquilla a pequeñas rayas rojas y blancas. Salí de allí convencido que mi examen iba a ser un total éxito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la mañana siguiente fui para el colegio en la Capital. Subí al tren eléctrico y milagrosamente logré sentarme. Comencé a repasar mentalmente todo lo que había aprendido y, me di cuenta que no sabía nada. Todo era una gran confusión. No lograba diferenciar entre si José de San Martín le había hecho siete goles en un partido a Estudiantes de Buenos Aires, o Luciano Agnolín había cruzado la Cordillera a caballo. Imaginaba a Moreno y Castelli vistiendo la Celeste abrazados festejando un gol, mientras French y Berutti, tomados del para - avalanchas alentaban y tiraban cintas y papelitos. Cerraba los ojos y veía a Panizzo con uniforme militar, espada en mano, luchando contra los realistas de Lomas. En la Reconquista de Buenos Aires, el Cabeza les tiraba aceite hirviendo a los Ingleses de Tigre, mientras se tomaba los huevos y los puteaba. Estaba perdido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entré al colegio transpirando era una construcción antigua y deprimente. Nos hacían pasar de a uno, como en el patíbulo. De afuera, se veía que la mesa examinadora la integraban dos profesores, uno joven y otro mas viejo. Estuve a punto de salir corriendo. Cuando ya había tomado la decisión de rajarme, escuché una voz estridente que me llamaba por el apellido, junté coraje y entré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me costaba levantar la mirada cuando me senté en la mesa frente a los profesores. El mas joven era apenas mas grande que yo, tenía el pelo engominado y un rostro pálido, casi sin color. Cuando vi al otro, no lo podía creer. Un tipo canoso, de boca finita y ojos desmesuradamente grandes y celestes me miraba fríamente. Nos reconocimos de inmediato y la sorpresa fue mutua. Ambos optamos por lo mismo, nos ignoramos e hicimos como si no nos conociéramos. Imperceptiblemente el tipo sacó de su bolsillo una agenda y la puso sobre el escritorio. Sobre las tapas negras un gran escudo a franjas rojo y azul no dejaban lugar a dudas sobre sus sentimientos. Saqué mi carpeta de la mochila, y la puse delante de sus ojos. Las tapas, estridentemente Celestes resaltaban con las letras doradas que decían “Gasolero Querido”. Un leve movimiento de su comisura izquierda indicaba que había hecho acuse de recibo. Las cartas estaban echadas, el tipo la iba a gozar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A los diez minutos ya iba perdiendo cinco a uno y con baile. Me paseaban de una punta a la otra del programa y me defendía como podía, pero la mayoría eran goles. Cuando encontraba algún punto fuerte en mi memoria y comenzaba a recitar lo poco que sabía, me interrumpía y me pasaba a otro tema. El resultado estaba cantado. El mas joven, ante cada burrada mía, hacía gestos de exasperación, mientras que el otro me miraba fijo y al mismo tiempo con su dedo índice acariciaba el escudo de su agenda. Trataba de tragar saliva pero la misma no conseguía pasar por mi garganta. Súbitamente el canoso dijo: “Profesor Paruzzo, puede por favor ir a la Dirección a buscar el cuaderno de comunicaciones, yo termino con este alumno”. Me quería solo para él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El silencio se cortaba con un cuchillo. El lo rompió, “Bueno, para terminar, hábleme de la Revolución del ‘90”. ¡De eso sabía!, los cañones de la plaza de Temperley, el tipo que había hecho quilombo como presidente ¿cómo se llamaba?, ahh como el jugador ese que jugó en los ’70 en el Celeste y en Tigre, ¿cómo era? El Negro JUÁREZ, SI!!! JUÁREZ CELMAN. La luz se me hizo en la memoria y recité todo. Esta vez no me paró. Cuando terminé, estaba con la respiración agitada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Levantó la vista y con un gesto de furia dijo, “Una pregunta final, ¿Fue mano?”, no me pude aguantar, y dije “Grande como una casa, pero a llorar a la iglesia”. Lentamente guardó la agenda en su bolsillo, levantó la vista y me dijo. “Está aprobado”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me tiré en la silla hacia atrás y no lo podía creer, la sonrisa no me cabía en la cara, pero cuando le vi la expresión, se me borró rápidamente. “Ahora estamos a mano, pero en marzo nos vamos a volver a ver”, te quiero acá, con mi Bandera, de lo contrario, sos Historia”. El tipo era un turro y estaba resentido, pero tenía Códigos. Los códigos del fútbol que desde afuera muy pocos entienden, pero que todos los que estamos en el, respetamos a muerte.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Y porque lo conocí a Cardaña puedo afirmar que mucho se equivocan aquellos que juzgaron o juzgan al áspero centrehalf peñarolense a través de la imagen recogida en los campos de juego.&lt;br /&gt;Yo se que es difícil imaginar, suponer, adivinar, una personalidad tierna y sensible escondida tras la carnadura hosca y prepotente del capitán de los aurinegros. Yo entiendo que no es sencillo intuir el gesto amable o la frase cordial en un hombre que hizo del encontronazo cruel, la pierna arriba o el gesto acerbo, una marca personal e indeleble a lo largo de su prolongada campaña. A lo sumo, admito, era factible entrever en el la grandeza, el coraje y una hombría de bien reconocida incluso por aquellos que fueron sus victimas, encarnizados rivales o detractores.&lt;br /&gt;Pero yo lo conocí a Cardaña y creo que fui uno de los pocos privilegiados que pudo compartir su circulo áulico, cimentado en el respeto mutuo y los afectos sobreentendidos. Y fue ese respeto, ese sobreentendido. el que me permitió ser testigo de un hecho, de una anécdota, que echa por tierra el equivocado concepto de considerar a Wilmar Everton Cardaña como un mero cacique huraño, un rispido patrón de la media cancha, temido y evitado por los rivales. Cuantas veces el insulto hiriente, el epíteto injusto, el cántico soez, cayo desde la gradería rival sobre la humanidad generosa de mi amigo! Sin duda alguna, muchos de aquellos que ayer desgranaron los mas pesados e injuriosos improperios contra Wilmar Everton Cardaña se sentirán incómodos o arrepentidos al finalizar de leer esta nota que revela la otra cara del ídolo deportivo. Cuanta nobleza habitaba el pecho inconmensurable de Wilmar! Cuanto valor cívico podía esconderse bajo el glorioso numero cinco prendido a la mirasol peñarolense, ya fuera sobre el césped del Estadio Centenario, en cualquier campo de la vecina Buenos Aires, o en la grama misma de tantos y tantos estadios brasileños donde los frágiles y siempre pusilánimes morenos le temían como a una figura mitológica !&lt;br /&gt;No por nada, mi amigo y colega Pablo Aladino Puseya, inolvidable periodista, desaparecido ya, que supo firmar sus columnas en "El Tero Alerta" de Rocha con el ingenioso pseudónimo de "Banderín de Corner", bautizo a Cardaña como "El Hombre". Así, a secas, con mayúsculas, porque supo advertir en Cardaña al luchador indoblegable, al deportista cabal de vergüenza invicta, mas allá de la circunstancial controversia sobre un puntapié a destiempo o una fractura expuesta. Tiempo después, algún pícaro modifico el apelativo para extenderlo a "El Hombre de Roble", lo que, en si, parecia configurar un elogio a la increíble solidez de sus piernas ligeramente chuecas, pero que en verdad escamoteaba la verdadera intención del apodo, que aproximaba a Cardaña a la infame condición de "tronco". Lo avieso de la maniobra lo certifica el hecho de que esta deformación de su apodo fue adaptada velozmente por los seguidores de Nacional. Y no quedo allí la cosa, porque después de aquel desgraciado incidente con Fanego (el veloz punterito de Huracán Buceo que se destrozara una clavícula contra el alambrado olímpico en un cruce fortuito con Cardaña) parte de un periodismo no propiamente imparcial, paso a llamarlo "El Hombre de Neanderthal". Quisiera que esta anécdota, que puedo contar dado el particular contacto que tuve con el caudillo indiscutible de Peñarol, eche algo de luz sobre la "leyenda negra" que sobre el se derramara desaprensivamente. A mucho tiempo de los hechos, pienso que el mismo Cardaña, refugiado hoy en la paz y el reposo de su hogar en Treinta y Tres, me perdonara que refiera lo ocurrido en circunstancias de aquella histórica final del 54, tema que el, por pudor y humildad, jamás quiso develar. Puede que el relato aporte también nuevas referencias a los amigos tangueros, ya que lo sucedido en torno a esa final inolvidable fue inmortalizado en un tango que, precisamente, lleva por nombre "La numero cinco". La anécdota revelara que el titulo de la pieza se refiere a la casquivana pelota de fútbol, y no al numero que lucia la camiseta de Wilmar Everton Cardaña sobre sus dorsales, ni al que identificaba (este fue un rumor poco serio y malintencionado) a una damisela aspirante al trono de "Miss Paysandu" y por quien, dicen, suspiraba el inspirado compositor de tangos.&lt;br /&gt;Aquella mañana del 3 de noviembre de 1954 llegue al hotel Olinto Gallo, donde se alojaba habitualmente el plantel de Peñarol, palpitando encontrarme con un clima de nervios y tensión, acorde con la magnitud del gran encontronazo final con el clásico enemigo de todos los tiempos: Nacional. Había una efervescencia formidable en Montevideo y los tamborines de la murga "Los que pelan la chaucha" no habían dejado de atronar el barrio de La Tumba en toda la noche. Sin embargo, me halle con un grupo de muchachos --jugadores, técnicos y dirigentes-- departiendo mansamente luego del desayuno, al parecer olvidados de la proximidad de la justa. Pero esa primera impresión fue efímera. algún gesto falso, ciertas torpezas en los movimientos, un par de respuestas destempladas o el rechinar penetrante de algunas dentaduras, denotaban el crispamiento interior, el desgarro insoportable de la espera.&lt;br /&gt;Pregunte por Cardaña y me contestaron que el recio capitán se había retirado a su habitación luego de merendar. Subí a su pieza, con la familiaridad que me confería su actitud amistosa hacia mi, y me invito a pasar con un gruñido. Wilmar Everton Cardaña era hombre de pocas palabras, muy pocas, como todo hombre criado en el campo, entre vacas y animales poco propensos al dialogo. Creo que hasta ese día --y ya llevábamos mas de dos años de amistad--, solo le había contabilizado nueve palabras, monosilabicas en su mayoría. Y vale la pena consignar que mas de la mitad de ellas las había gastado en una sola frase, previa a otro partido importante, cuando levantándose imprevistamente de una tertulia, anuncio: "Permiso, voy a ir al baño". Era así, directo, franco, hombre de llamar al pan, pan, y al vino, vino, y no podían esperarse de el frases grandilocuentes o inflamados discursos. De mas esta decir que era la tortura de los periodistas radiales quienes, mas de una vez, debieron quitarle los auriculares sin haber obtenido de el ni un dato, ni un nombre, ni una fecha. Encontré a un Cardaña taciturno y cariacontecido, cosa que atribuí a la responsabilidad del partido de la tarde. En aquella época no habían proliferado las líneas de ropa deportivas; por lo tanto, en las concentraciones, los players usaban sus propios atuendos a veces de gustos caprichosos o discutibles. Cardaña llevaba puesto un saco marrón, colocado al revés, o sea, con la pechera sobre la espalda, lo que lo hacia parecer sujeto por un chaleco de fuerza.&lt;br /&gt; --Es por el pecho-- me dijo, señalándose el cuello. Yo sabia que sufría de severas anginas de pecho. El cigarrillo --aquellos cigarritos negros "Barbudas", de la época, que solía lucir detrás de la oreja durante los partidos-- le había instalado una tos seca en el pulmón derecho y una tos convulsa en el izquierdo. Parecía mentira que un hombre que fumaba como el, casi siete etiquetas por día, pudiese tener ese despliegue incesante y depredador en el campo de juego. Cuantos jugadores de hoy en día, con los tan mentados y publicitados sistemas de entrenamiento, dietas especiales y cuidados dignos de una odalisca quisieran poseer aquella inagotable capacidad física que acreditaba Cardaña, aun considerando sus excesos y descuidos! Cuantos de los señoriítos de hoy en día, atentos siempre a sus peinados y manicuras, se hubieran atrevido a mostrarse a la prensa en saco de calle vuelto del revés, camiseta musculosa debajo y pantalón pijama, sin temor a ser el hazmerreír o al escarnio!&lt;br /&gt;En la misma habitación de Cardaña estaba Nelson Amadeus Farragudo, aquel implacable marcador de punta, el del gol agónico al Wanderers en el 49, de sombrero de fieltro sobre los ojos, tomando mate. Le decían "El Buitre" Farragudo, no solo por la nauseabunda peladura de su cuello, sino porque, cual la conocida ave carroñera, era quien caía sobre los restos de las victimas de Cardaña, cuando este recibía a los delanteros rivales por el medio de la cancha. Por la mustia actitud de Farragudo --mitigaba el sonido del mate cubriéndose la cabeza con una toalla-- comprendí que algo no andaba bien en mi amigo, su compañero de pieza, el legendario centrehalf peñarolense.&lt;br /&gt;Por si no lo he dicho, Wilson Everton Cardaña tenia una cara de rasgos grandes, muy marcados. Las cejas, negras y pobladas, se juntaban sobre el puente de la nariz. Los ojos, sin ser bellos, eran saltones y parecían querer fugarse por debajo de unos parpados gruesos, de piel porosa como la de los citrus. La nariz era prominente, larga, carnosa, de aletas amplias. La boca se abultaba bajo el bigote generoso y se alargaba hacia los costados, pareciendo que las comisuras profundas podían alcanzar los peludos lóbulos de las orejas, también enormes. Entre estos lóbulos y la boca, sin embargo, se interponían dos hondonadas como tajos, arrancando desde los pómulos protuberantes para bajar y delimitar con claridad el mentón avanzado y desafiante. Daba la impresión de que uno podía tomar esa porción inferior de la cara, por aquellos surcos que partían de las mejillas, y quitarla de allí, como si fuese un aditamento plástico removible. Había en ese rostro algo perturbador y obsceno pero, al mismo tiempo, sobrecogedor. Era como contemplar un fiordo inmemorial, un precipicio de roca desnuda, el magma primigenio. Era asomarse al inicio de la naturaleza. Y ese rostro, aquel día, estaba transfigurado.&lt;br /&gt;Consciente Cardaña de que yo había percibido ese clima extraño y dislocado, fue hasta una cómoda y saco algo de uno de los cajones. Pronto se me acerco con la facilidad que le daba nuestra confianza mutua, y me extendió una hoja de papel azul.&lt;br /&gt;--Es una carta-- me aclaro.&lt;br /&gt;Leí la carta y, en ella, con una letra despareja, salpicada de errores ortográficos, decía: "Soy casi un niño y, desde hace mucho tiempo, me hallo encerrado en una oscura sala del Hospital Muñoz. Padezco de un mal reversible y, por eso mismo, no estaré el domingo en el estadio para alentar al glorioso Peñarol. Si no es mucho pedir, me haría muy feliz tener en mis manos la pelota con que se juege el encuentro, firmada por todo el plantel mirasol. Si es necesario pagar, adjunteme la factura, que oblare gustoso con dinero que he ahorrado privandome de la medicacion. Suyo, Jose Petunio Invenianto, cama 747."&lt;br /&gt;Confieso que termine de leer aquella carta con los ojos nublados por el llanto. Cuantos purretes de hoy en día, deslumbrados por el artificio de la tecnología y la banalidad de la computación, serian capaces de solicitar a su ídolo deportivo el humilde y significativo obsequio de una pelota? Cuantos niños de la actualidad, engañados por la urgencia de una sociedad que no sabe de la pausa para la charla amable o la reflexión, tendrían la delicada paciencia de solicitar la pelota para "después" del partido y no para "antes" del mismo, con todos los inconvenientes que esa voracidad podría provocar en la popular justa? Pero mi sorpresa fue inmensa y total cuando alce los ojos. allí, delante mío, Wilson Everton Cardaña, "El Hombre", "El capitán Invicto", "El Hacha" Cardaña estaba llorando. Aquel que hiciera callar de un solo chistido a 150.000 brasileños aterrados en el estadio Pacaembu, cuando la final de la Copa Roca! Aquel que se bajo los pantaloncitos y el calzoncillo punzo para mostrar sus testículos velludos, uruguayos y celestes a la Reina Isabel en el mismísimo estadio de Wembley! Aquel que ya a los ocho años quebrara en tres partes el tabique nasal a su profesora de música en la escuelita sanducense... estaba llorando! Esta cartita escrita sobre el burdo papel azul por aquel botija preso en la fría sala del Hospital Muñoz había hecho el milagro de ablandar el corazón, en apariencia fiero, del granítico centrehalf de Peñarol y la selección uruguaya.&lt;br /&gt;No abundare en detalles ni cederé a la tentación periodística de recordar los avatares de aquel partido memorable que termino con el resultado por todos conocido. Calle la historia por mi presenciada en la habitación de Cardaña, por pudor y por prudencia, consciente de que no saldría de mis labios ese relato, como así tampoco de los del "Buitre" Farragudo, austero en su vocabulario como en su manejo del bacón.&lt;br /&gt;El lunes, al día siguiente del encuentro, acudí al Hospital Marcelo Muñoz, a ser testigo del final de la historia. Esperaba hallar allí tan solo a Cardaña pero cuan grande seria mi sorpresa al ver a las puertas de nosocomio el plantel integro de Peñarol, algunos aun con la camiseta puesta bajo el saco, deseosos de cumplir con el pedido postal! Y lo increíble, lo conmovedor, es que no se habían reunido allí por un acuerdo previo o concertado. Uno a uno, por su propia cuenta, con la misma coordinación que ponían en el campo de juego para implementar la ley del off-side o presionar a un juez de línea, habían llegado hasta el Muñoz para acompañar al capitán en la entrega del preciado regalo! Cuanto planteles de la actualidad, ávidos de dinero y fama fácil, serian capaces de repetir aquella escena, aquella convocatoria, llevada a cabo por hombres simples y cabales, deportista que no conocían los devaneos en torno a contratos fabulosos ni los desplantes exigentes por unas cuantas monedas de oro, antes de comenzar algún encuentro?&lt;br /&gt;Y entonces fue el sinceramiento. Ante esa presencia masiva y espontánea, frente a tanta humanidad enternecida, Wilson Everton Cardaña no aguanto mas y lloro como una criatura. Lo seguí yo y luego el plantel. Lloramos abrazados sin avergonzarnos de los facultativos que nos miraban con cierta curiosidad o de los transeúntes que acertaban a pasar por el lugar. algún periodista, mal periodista, arriesgo luego la mezquina versión que el plantel de Peñarol lloraba aun el lunes la ignominia de la abultada derrota, soslayando el hecho irrefutable de que se trataba tan solo de un acto de amor y desprendimiento. Cuantos periodistas de hoy en día, mercenarios que ponen su pluma al servicio de quien mas paga, habrían hecho exactamente lo mismo que aquel sicario de la prensa amarilla!&lt;br /&gt;Desahogados en parte, pero aun trémulos por lo tocante de la escena, pudimos seguir rumbo a la sala 2, media hora mas tarde. Adelante, Cardaña, con la numero cinco entre sus manos enormes. Atrás, yo y el plantel, encolumnados en un remedo de la tantas veces repetida entrada a la cancha.    Y quiero ser cauteloso al narrar lo que sucedió después, ya que tuvo ciertos rasgos sorpresivos e inesperados. Como así también advertir al lector que mi fidelidad al relato me obliga al uso de palabras que no son de mi predilección, a pesar de ser moneda corriente en la vía publica.    Fue casi simultaneo entrar en la sala 2 e individualizar al pequeño que había solicitado el obsequio. Tendría doce, trece años y, cubierto por un camisón blanco de tela basta, se hallaba de pie sobre su cama, expectante, mirando hacia la puerta como si nos hubiese adivinado. Tal vez el revuelo de enfermeras y doctores lo alerto, quizás la intuición infantil, o tal vez el hecho de que, nosotros, nos acercábamos cruzando los largos y umbrosos pasillos cantando la Marcha del Deporte. Pareció no dar crédito a lo que veían sus ojos, las pupilas se le empañaron y comenzó a temblar como atacado por la fiebre. Impresionado, Cardaña se acerco a el y le entrego la pelota firmada por todos. El pibe la miro, nos miro a nosotros, volvió a mirar la pelota, nos volvió a mirar a nosotros y finalmente grito:&lt;br /&gt;--Hijos de puta! Como pueden perder con eso chotos de Nacional?Confieso que nos quedamos estupefactos, helados por lo sorpresivo de la agresión.--Como carajo puede ser que esos putos nos hagan cuatro goles?-- siguió gritando el imberbe, ya absolutamente desaforado, roja la cara, las venas del cuello tensas, como a punto de estallar--. Hijos de mil putas! Troncos de mierda! Metanse la pelota en el culo!&lt;br /&gt;Y, acto seguido, arrojo el balón al rostro de Cardaña, estrellándolo contra su nariz. Vi palidecer al capitán y temí lo peor.&lt;br /&gt;--Vendidos!-- seguía, para colmo, el botija-- Se vendieron como unos miserables! Cuanta guita les pusieron para ir para atrás, guachos de mierda?Vi a Cardaña dar un paso hacia el muchacho y supe que no podría contenerlo.--Cagones!--vocifero el chico, empinándose hasta caer, casi, de la cama--. Maricones! Vayan a trabajar, ladrones!&lt;br /&gt;Advertí, en el ultimo instante, el brillo asesino de tigre en los ojos de Cardaña, el mismo que había apreciado tantas veces en las inmediaciones del área, y supe que atacaba. Se lanzo con los dos pies hacia adelante en la temida "patada voladora" y alcanzo al muchacho en pleno tórax, de la misma forma que puso fin a la carrera de Alberto Ignacio Murinigo, el prometedor numero nueve del River Plate. Cayeron los dos del otro lado de la cama y, sobre ellos, se abalanzo una docena de enfermeros que se habían acercado atraídos por los gritos del botija.&lt;br /&gt;Salimos destrozados del Muñoz. Los muchachos de Peñarol, heridos hasta lo mas recondito por la injusticia de los agravios recibidos. Yo, por lo estremecedor de la escena presenciada.&lt;br /&gt;Al día siguiente, un medico de guardia me informo que el chico tenia cuatro costillas fisuradas, lo que obligaría a prolongar su interacción seis meses mas. También me dijo que el botija padecía de una calvicie irreversible, y que había solicitado permanecer internado a los efectos de no concurrir a una escuela técnica que detestaba. Que era un buen chico, en verdad muy hincha de Peñarol y que, meses atrás, se había hecho regalar un planeador firmado por un diestro del volovelismo que había batido un record sudamericano.&lt;br /&gt;Muy pocos conocen esta anécdota, ya que una conjura de silencio se cernió en torno a ella. Yo me abrigue en el secreto profesional para no revelarla. El plantel de Peñarol callo el suceso por un natural prurito del deportista derrotado y en cuanto al agresivo muchacho, tengo información de que aun sigue en el mismo hospital, aunque ahora con el cargo de "jefe de enfermeras". Wilmar Everton Cardaña siguió jugando, desparramando coraje y sangre charrua en cuanto campo de juego le toco en suerte asolar. Siguió acrecentando su fama de guapeza y virilidad sin limites. Siguió mostrando, en suma, una sola de sus dos caras o facetas: la del energico, petreo y filoso centrehalf de los de aquellos tiempos.&lt;br /&gt;Apenas un puñado de sus mas íntimos guarda, como un tesoro, el secreto de aquellas lagrimas que supo derramar ante el conmovedor y sencillo pedido de un niño.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Los tres muchachos vuelven del boliche, cabizbajos, cansados y porque no decirlos mareados de tanta música al taco y fernet rebajado con lo que fuera. Viven en el mismo edificio, y casi se puede decir que son hermanos pues visten del mismo modo, utilizan al caminar la misma cadencia y hasta el corte de pelo es de la misma peluquería, sin embargo no tienen parentesco familiar alguno.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llevan juntos muchos años, desde que Horacio se mudó al edificio pero al que ya conocían de la cancha. Luis y Raúl ya eran amigos del alma desde el mismo jardín de infantes y ambos, al conocer al flaco Horacio, en el cuarto grado de la primaria, supieron que también con él serían inseparables por el resto de sus vidas, o al menos eso pensaron. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vivieron todas juntos, las buenas como la locura en cancha de Huracán el día de los penales y el Mudo Cassé, hasta las amarguras como la muerte repentina de la vieja de Luis o la separación de los viejos de Horacio. Se bancaron uno al otro en las malas, se sostuvieron y se apoyaron. Ninguno de los tres tenía la suficiente labia como para definir con propias palabras lo que significaba la palabra “amigo”, sin embargo cuando una vez Horacio debió responderle a una minita que le preguntaba si la quería, la respuesta fue espontánea, “sos buena piba, y con el tiempo quizás te quiera, pero yo en realidad quiero a mis viejos y por sobre todo quiero a mis amigos, con los que puedo contar siempre y en cualquier circunstancia.” Esa piba, con el tiempo pasó, los amigos por supuesto que no, seguían estando. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el colegio, trataron siempre de sentarse cerca y si alguna bruja desalmada detectaba ese vínculo invisible y trataba de romperlo cambiándolos de lugar ellos reincidían hasta el castigo o compensaban el tiempo perdido alargando el recreo o en largas charlas en el camino de regreso. El tiempo mejor invertido, se pasaba siempre con los amigos. Había otros con buena onda con ellos, del barrio, del colegio o de la tribuna, pero iban y venían, o compartían solo un aspecto de sus vidas, ninguno era el amigo con el que se paraban codo a codo en el para avalanchas tomando el trapo Celeste, y al mismo tiempo era el que le prestaba un hombro para sacar un ejercicio de matemáticas rebelde o hacerle la pata con la amiga fea de la potra del 4to C.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Iban a entrar a la facultad a la misma carrera, sabían que se recibirían los tres y luego, en sociedad armarían una vida juntos, inseparables: Lunes a Viernes laburando, sábado a la tarde a ver al Celeste y Sábado a la noche, joda hasta el amanecer. Se pondrían de novios los tres mas o menos al mismo tiempo y luego, casados serían los padrinos de los hijos en forma cruzada para que el lazo fuera indisoluble.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué es la amistad?, le preguntaron una vez a Raúl, y Raúl, con solo quince años de edad respondió: “Amistad es darle a un amigo todo, incluso lo que mas querés en la vida.” y Raúl no lo declamaba, lo practicaba. En cancha de Huracán, el día de los penales un jugador Celeste lanzó su camiseta al aire y la misma cayó justo delante de Raúl y de Luis, tomando ambos uno de cada extremo la misma. El deseo y el instinto los hizo tironear por un instante, sin embargo Raúl vio en los ojos de su amigo, que había perdido a su madre un par de meses atrás, un loco deseo de poseer ese trofeo y simplemente soltó la parte que sostenía dejando el mismo en poder de Luis, no sin sentir un hondo sufrimiento por la pérdida pero gratificado por poder mitigar, en parte, el dolor eterno que aquejaba a su amigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada vez que iba a la casa de Luis, veía el trofeo en la pared y envidiaba el mismo secretamente sin embargo nunca se arrepentía de haber hecho lo que hizo.Los planes de Facultad fueron viento en popa, ingresaron en el curso y los tres tuvieron buenas calificaciones, todo iba bien en su proyecto menos las locuras del país donde les tocaba vivir. El viejo de Raúl, un ingeniero químico que trabajaba como investigador en el Estado se quedó sin trabajo de la noche a la mañana. Las salidas comenzaron a ser mas esporádicas pues el amigo no tenía dinero y para ir a la cancha lo bancaban entre Luis y Horacio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Todo va a salir bien” decía el siempre optimista Horacio.Dos semanas atrás vino la terrible noticia. “Mi viejo decidió probar suerte en España”, acá no tenemos como vivir, si casi ni para morfar tenemos”. Yo le puedo decir al mi viejo que le diga a su jefe si le consigue algo, dijo Horacio, casi de compromiso, sabiendo que en una librería mayorista, donde su padre era empleado, no había demasiadas posibilidades de trabajo para un Ingeniero Químico. Luis, que casi no había hablado tras la noticia se limitó a preguntar “¿Cuándo se van?, , dentro de dos domingos respondió Raúl y ya no pudieron seguir hablando del tema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante dos semanas hicieron una vida casi normal, Raúl siguió yendo a la Facultad con sus amigos, pese a saber que no podría seguir esa carrera, estudió a la par de ellos e incluso les ayudó a preparar un examen parcial, pasaron largas horas criticando al técnico de Temperley de turno, opinando sobre las bondades físicas de cada una de las vecinas del barrio y compartieron salidas alocadas y delirantes. Hicieron todo lo de siempre, menos hablar del futuro. El último viernes fue Luis el que sacó el tema. Muchachos, es el último día y nada puede salir mal, planifiquemos un día perfecto. Y vaya si lo fue. Se levantaron bien temprano y entre los otros dos ayudaron a Horacio para que termine rápido en su changa de repartir unas revistas para la Iglesia en la que profesaba su fe, luego, sobre al mediodía comieron el choripan en el lugar de siempre y fueron para el Beranger. Subieron a la tribuna 9 de Julio y antes de eso, colgaron la bandera que entre los tres habían pintado “Los Amigos del Cele” decía y tenía en vivos colores pintada la cara del personaje de historieta favorito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alentaron todo el partido, gritaron el gol a voz en cuello y sufrieron el empate pero se rompieron las manos al final, saludando la salida del equipo. Luis y Horacio no pudieron evitar ver la mirada vidriosa de Raúl cuando el último jugador Celeste se ocultaba dentro del túnel.Tras el partido fueron al buffet del club y comentaron cada detalle del partido con otros hinchas, coincidiendo y discutiendo por todo lo que había pasado. Regresaron a sus departamentos y tras un breve baño, salieron nuevamente juntos a la Pizzería del barrio. Allí se juntaron con otros amigos y mataron el tiempo contando anécdotas de todos los colores. Fueron a bailar al lugar de siempre, conocieron chicas, transaron y rápidamente se olvidaron de ellas, no era día para compromisos prolongados. Finalmente, terminaron la noche en el bar de siempre tomando Fernet y relatando con detalles reales y exagerados cada una de las experiencias vividas. La rutina era compartir un remise hasta el edificio, por cuestiones de seguridad, pero esa noche, para prolongar la misma decidieron volver caminando para seguir los tres juntos, el mayor tiempo posible. Sin embargo las palabras ya no salieron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminaron las quince cuadras en silencio, hombro con hombro cabizbajos. Encararon la última recta y cuando a lo lejos ya veían el auto estacionado en frente del edificio donde el padre de Raúl cargaba unas valijas, Luis se detuvo en seco.Bueno, dijo con un nudo en la garganta, “creo que nos tenemos que despedir aquí”. Raúl levantó la vista y le costó sostener la mirada de sus amigos. De entre sus ropas Luis sacó un paquete envuelto en papel madera visiblemente arrugado. “Tomá Raúl, esto es para vos”. Con manos temblorosas Raúl desató el paquete dejando a la vista una camiseta algo desteñida Celeste con vivos blancos y un raro firulete azul en los hombros. “Es la de la final del ‘82” dijo Raúl permaneciendo boquiabierto. Tenela vos Tigre, cuando nos veamos de nuevo me la devolvés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin falsas vergüenzas ni pruritos, los tres amigos lloraron abrazados durante largos minutos, tras ello todavía abrazados fueron lentamente caminando hasta el auto en marcha que esperaba a uno de ellos.Tiempo después, y para fortuna, descubrieron que los verdaderos sentimientos no se enfrían ni se pierden por mas distancia que separe a las personas que los experimentan. Mucho tiempo después, Luis, Horacio y Raúl volvieron a ir juntos a la cancha y a tomar una copa con Fernet mezclado con alguna otra cosa,  planificando un futuro siempre mejor que el presente que les tocaba vivir&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Mientras lo metiera, podría haber sido celador hasta del Comercial de Adrogué, que a mí me daba exactamente lo mismo...siempre que fuera adentro, reitero.&lt;br /&gt;Como una video instalada en mi cabeza se me apareció el maldito fantasma del penal contra Gimnasia en la cancha del “Pincha”, cuando el Tano por poco parte el travesaño.&lt;br /&gt;Fue un instante, nada más.&lt;br /&gt;Fuerte, abajo y a la derecha..., el arquero para el otro lado, 2 a 2.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;5 Bianchini&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y como no podía ser de otra manera, empezamos con las cábalas; que vos ponéte aca, que el gorrito guardálo, que date vuelta y la reputa madre que te parió..., al medio del arco, 3 a 2.&lt;br /&gt;También el Mudo Cassé había empezado a improvisar “maleficios”, sin éxito..., por ahora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;6 Dabrowski&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Flaco..., faltaba un rato para que nos dieras una de las alegrías mas grandes de nuestras vidas...&lt;br /&gt;Contra todo y contra todos...&lt;br /&gt;Guillermo Nimo sin ir mas lejos, quien, esa noche, hasta tenía una bandera con dedicatoria en el alambrado...&lt;br /&gt;Nimo compadre...que shic, shic para Chacarita y pasamos nosotros, el día que el Pacha le salvó la vida a Aníbal Hay en la cancha de Argentinos Juniors...; eso sí que es tener huevos...&lt;br /&gt;Y sigo con Nimo compadre..., que shic, shic para Gimnasia y allá, en La Plata, en la cancha del Pincha y también por penales, pasamos nosotros.&lt;br /&gt;Y ahora Atlanta, y Nimo compadre..., que shic, shic para Atlanta...&lt;br /&gt;Parsechián a la derecha, la pelota despacito a la izquierda, 3 a 3.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;7 Latreite&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y no había sido tan fácil llegar hasta las finales; todo había empezado con Juan Carlos Merlo como DT, el armado del equipo, despues la llegada del “Pacha” y clasificarnos cagando con aquel “empate” en Morón, te acordás...?&lt;br /&gt;Ellos con el empate zafaban del descenso y nosotros nos metíamos en el reducido.&lt;br /&gt;Te acordás del partido entre Alemania y Austria en el Mundial de España para dejar afuera a Argelia...?, bueno, parecido..., al que pasaba el medio en busca del arco contrario, los otros 21 lo miraban como para comérselo...&lt;br /&gt;El Mudo que le hace una caricia a la pelota antes de la ejecución a ver si la suerte se pone de nuestro lado...casi, casi, le entra mordida Latreite y Cassé que la alcanza a tocar, pero... no alcanza, se le escapa, 4 a 3.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;8 Scotta&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Tola querido..., a donde estés, que te lleguen las gracias de todos los celestes, todos nosotros que te aprendimos a querer, por supuesto que más allá de los goles y de este penal a la izquierda de un arquero que fue para el otro lado, 4 a 4.&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;9 Parsechián&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Arquero contra arquero.&lt;br /&gt;Allá por la década del 70 este Parsechián jugó para nosotros, dije en voz alta.&lt;br /&gt;Este sabe de patear penales, agregó Darío a mi izquierda y tuvo razón.&lt;br /&gt;El Mudo para un lado, la pelota para el otro..., 5 a 4.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;10 Piris&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El segundo de la noche para Juan Carlos Piris.&lt;br /&gt;Ya se había errado uno en el partido pero éste era mucho mas definitorio, si no lo metía, a otra cosa, ganaban ellos.&lt;br /&gt;Lo’bohe...lo’bohe...vamo’lo’bohe..., cantaban ahí enfrente...y no eran ni la mitad de nosotros, que mitad, ni la cuarta parte...si venían al partido revancha como re punto, y ni te digo después, cuando se quedaron con ocho hombres...y ahora, mirá vos, estaban a un paso...&lt;br /&gt;El penal..., ahí va, suave para un lado, Parsechián para el otro, gol, 5 a 5&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;11 Hrabina&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Lo tiene que errar me rompía las bolas el mismo que había tenido al Tano Spataro de preceptor en el Industrial.&lt;br /&gt;Lo tiene que errar...lo tiene que errar...repetía como rezando y por un momento pensé que Dios lo iba a escuchar...&lt;br /&gt;Las pelotas...y la pelota adentro.&lt;br /&gt;Porque carajo no te callás la boca...&lt;br /&gt;Fuerte y arriba, nada que hacer, 6 a 5.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;12 Aguilar&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;No lo podíamos creer, me acuerdo también que durante el partido, en medio del “frío” que nos había agarrado, alguno, de los que nunca falta, después del penal de Piris, insinuó como que no se quería ascender.&lt;br /&gt;Había otro, no me acuerdo si no era el “Tano”, recorriendo la tribuna del desconsuelo gritando, pidiendo, ordenando que cantáramos y que después veríamos, pero ahora había que cantar..., y seguir sufriendo.&lt;br /&gt;A la derecha del arquero, 6 a 6.&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;13 Olmedo&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Y con los años me vengo a enterar que el Negro Hofer, me lo contó él, no estaba en la cancha, se moría por estar pero...por esas cosas de Temperley, que los comentarios y que la mar en coche, se calentó y se quedó, debajo de un árbol con la radio a tres cuadras del Beranger, adonde llegaría primero con los festejos y las puteadas a varios a quienes no quiso nombrar ni con el grabador apagado.&lt;br /&gt;La pelota al palo derecho del arquero..., ahí fue el Mudo y otra vez, otra vez que se le escapa por muy poco, 7 a 6.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;14 Lacava Shell...gol&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Donde estarían mis compañeros celestes de hoy en aquella noche....&lt;br /&gt;El Pelado Raúl, uruguayo como Lacava, el gordo Greco, Dani, Julito, el Tano Floreal, la Gorda, Carlitos, quién seguramente le habrá preguntado a alguien si yendo para Huracán no había peligro de cruzarse por la empedrada Pavón o la avenida Velez Sarsfield con la hinchada del Galatasaray de Turquía o la del Steaua Bucarest...&lt;br /&gt;Que sea, que sea, que sea..., como dice Victor Hugo. Gol y 7 a 7.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;15 Jhones&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fuerte y al medio, adivinó otra vez el Mudo, casi la saca, pero... el pelotazo le venció las manos, y el “casi” en estos casos no sirve de nada, gol y 8 a 7.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;16 Issa&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era el turno del capitán celeste. El carilindo del equipo eligió el palo derecho del arquero y también hacia allí fue Parsechián...tarde, la pelota ya estaba adentro. 8 a 8.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;17 Porté&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este de nuevo...&lt;br /&gt;En alguna se nos tiene que dar, y lo digo porque el Mudo seguía adivinando, cerquita de sacar uno, al menos uno, para que después alguno de sus compañeros hiciera el resto o sea, ni mas ni menos que darnos el ascenso...; rasante al palo derecho, y como te decía el Mudo para el mismo lado pero la estirada no alcanzó. 9 a 8.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;18 Villalba&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A esta altura de la noche vos mirabas a los costados y había gente que se daba vuelta, otros que rezaban, miles que encendían el cigarrillo con el que estaban por terminar y todos dispuestos a no volver a casa sin ganar esa puta serie de penales que amenazaba durar hasta la Nochebuena.&lt;br /&gt;Mario Gallina preguntando por el jugador celeste encargado del penal 18.&lt;br /&gt;Quedaban sin patear el Mudo y el Paraguayo.&lt;br /&gt;Ahí andaba Bernardo, que sí, que no, que voy, que andá vos...&lt;br /&gt;Fue y lo fusiló. Fuerte a la derecha.9 a 9.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;19 Raffaelli&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después que te termine de contar te voy a hacer escuchar las grabaciones de los penales para que veas que no te miento. No te imaginás como se nos escuchaba cantar, nosotros ni nos dábamos cuenta porque estábamos ahí, locos, jugados y con los pelos, que en esa época tenía más, de punta.&lt;br /&gt;Ahora al Mudo se le había dado por dar saltitos ante el ejecutor para ponerlo nervioso, que se yo..., y el referee a decirle que “eso no se hace”.&lt;br /&gt;Aseguró Raffaelli su segundo penal. 10 a 9.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;20 Cassé&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Ahora sí era el turno del Mudo.&lt;br /&gt;Parsechián tenía experiencia en esto de patear penales pero Cassé...&lt;br /&gt;Como me gustaría poder verlo de nuevo por la tele para ver bien que fue lo que pasó, cómo le pegó el Mudo, mordida, si agarró un pozo, una mata o que se yo...&lt;br /&gt;Siempre fui de los que piensan que Dios debe estar ocupándose de cosas mas importantes que de un ascenso que se define por penales, pero hay excepciones que confirman la regla. Este es el caso.&lt;br /&gt;Se le fue por abajo a Parsechián, gol. 10 a 10.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;21Bianchini&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;A Daniel Remolina por aquella época no lo conocía pero seguramente estaría pensando que el record de una definición por penales era el de Lanus-Platense en el año 1977 cuando para Platense atajaba Miguelucci, que se llamaba Osmar, te acordás...?, y para Lanús, Rubén Sánchez. Aquella noche, en el viejo Gasómetro se patearon 22, pero erraban parejo. Esta noche no se equivocaba nadie.&lt;br /&gt;Como Bianchini, gol y 11 a 10.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;22 Del Ducca&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya estaban todos, ahora Del Ducca de nuevo.&lt;br /&gt;Para este penal ya estaba medio muerto y faltaba mas, todavía faltaba...&lt;br /&gt;Te juro que nos mirábamos con el Guaso, con Darío, el Rúben, los Boffa, sin suponer siquiera que unas horas después íbamos a estar en la pileta del Club, sin revisación previa, festejando el segundo ascenso del Gasolero a Primera, flor de regalo de Navidad.&lt;br /&gt;A la izquierda de Parsechián.11 a 11.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;23 Latreite&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Che Loco, que hora es...?&lt;br /&gt;La una menos veinticinco pasadas, dijo Claudio Luraghi. Lo miramos en silencio.&lt;br /&gt;Nos va a agarrar la madrugada pateando penales..., ahora te digo una cosa si mañana en los diarios sale que del corazón no se murió nadie, hay que avisarle a Favaloro que si viene a laburar a Temperley, se caga de hambre.&lt;br /&gt;12 a 11.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;24 Spataro&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No necesito aclararte que mi amigo seguía rompiendo las pelotas con que el Tano había sido su preceptor en el Industrial..., y Darío, sin escucharlo, le decía que el Pacha por radio había dicho que si íbamos a los penales ganábamos nosotros.&lt;br /&gt;Lo importante. Fuerte abajo, el arquero que no llega ni a palos. 12 a 12.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;25 Hrabina&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Mudo querido, te besamos las manos desde Alcorta y Luna hasta Pasco y Brown..., las mismas manos con las que lo aplaudías al “Ruso” para ponerlo nervioso antes de la ejecución del penal número trece para Atlanta, como habría dicho mi amigo Julito Barbieri.&lt;br /&gt;La pelota iba para ese lado y para ese lado iba el brazo estirado del Mudo Cassé que se metía en la historia grande y el corazón de cada uno de los miles de gasoleros que supimos en ese preciso instante que era ahora o nunca...&lt;br /&gt;Estábamos 12 a 12 y ya suelto de los abrazos de media tribuna, miro la cancha y lo veo al Flaco Dabrowski venir con paso firme al punto del penal, en busca de la gloria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;26 Dabrowski&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y fue gol, el 13 nuestro fue gol, y fue 13 a 12 y fue el acabóse..., así, con versito y todo...&lt;br /&gt;Postales de esa noche de Huracán y madrugada de cielo más que celeste para los celestes, en Parque Patricios o en donde fuera; sé que estuve adentro del campo de juego, que no me acuerdo como entré, que era como la una de la mañana, que lo tuve al Hugo Issa sobre los hombros, que no me conseguí ni una media pero sí un poco de pasto y un pedazo de la red, que tuve que dar la vuelta olímpica reducida porque lo´bohe nos tiraban piedras...; y ...&lt;br /&gt;Y nada más..., ni nada menos...&lt;br /&gt;Ya era 22 de Diciembre y a los tiros ...penales estábamos de vuelta en Primera.&lt;br /&gt;Marcelo González&lt;br /&gt;Diciembre del 2002&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Cuando cruzaba el bajo nivel hacia el Oeste, en lugar de seguir derecho por 9 de Julio, siempre doblaba hacia la derecha. Incluso cuando el camino mas corto hacia mi destino era para el lado de Turdera, daba la vuelta y caminaba algunas cuadras de más. Cualquier otro día de la semana soportaba impasible y casi sin efecto el tan doloroso trayecto, sin embargo me era absolutamente insoportable pasar un sábado a la tarde por delante del Beranger.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/5174/3173/1600/cartel.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5174/3173/320/cartel.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Unos meses atrás lo había intentado y el resultado estuvo a punto de enloquecerme. Caminé lentamente y con cuidado, acariciando con la yema de los dedos las rugosas paredes de la tribuna. A medida que me iba acercando a la entrada el nudo en mi garganta iba creciendo. Con la boca seca mis pasos vacilantes se fueron estirando para terminar de pasar mas de prisa. De repente comenzó un rumor en mis oídos, era la Hinchada de Temperley alentando al equipo. El rumor se hizo ovación, miles de voces gritaban en simultáneo como aquellas jornadas gloriosas de Junín o Parque Patricios. ¿Es que habíamos vuelto y yo no me había enterado?. ¡Claro, si era sábado!, ¡Seguro que salió en el Diario y yo no lo leí! Corrí hasta el oxidado portón, me asomé por el estrecho espacio que quedaba entre la chapa y la pared y la realidad me golpeó, el panorama era desolador, tribunas despintadas, yuyos crecidos y un silencio infinito que se clavó en mi pecho como una daga dolorosa y cruel.&lt;br /&gt;Desde ese día nunca mas intenté repetir la experiencia por ello mis caminatas naturalmente buscaban otros rumbos menos riesgosos para con mi estado de ánimo y mi salud mental. Sin embargo el no pasar por delante de la cancha era una mera medida de profilaxis, porque en las charlas con los amigos y en muchas de las cosas de la vida cotidiana El Celeste era una presencia recurrente y dolorosa donde se fundían sentimientos agridulces.&lt;br /&gt;¿Cómo olvidarme de esas delanteras gloriosas y profundas?, con la velocidad de Minitti, la calidad de Dieguez, la potencia de Tarabini, ¿Cómo olvidarme de esos partidos tanto en la victoria como en la derrota donde desatábamos toda nuestra pasión en los tablones de históricos estadios como el de Quilmes, Chicago o Lanús?, ¿Cómo olvidarme de esa tarde de calor en Junín o de la noche eterna de Parque Patricios?, y sobre todo, ¿Cómo olvidarme del Alejo?. ¡El Alejo!&lt;br /&gt;Mi pretendida intelectualidad se ofendía fácilmente cuando algún mortal manifestaba idolatría por una estrellita de cine o teleteatro, si hasta me burlaba con los gritos histéricos de las jovencitas que atronaban frente a sus adorados cantantes. Toda esta apostura hipócrita e impostada se desarmaba cuando con mis amigos evocábamos al Alejo. Los recuerdos y las anécdotas se agolpaban en charlas de vino, nostalgia y recuerdos. Muchas historias relatadas eran ciertas y otras sin dudas de ficción. Luego de repasar entre todos cada una de sus hazañas dentro y fuera de la cancha, mi aporte siempre recurría a una historia que constituía uno de los recuerdos más caros de mi infancia. Yo estaba con mi Viejo, al costado de la Platea luego de un partido y de golpe, casi desde la nada apareció el Alejo todavía vestido de jugador. En mi sorpresa solo pude exclamar con mi voz infantil ¡El Alejo! y el gran Alejo me apoyó su mano en la cabeza y me dijo ¡Que hacés Pibe! y siguió caminando. Que el ídolo me hablara produjo un efecto casi de shock eléctrico y mi Viejo tuvo que tironearme de la mano un par de veces para hacerme reaccionar.&lt;br /&gt;Claro, esas eran las lindas, pero siempre volvían mezcladas con las otras, las que dolían como los descensos, el accidente de Lezama, la muerte absurda del “Negrito” Suárez y alguna otra, Sin embargo nada podía superar el dolor del cierre del club y el hecho de no haber podido ver mas al Celeste dentro de una cancha. Recuerdo que pensaba casi con desesperación ¿podrá ser verdad esto?, ¿nunca mas gritar un gol?, ¿Nunca mas ver el hermoso manto Celeste?. Al principio, cuando comenzó el rumor que la cosa venía muy fea, no quise creer. ¡ Otras veces habían dicho lo mismo y siempre zafamos!, me consolaba. Cuando comenzó el campeonato sin el Celeste, la incredulidad se transformó en bronca y después mutó a un dolor infinito que se materializaba cada sábado a la tarde.&lt;br /&gt;Desde hacía unos meses calmaba la ansiedad caminando por el barrio, sin escuchar la radio ni mucho menos hablar con amigos sobre el tema. Era yo solo con mis recuerdos y vivencias, esos que ningún Juez ni acreedor iban a poder quitarme jamás. Pasé por la escalera del bajo nivel y frente al Colegio del Huerto, decidí nuevamente cruzar la avenida. Me aproximaba a zona peligrosa. Caminé paralelo a la vía alejándome de la 9 de Julio, dándole la espalda pero solo en apariencia. No había mucha gente en la calle porque en pleno otoño y en día sábado para muchos todavía la tradición de la siesta a media tarde era casi una ceremonia religiosa.&lt;br /&gt;En el “Japonés” no había un solo conocido y en la plaza, apenas un par de linyeras se peleaban por una hogaza de pan que habían encontrado en el piso. El tiempo parecía haberse detenido mientras caminaba a paso cansino entre los cañones pateando hojas secas. Casi sin pensarlo ingresé en la Estación, tras las rejas un aburrido boletero se cortaba las uñas con un alicate. Tres o cuatro personas, repartidas en el andén miraban hacia el sur tratando de adivinar entre las vías y el reflejo del sol la blanca silueta del tren eléctrico.&lt;br /&gt;Me senté en el banco del andén mientras veía como otra formación ingresaba desde el norte y se detenía. Al estacionar comencé nuevamente a escuchar un rumor de cancha de fútbol, tuve que hacer un esfuerzo para no hacer el ridículo gesto de poner las manos sobre mis oídos. El rumor se hizo primero voces y luego gritos. Dentro de uno de los vagones unos veinte o treinta muchachones con banderas y camisetas con sus colores cantaban loas a su sentimiento futbolístico. El hermoso himno del fútbol que tantas veces había entonado.&lt;br /&gt;El tren arrancó y los gritos volvieron a ser rumor para luego extinguirse nuevamente en un silencio pesado y doloroso. Ese fue el inicio. Comenzò primero con un no tan sano sentimiento de envidia y rencor, deseando que el equipo de los muchachones tuviera una jornada deportiva aciaga. Luego recapacité, ¡Que cuernos les importa si pierden diez a cero si tienen el privilegio de ver a su equipo en la cancha!, ¡Que les puede hacer una derrota hoy, si el sábado siguiente, en solo siete días tendrán la posibilidad de la revancha!.&lt;br /&gt;La envidia por los hinchas se transformó en auto conmiseración, por mi situación, por no poder ver mas a mi Gasolero Querido, por no poder ir mas con mis amigos a la cancha a disfrutar de un hermoso sábado de fútbol. Sin pensarlo saqué mi billetera y extraje el carnet. Era de los de cuero, con la foto oval de un chico de 14 años con los ojos llenos de ilusión que me miraba. Mientras dudaba entre arrojarlo a las vías o quemarlo en casa, mi sentimiento nuevamente cambió.&lt;br /&gt;De golpe todo era bronca y rencor hacia aquellos que, de alguna manera, cooperaron para que el Celeste no exista mas. Insulté mentalmente con los peores epítetos a dirigentes, jugadores, acreedores, funcionarios, jueces y síndicos. Sabía que no todos habían sido culpables en forma directa, sin embargo mi odio era intenso e indiscriminado. En ese momento no tenía la más mínima voluntad de ser ecuánime. Sin darme cuenta me puse de pie. Tenía ganas de pelearme. Apreté los puños y cerré los ojos con fuerza. Una lágrima de bronca corrió por mi mejilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrí los ojos y todo era distinto. El Andén elevado, nuevamente era bajo, casi al ras de la vía, miré extrañado hacia fuera y llamativamente en lugar de “Andén 2”, decía “Andén 4” por el altoparlante se anunciaba un Tren general con muchas combinaciones y quien lo hacía era el guarda con veleidades de locutor que alargaba musicalmente las vocales al final de cada localidad. Sonó la campana y una humeante máquina diesel se detuvo frente a mi. ¡Parando en todas hasta Plaza! gritó el guarda mientras con un trapo verde, le hacía señas al maquinista para que arranque. Muy lentamente primero, tomando luego velocidad el tren se alejó en dirección norte. Cerré los ojos y los volví a abrir, no podía creer lo que veía y escuchaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Incluso mi perspectiva era distinta, estaba como mas abajo, apenas un metro veinte por encima del piso. Miré y en lugar de ver mis zapatos cuidadosamente lustrados, tenía puestas mis “Pampero” azules, esas con el eterno agujerito en la punta de tanto patear pelotas, piedras y otras cosas. Mis manos mostraban lozanía y los surcos y las venas marcadas por el tiempo, habían desaparecido. Apenas pude exclamar ¿Cómo? Cuando vi que una figura salía desde adentro de la nube de humo que había dejado la máquina se acercaba hacia mi y ya no pude respirar mas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/5174/3173/1600/alejo.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5174/3173/320/alejo.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Pelo rubio, casi anaranjado, largo y un poco desaliñado, mirada firme casi de hielo, la boca en un permanente rictus burlón, como si se estuviera cagando de la risa de todo lo que lo rodeaba, la camiseta era la Celeste clarito, la de los botones, el pantalón negro y las medias, también negras. El andar con las piernas flaquitas y algo chuecas era inconfundible. ¡El Alejo!. Caminó hacia mi y como lo hiciera veinticinco años atrás me puso la mano en la cabeza y me dijo ¡Que hacés pibe!&lt;br /&gt;Nuevamente quedé inmóvil sin atinar a nada. Siguió caminando dándome la espalda. Tenía la camiseta, en la parte de atrás algo salida del pantalón y una de sus medias la llevaba caída. De golpe, se detuvo, giró la cabeza y me guiñó un ojo. -¡Tranquilo pibe, el Cele va a volver!. Siguió caminando hasta perderse en la misma nube que había aparecido. Volví a sentarme en el banco y permanecí mucho tiempo sin poder moverme.&lt;br /&gt;Tras la sorpresa volví nuevamente al presente. El tren eléctrico se alejaba raudamente de la estación y una voz metálica e impersonal anunciaba la pronta llegada de otro tren. Sin embargo la dura realidad ahora tenía otro tono completamente distinto. Toda la frustración había desaparecido y me invadió una extraña euforia que, llamativamente, no se apoyaba en nada material y concreto, su fundamento eran los recuerdos y las vivencias a flor de piel que me habían marcado como muy pocas cosas en la vida.&lt;br /&gt;En ese momento, tomé conciencia que mi sentimiento multiplicado por el de las miles de personas que lo compartían, hacían que el Celeste no estuviera muerto ni mucho menos. Por el contrario, mi Gasolero, mi Temperley estaba mas vivo que nunca.&lt;br /&gt;Caminando a un paso algo más vivo que a la ida salí de la estación cantando bajito y parafraseando al Alejo de mis sueños el himno que después fuera el leit motive en las marchas, los cuadrangulares y los partidos del Celeste. - ¡Ooh, el Cele va a volver, va a volver, va a volver, el Cele va a volver!.&lt;br /&gt;Crucé la calle cantando y los linyeras, que seguían discutiendo, se pararon a mirarme. Sin pensarlo comenzaron a imitar mi canto. Éramos tres tipos entonando la canción del Celeste en el medio de la plaza. Poco a poco se fueron sumando, primero dos que estaban esperando el colectivo, luego una pareja que estaba sentada en el banco de la plaza, mas tarde cuatro o cinco que salieron del “Japonés”. De pronto, en medio de la plaza de Temperley éramos veinte locos, gritando a voz en cuello. ¡El Cele va a volver!.&lt;br /&gt;Pese a todo, para mi en ese momento mágico e irrepetible no había ninguna duda que el Celeste no iba a volver, porque nunca se había ido.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Nuestro héroe no era rubio, ni tenía ojos celestes, en realidad al menos durante el tiempo de nuestro relato, ese color si estaba presente pero solo en su corazón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/5174/3173/1600/casse.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5174/3173/320/casse.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;En un principio, la historia era de lo más convencional, un grupo, los buenos, aquellos vestidos con la casaca Celeste, eran un equipo por demás heterogéneo, viejos gladiadores de mil batallas que llegaban al modesto club para transmitir su experiencia y coraje, jóvenes entusiastas que esperaban su oportunidad para destacarse y en medio de todos ellos estaba Él, pelo negro casi siempre despeinado, barba crecida perpetua, hombros anchos y generosos y cultor de un perfil bajo que nada hacía presuponer el desenlace. Un tipo mas y nadie reparaba en él. El Mickey Rourke de Corazón Satánico hubiera cuadrado en este personaje, pero sin el pucho.&lt;br /&gt;Los malos, aquellos que deseaban impedir el triunfo de los buenos, eran grupos que utilizaban todo su poder y fortaleza para lograr su objetivo. Los Santos que gracias a su gran número hacían pesar su influencia y vencían a todos sus rivales, los Funebreros, agresivo grupo de jóvenes que destruía todo lo que tenía a su alcance, los terribles Triperos que en su reducto eran asesinos que no dejaban nada en pie y finalmente los Bohemios liderados por el maléfico Ruso, un villano perfecto para esta historia: agresivo, perfil alto, ojos de hielo, sonrisa torva y mirada despiadada. Algo así como el Dolph Lundgren de Rocky IV, pero sin tantos músculos.&lt;br /&gt;El grupo de los Celestes estaba liderado por el Doctor, un veterano que, en el pasado, había logrado importantes logros y su aspiración era alcanzar el máximo galardón en esta gesta. Buen consejero, amigo y líder fue quien intentó darle ánimo al grupo, logró cohesionarlo y conformarlo. El Doctor, como el buen Obi-Wan Kenobi en La Guerra de las Galaxias confió en nuestro héroe, el cual, siempre en silencio aceptó la responsabilidad y se entregó junto al grupo a buscar la victoria final. Sin embargo comenzaron las batallas y la dureza de las mismas sorprendió a todos. El líder se debatía para evitar las caídas y nuestro héroe, siempre dentro de su perfil bajo, no lograba sobreponerse a los embates. pero al final nadie puede evitar que el buen Doctor al igual que Obi-Wan fuera derrotado en el intento de vencer a los malos y se transformara en una de las sensibles bajas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para reemplazar al Doctor llega el Rengo, otro veterano de gesto adusto y mirada de fuego. El Rengo es un buen conductor, pero no confía en nada ni en nadie. Su liderazgo se basa en la dureza y no perdona errores. Sabe que si fracasa será una nueva víctima de los villanos que siguen derrotando, semana tras semana a cuanto rival los enfrenta. Por ello exige entrega incondicional a todos los del grupo y supone en sus taimados pensamiento que aquellos que cultivan el perfil bajo escatiman esfuerzo. Así fue que, tras un error de nuestro héroe en medio de un duro enfrentamiento con el grupo del Dragón, no lo perdona y tan implacable como el entrenador de Básquet que interpretaba Gene Hackman en Hoosiers lo defenestra delante de todos sus compañeros y lo relega a un papel secundario. Su lugar lo toma el Viejo que trata pero no logra ocupar su lugar, de hecho en otra batalla frente a los Triperos es vapuleado de mala manera y por ello, el Rengo no tiene mas remedio que volver a confiar en nuestro Héroe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siguen transcurriendo las semanas y nuestro grupo alterna alegrías y tristezas, su actuación irregular contrasta en sobremanera con la marcha triunfal de los poderosos frente a los cuales no parece haber oposición válida alguna, todos los que osan enfrentarlos muerden el polvo de la derrota. Empujados por la fuerza y sapiencia del grupo de veteranos y motorizados por el entusiasmo de los jóvenes el grupo mantiene su esperanza de llegar a la Gesta Final que definirá el futuro y determinará el éxito o el fracaso. Con mucho esfuerzo, casi como los sobrevivientes de La Aventura del Poseidón, logran el tan ansiado objetivo. El Rengo sigue liderando al grupo con mano de hierro y nuestro héroe, poco a poco, va levantando su perfil cobrando importancia en su función de evitar las conquistas de los rivales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se había llegado a la Gesta Final, los Santos ya habían logrado el objetivo y solo había lugar para un grupo más. Nadie daba un centavo por los Celestes, se hacían apuestas y en todas ellas no se los tenía en cuenta como grupo victorioso. No contaban con ellos ni mucho menos con nuestro Héroe el cual, al igual que Stallone en Rambo, aguardaba agazapado a los villanos para ultimarlos uno a uno. , pero como en todas las buenas películas de acción, no iba a ser tan fácil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los bufones, aquellos sabios que le buscaban la lógica a todo, decían que los Celestes no tenían la mas mínima chance frente a los Funebreros y la batalla fue terrible. Nuestro héroe fue decisivo y no pudieron vencerlo pese a que lo intentaron de todas las maneras posibles. La impotencia desató una explosión de violencia en la cual, el Rengo mostró su valor a mano limpia. Fue victoria pero nadie daba nada por el grupo porque a continuación había que ir al terrible reducto de los Triperos. Era un viaje con tan poca esperanza y con tantas desventajas como la que tuvieron que afrontar los nueve miembros de La Comunidad del Anillo. al atravesar las tenebrosas cavernas de Moria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pocos habían salido con vida o indemnes de dicho sitio, incluso algunos atrevidos solo se animaron a concurrir a ver tamaña batalla camuflados y disfrazados para intentar sobrevivir. Los miembros del grupo también temían y se mostraban intimidados frente a tamaño ambiente. Quizás el recuerdo terrible del último enfrentamiento que le había costado el protagonismo al Viejo los hacía sentirse derrotados antes de empezar. Los neutrales y los bufones, seguían pronosticando sin dudar una fácil victoria de los Triperos. Sin embargo quien puso le pecho fue Él, su figura fue creciendo, enorme decidido e invencible era Mel Gibson en Corazón Valiente su victoria fue tan aplastante que los mismos rivales intimidados y humillados se entregaron mansamente a la derrota.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero faltaba la batalla final, la que definiría todo. En ella la oposición iba a ser la de los Bohemios liderados por el temible Ruso. La derrota era segura graznaban los bufones. El inicio fue positivo, de hecho se logró una conquista fugaz que solo logró enardecer a los villanos. Estos comenzaron a multiplicarse como el Sr. Smith en Matrix y atacaban por todos los flancos pero Él, era el pétreo Neo y como en esta película, ella, la pelota, era Trínity que siempre terminaba con nuestro héroe. Parecía una lucha desigual, todos contra él y Él agigantó su figura hacia límites sobrenaturales y una a una fue resolviendo todas las adversidades. Era Bruce Willys en Duro de Matar, le tiraban de todos lados, pero no podían con Él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El final fue de película. En este caso un buen Western, El bueno y el malo frente a frente, Él, nuestro héroe frente al Ruso, mano a mano y a todo o nada, como Gary Cooper en A la Hora Señalada nuestro héroe y el villano se miraron largamente a los ojos, el silencio se podía cortar con un cuchillo, nadie se animaba siquiera a respirar, el Ruso, líder y ganador sonreía de costado paladeando en forma anticipada su victoria, el Héroe abandonando el perfil bajo era todo determinación, nadie ni nada lo vencería. Eran dos colosos pero la voluntad del nuestro pudo mas. El Ruso quedó en el piso, roto y desarticulado como el Replicante de Rutger Hauer en Blade Runner, no habría segunda oportunidad para él. La Gloria y la permanencia eterna en el Olimpo de los triunfadores quedó toda para nuestro héroe. En la vuelta final fue el Johnatan de Rollerball.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchas historias se tejieron luego de esto con las cinematográficas vivencias de nuestro héroe, algunas reflejando hazañas, otras en paso de comedia e incluso hubo un par de trámite tortuoso y desenlace dramático. Nos cuentan que en su última película, un director de cuarta decidió que al final, en lugar de terminar victorioso, nuestro héroe muriera. Una verdadera estupidez que nadie creyó porque los héroes de película nunca mueren, siempre se alejan hacia el horizonte montados en su caballo blanco, o besan a la chica en un primer plano. En este caso el eterno final, el que todos recordaremos siempre es el de nuestro héroe en la noche mas larga de la historia, con su buzo verde al viento y elevado en andas por una multitud que lo aclama.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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La voz del periodista Parenti, quien seguía la campaña del club, sonaba a mieles para los oídos del pibe. Con la pequeña radio pegada al oído sonreía y paladeaba cada frase que escuchaba. ¡El tercero fue un verdadero golazo, dejo a dos rivales por el camino y le hizo un perfecto sombrero al arquero dejándolo parado y sin asunto!, ¡otro producto de la cantera de nuestro club!, ¡otro producto del gran Pepe García!.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sonrisa se le congeló a Carlitos. No le gustaba García, los trataba mal y los insultaba cuando las cosas no les salían, a él le decía “Negrito vení”, o   “Negrito tirate al medio” y eso a Carlitos no le gustaba. Si los amigos le decían “Pechito” y en la familia era el “Carli”, ¿Porque le decía “Negrito”?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se acostó en el catre y entre las chapas podía entrever las estrellas. Se acordaba de las noches durmiendo al aire libre, de la Nora, su hermana que los crió y les enseñó a ganarse la vida, de los años anteriores a que la Nora se juntara donde el hambre y la miseria eran un recuerdo doloroso e infinito, se acordó de Manuelito, su hermano menor que murió de meningitis por esa época. Carlitos con lágrimas en los ojos soñó con un futuro mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II – Este señor te va a ayudar Carli, dijo la Nora. Es conocido de un amigo de Rubén y te va a pagar el gimnasio, además nos va a dar cien pesos por mes para que comas mejor. Tenes que firmar. A Carlitos no le gustaba el hombre, no lo miraba a los ojos y cuando le hablaba tenía sonrisa de víbora. – Es por tu bien pibe, tengo a jugadores y a técnicos de Primera y si invierto en vos es porque tenès un futuro bárbaro, conmigo te vas a llenar de guita.&lt;br /&gt;No le creyó ni le gustó pero la Nora había hecho mucho por él y era lo que ella quería. Rubén, el marido de la Nora también estaba y sonreía tontamente. Después que Carlitos firmara, también lo hicieron ellos como tutores y el hombre exclamó con una carcajada palmeándole la espalda a Rubén, -¡Ustedes si que se sacaron la grande con este pibe!. Carlitos se acordaba lo que le había dicho Ramírez, el seis de la primera que cada tanto se acercaba a hablar con ellos, ¡cuidado con ese Rimoldi, es un pirata, exprime a los pibes como naranjas y después cuando no le sirven mas, los tira!.&lt;br /&gt;Se dieron la mano y el tipo tirò doscientos pesos arriba de la mesa y se fue. Rubén los tomó y se los metió en el bolsillo. Era lo justo para Carlitos, su cuñado venía parando la olla desde hacía cuatro años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; III – La mano es así “Negrito”, le dijo García, te quieren ver en un entrenamiento en la Primera, la cosa está mal porque hace cuatro partidos que no ganan y me dijeron que quieren subir un par de pibes para calmar un poco a la gilada. Yo, si querès te recomiendo a vos, pero esto gratis no es, hablà con tu familia o con tu representante y vemos, pero te repito, gratis no es y esta es una oportunidad de oro que no se va a repetir. Carlitos sabia que se había ganado esa oportunidad en la cancha jugando mejor que todos.&lt;br /&gt;Al costado de ella estaba la obesa figura de Parenti. ¡Que hacès fiera! le dijo con la familiaridad de alguien que lo conocía desde hacía muchos años, y con quien en  realidad solo habían hablado dos veces. – ¡El Maestro García me contó que te vas para la Primera, genio!. Carlitos, con mucho candor le contó su charla con Garcìa. Parenti, se puso serio y le dijo, - Mirá nene, García es una institución en el club, dale bola y te vas para arriba como pedo de buzo, no seas gil. Lo miró y se dio cuenta que para el periodista la situación era normal y lógica , pero a èl le daba asco y se fue a hablar con Ramírez. – Dejà Santos, yo lo hablo con el técnico de la Primera le dijo el Profesional.&lt;br /&gt;En el entrenamiento los profesionales  no se la podían sacar, le dieron un par de patadas pero ninguna mas fuerte que las que le pegaban en el potrero. Estaba acostumbrado a los golpes y no lo iban a amedrentar. Al terminar el entrenamiento Gordino, el técnico, se le acercó y le dijo, Pibe te vas a hablar con los dirigentes porque desde mañana entrenàs doble turno con nosotros. Carlitos volaba de la alegría, volvió al vestuario y cuando entró sintió un intenso dolor en la espalda y cayó al piso, García, con dos tipos mas que él no conocía lo rodeaban cada uno de ellos con un palo en la mano. ¿Asì que sos vivo Negrito?, ¿así que me querès puentear?. El palo volvió a bajar y se estrelló en su rodilla, sin poder contenerse gritó de dolor. ¡Vamos a ver como es tu debut ahora pendejo!. Los golpes siguieron bajando con precisión matemática en el mismo foco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; IV - ¡Estamos en línea con el gran “Pepe” Garcìa!, dijo la voz de Parenti en la radio, -¿Cómo está  Maestro?, ¡que Lástima lo de Santos!, iba a jugar en Primera y justo se lesiona, ¿cómo fue?-. – Y Ud. sabe como son estos chicos, uno trata de educarlos pero a veces son medio cabeza fresca, seguro que se prendió en algún picado en el barrio y lo golpearon. Hay chicos que tienen muchas condiciones pero quedan en el camino por estas tonterías, de todas maneras Prudenti y Cometti  van a debutar y ellos, son dos grandes jugadores que le van a dar muchas satisfacciones al club. Carlitos escuchaba con el estomago revuelto y un dolor intenso en la rodilla, apenas podía apoyar la pierna, se le había hinchado y amoratado pero no se había animado a decirle a nadie. – siguió hablando Parenti, - Es como dice Ud. Maestro, esto es una pirámide que solo escalan aquellos que saben aprovechar las oportunidades.&lt;br /&gt;Rubén tenía el rostro desencajado ¡sos boludo o te hacès nene!, ¡sabès la guita que sale darte de morfar!, ¡basura, desagradecido!, ¿cómo te vas a jugar un picado cuando podés jugar en primera imbècil?. Nora lo miraba con el mismo odio al principio, pero luego sus ojos fueron hacia su rodilla y volvió el sentimiento maternal a su expresión. Entre los dos, con mucha dificultar lo llevaron hasta la furgoneta de Rubén para trasladarlo al hospital.&lt;br /&gt;¡Tenès la rótula pulverizada, nene!, ¿con que te pegaron?. Carlitos no respondió, su dolor espiritual era mucho mayor que su dolor físico y al igual que en el pasado, en los días duros, cuando se sentía de esa manera se encerraba en si mismo y no hablaba con nadie. Le pusieron un yeso, le dieron un calmante y lo mandaron a la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; V – Se enteró que lo habían dejado libre por un amigo, en realidad rengo como estaba, no pudo volver a jugar, ni siquiera en el campito. Rubén le había conseguido un trabajo ayudando a los bolivianos de la verdulería. Le pagaban poco pero le dejaban llevarse a casa la fruta que se ponía fea. Por lo menos compensaba la plata que Rimoldi había prometido. Desde ese día, no hablaba con nadie, Nora insistió en comunicarse con él durante un tiempo pero después dejó de intentarlo.&lt;br /&gt;Un día paró un auto frente a la verdulería y una voz conocida dijo - ¡Me da dos kilos de papas, maestro!. Carlitos se dio vuelta y lo vio a Parenti. El gordo también lo miró y el reconocimiento le hizo caer la mandíbula inferior durante un par de segundos. En esa mirada supo que el periodista  sabía la verdad, pudo ver que su actitud evidenciaba complicidad y arrepentimiento. Fue extraño su sentimiento pues, en cierta forma, pese a su desgracia y a la vida que le tocaba vivir, a Carlitos tras ese encuentro fortuito casi le alegró no haber entrado nunca en ese mundo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Ni un equipo de ametralladoras puede hacer más ruido que esas ochenta mil manos que aplaudían el éxito argentino. Tanta gente aplaudía tras mis orejas, que el viento desalojado por las manos zumbaba en mis mejillas. Luego, el juego decreció de entusiasmo y empecé a tomar apuntes. Aquí van; para que se den cuenta cómo trabaja un cronista que no entiende ni medio de football (creo que así lo escriben los ingleses). He aquí lo que vi. Un negro que vendía un paraguas abollado para librarse del sol. Un regimiento de chicos que vendían ladrillos, cajones, tablas, naranjas, manzanas, bebidas sin alcohol, diarios, retratos de los footbalistas, caramelos, etc., etc. Un jugador argentino dio una costalada, Cherro erró un goal; de pronto suenan aplausos y en la pista de "Las oficiales", más aplausos a granel. El "Torito de Mataderos", pasaba entre una barra de admiradores. Una voz grita tras mío: "Ese Evaristo está toda la tarde con la platea" (Y Evaristo fue el que hizo el segundo goal en combinación con Ferreyra). Otra naranja podrida estalla en el cráneo del mismo lonyi. Cientos de cachadores miran y se ríen. Cherro yerra otro goal y un fulano que se esconde tras de los bigotes, se los retuerce al compás de malísimas palabras. Las gradas están negras de espectadores. Sobre estos cuarenta mil porteños, de continuo una mano misteriosa vuelca volantes que caen entre el aire y el sol con resplandores de hojas de plata. Se apelotonan jugadores uruguayos y argentinos en torno de un jugador estirado en el suelo. Fue una patada en la nuca. No hay vuelta; los deportes son saludables. Otra naranja podrida revienta en el cráneo del mismo lonyi. Ferreyra gambetea que es un contento. No hay vuelta, es el mejor jugador del equipo, con Evaristo. ¡Ferreyra solo!, gritan las tribunas, y otro: "Ahí lo tienen al juego científico".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Desde un techo&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al sur de la cancha de San Lorenzo de Almagro, sobre Avenida la Plata, hay una fábrica con techo de dos aguas y varias claraboyas. Pues, de pronto, la gente empezó a mirar para aquel lado, y era que de las claraboyas, lo mismo que hormigas, brotaban mirones que en cuatro patas iban a instalarse en el caballete del tejado. Algo como de cinematógrafo. A todo esto el primer tiempo había terminado. Entonces, del alambrado que separa las populares de las plateas, vi despegarse al lonyi que recibía las naranjas podridas en el mate. Tenía el cogote chorreando de podredumbre, la jeta cansada de tanto estar colgado y se dejó caer en el portland del piso, con gran satisfacción de los propietarios de las naranjas. Ahora el suelo quedó convertido en campamento gitano. Comencé a caminar. Había una cosa que me llamó la atención y era el agua que continuamente caía de lo alto de las tribunas. Le pregunté a un espectador por qué hacían ese regalo, y el espectador me contestó que eran ciudadanos argentinos que dentro de la constitución hacían sus necesidades naturales desde las alturas. También vi una cosa formidable, y era un montón de purretes colgados de los fierros en la parte inferior de las tribunas, es decir, del lado donde únicamente se ven los pies de los espectadores. Todos estos chicos rivalizaban en agarrarle las piernas a una espectadora para ellos invisible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Al margen del fútbol&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Seguí caminando, pensando en los espectáculos que la suerte me había deparado ver por primera vez en mi vida, y vi un regimiento de mujercitas de aspecto poco edificante acompañadas de la barra de sus "maridos". Habían hecho rueda en asientos de diarios y tragaban salame de caballo y mortadela de burro. El ruidoso trabajo de masticación era acompañado de una continua repetición de tragos de un brebaje misterioso que tenían encerrado en un porrón. Luego tropecé con una brigada de forajidos que vendían ladrillos, no para tirárselos a los jugadores, parece que para éstos se reservaban las botellas. Los ladrillos eran para servir de pedestal a los espectadores petisos. Apareció un negro arramblando con una hoja de puerta, levantó una tribuna y comenzó a vocear; "veinte centavos el asiento". Varios padres de familia subieron al palco improvisado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Avenida La Plata&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salí del field, pocos minutos antes que Evaristo hiciera el segundo goal. Todas las puertas de Avenida La Plata estaban embanderadas de magníficas pebetas. ¡La pucha si hay lindas muchachas en esta Avenida la Plata! De pronto resonó el estruendo de toda una muchedumbre de aplausos; desde lo alto de la tribuna un brazo como un semáforo hizo una señal misteriosa sobre el fondo celeste, y la voz rápidamente levantó un grito en la garganta de todas las pebetas:- Ganamos los argentinos: 2 a 0. Hacía mucho tiempo que los porteños no jugaban con trepidés. Los uruguayos dieron la impresión de desarrollar un juego más armónico que el de los argentinos, pero éstos aunque desordenadamente, trabajaron con lo único que da el éxito en la vida: El entusiasmo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Eran los años cincuenta -antes del memorable desastre del Mundial de Suecia del '58- y todavía no habíamos llegado a la fiebre analítica y descriptiva que nos invadiría poco después.&lt;br /&gt;Por entonces, don Alfredo Aróstegui, "el relator olímpico", intercalaba algunos nombres propios entre un sinfín de frases hechas en las cuales recuerdo con especial afecto la que decía, antes de un saque lateral, "será encargado de ponerla otra vez en movimiento el jugadorr..." y ahí nombraba al "jas" correspondiente, ya que eran casi invariablemente ellos, cuando todavía no aspiraban a marcadores de punta, los encargados de esos menesteres.&lt;br /&gt;Por entonces -"Quién es El Esférico, papá?", pregunté luego de oír por enésima vez que tal individuo "salía del campo de juego"- los relatores más notorios eran cuatro: Fioravanti; Veiga; el consabido Relator Olímpico, sistemáticamente deformado en "Aróstigue" por los analfas que proliferaban líricamente en los campos de juego; y le pintoresco uruguayo Lalo Pelicciari, autor de "tranquilo muchachos", "alto fuera" y el finalísimo "esto se acaba, señores".&lt;br /&gt;Pero los orientales -Solé, Heber Pinto y tantos otros que no recuerdo- merecen un laburo descriptivo aparte porque son excepcionalmente gráficos, deslenguados, espontáneos, arrebatados hasta para crear una metáfora más desaforada sobre la marcha para manifestar un sentimiento que los supera.&lt;br /&gt;Recuerdo, de pasada, cuando describiendo una jornada gloriosa de "la celeste", sobre los últimos minutos tomó la pelota en medio campo el "verdugo" Pedro Virgilio Rocha y el relator dijo poco más o menos que esto: "Avanza Uruguay, la lleva Rocha; la pelota al pie, la vista al frente, melena al viento... ¡Parece Artigas!..." Y seguramente habrá infinitas anécdotas superiores o ejemplos de una hipérbole aún mayor.&lt;br /&gt;Ese nunca fue el rasgo propio de nuestros relatores. El caso Muñoz va por otros carriles, expansivos, sí, pero de otra índole y en diferente dirección. En aquellos años, el maestro Fioravanti -así reconocido por todos, al menos formalmente- hilvanaba con elegancia los términos de una descripción del juego en que, mientras inauguraba ciertas muletillas que con el tiempo se han vuelto inaceptables: "saltan varios hombres", "entrega la pelota a un compañero", "hay una serie de rebotes" y otras serie de vaguedades no atribuibles a la lentitud expresiva sino a otro criterio, menos pormenorizado pero ortodoxa y literariamente narrativo, que hacía lugar a la expresión florida y la metáfora sutil. Y para este lado queremos rumbear. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Góngora en los relatos&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las vertientes de Fioravanti fueron varias. Voy a dar dos ejemplos por los que puedo ser desmentido, pues no soy un erudito en la materia, pero cuya representatividad es innegable: el hallazgo de "el cancerbero" y la mágica invención de la "nube de fotógrafos". Dos líneas poéticas en el arsenal metafórico del maestro.El clasicismo renacentista que con Dante introduce la mitología en el "Inferno" y, dentro de ella, al Can Cerbero, perro descomunal de tres cabezas, custodio feroz de las puertas insalvables al extraño, por una insólita traslación se introdujo en el repertorio expresivo de un vate rioplatense y futbolero que buscó en el momento la idea que expresase el fervor defensivo de Pancho Lombardo, el vasco Echegaray o cualquier otro implacable marcador.&lt;br /&gt;Lo de la metáfora o figura que asoció el numeroso grupo de fotógrafos al fenómeno trivial y meteorológico es de más fácil explicación: desde lo alto, en la cabina de transmisión, las huestes de reporteros gráficos -eufemismo josemariano- suelen evocar, frente a las clásicas formaciones de hincados y de pie, globosas figuras de nimbus, cirrus y cúmulus. El innegable hallazgo expresivo, sin embargo cristalizó rápidamente en un tropo retórico y socorrido a la manera de nieve/piel, perla/dientes gongorinos y se ha convertido en un pecado de lesa comunicación para los profesionales del relato.Juntó a los "miles de pañuelos blancos que emergen de las tribunas -o de los cuatro costados del campo- saludando la victoria del equipo tal", caer en su mención es sólo equiparable en bostezo mental a los "siniestros de proporciones" y a los funcionarios que "hacen uso de la palabra" y demás torpeza rotuladas por la agencias. Sin embargo, la riqueza de las imágenes de la jerga futbolera linda con el despilfarro. Y fue, sin duda, el período de mayor desorientación táctico-técnica-dirigente, que sucedió al descripto, el que entregó los mejores momentos en cuanto a hallazgos gráficos y analogías curiosas. Y no es difícil decir por qué: en la crítica y el comentario de fútbol había irrumpido la ironía.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras.&lt;br /&gt;Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo.&lt;br /&gt;El blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole a Escudo Chileno, otro club de miseria.&lt;br /&gt;A nadie le llamo la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce pueblos del valle empezó a hablarse de ellos.&lt;br /&gt;Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo Belgrano, el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.&lt;br /&gt;Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos como ganaban si eran tan malos.&lt;br /&gt;Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra&lt;br /&gt;húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella guardaban en la heladera. Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos les recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los hijos y en el cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a1.&lt;br /&gt;En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con apenas un punto menos que el campeón.&lt;br /&gt;El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los arboles. Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos.&lt;br /&gt;El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal porque no había infracción.&lt;br /&gt;Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padín entró en el área y ni bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.&lt;br /&gt;Según el tribunal de al Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal y ese match aparte entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas. De manera que el penal duro una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al pueblo vecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían reunido do en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar trataba de explicarles que esa era la mejor manera de probar al arquero.&lt;br /&gt;Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le pateaban con alpargatas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borseguí militar y casi arranca la red. Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un escarbadientes en la boca y dijo:&lt;br /&gt;-Constante los tira a la derecha.&lt;br /&gt;-Siempre -dijo el presidente del club.&lt;br /&gt;-Pero él sabe que yo sé.&lt;br /&gt;-Entonces estamos jodidos.&lt;br /&gt;-Sí, pero yo sé que él sabe -dijo el Gato.&lt;br /&gt;-Entonces tírate a la izquierda y listo -dijo uno de los que estaban en la mesa.&lt;br /&gt;-No. El sabe que yo sé que él sabe -dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a dormir.&lt;br /&gt;-El Gato esta cada vez más raro -dijo el presidente el club cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio.&lt;br /&gt;El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando loencontraron caminando por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.&lt;br /&gt;-¿Lo vas a atajar?- le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.&lt;br /&gt;-No sé. ¿Qué me cambia eso?- preguntó.&lt;br /&gt;-Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.&lt;br /&gt;-Yo me voy consagrar cuando la rubia de Ferreyra me quiera querer -dijo y silbó al perro para volver a su casa.&lt;br /&gt;El viernes, la rubia de Ferreyra esta atendiendo la mercería cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como una sandía abierta. Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.&lt;br /&gt;-Pobre tipo -dijo ella con una mueca y ni miro las flores que habían llegado de Neuquén por el ómnibus de las diez y media.  &lt;br /&gt;A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a fumar y la rubia de los Ferreyra se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la vista.&lt;br /&gt;El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear a las orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal vez, después que atajara el penal, en el baile.&lt;br /&gt;-¿Y yo cómo sé? -dijo él.&lt;br /&gt;-¿Cómo sabés qué?&lt;br /&gt;-Si me tengo que tirar para ese lado.&lt;br /&gt;La rubia Ferreyra lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas.&lt;br /&gt;-En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién -dijo ella.&lt;br /&gt;¿Y si no lo atajo? -preguntó él.&lt;br /&gt;Entonces quiere decir que no me querés -respondió la rubia, y volvieron al pueblo.&lt;br /&gt;El domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente, pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel lugar no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que ocurría en una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el estadio y la ruta.&lt;br /&gt;El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegaba a donde esperaban los hinchas de Estrella Polar.&lt;br /&gt;A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el centro de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero que le había dado el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se había inventado la tarjeta roja, y Herminio señala la entrada del túnel con una mano temblorosa de la que colgaba el silbato.&lt;br /&gt;Al fin, la policía sacó a empujones al Colo que quería quedarse a ver el penal. Entonces el arbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio.&lt;br /&gt;Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas, empezamos a apostar hacía dónde tiraría Constante Gauna.&lt;br /&gt; En la ruta habían cortado el tránsito y todo el Valle estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiración.&lt;br /&gt;Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces -contó después- que volvería a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.&lt;br /&gt;A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la nuca, que cuando la pelota salió hacía el arco, el referí sintió que los ojos se reviraban y cayó de espalda echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacía el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El gato pensó en el baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque había quedado picando en el área.&lt;br /&gt;El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el alambrado, pero el árbitro Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se tiró sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba: “¡no vale, no vale!”.&lt;br /&gt;La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron las botellas de vino y empezaron a festejar, aunque el “no vale” llegara balbuceado por los mensajeros como una mueca atónita.&lt;br /&gt;Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue “qué pasó” y cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue otra vezbajo el arco.&lt;br /&gt;Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a Padini y recién después fue hacía la pelota mientras el juez de línea ayudaba a Herminio Silva a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de festejo y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la policía.&lt;br /&gt;El pelotazo salió hacía la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener. Costante Gauna miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita.&lt;br /&gt;Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en punta de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreyra sino de la hermana del Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un perro apaleado.&lt;br /&gt;-Bien, pibe -me dijo-. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mí.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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El hábito lo des&amp;shy;pertó a las siete de la mañana, e instantáneamente un cosquilleo nervioso en el estómago le anunció que era domingo, día de fútbol, y decidió quedarse un poco más en la cama a pensar en el partido. Consumió varios minutos parando penaltys en idénticas versio&amp;shy;nes. Era su sueño favorito, su fantasía recurrente: O-O faltando un minuto y penalty en contra; silencio ex&amp;shy;pectante, miradas de ojos grandes, intuición exacta y él en el aire abrazado a la pelota y otra vez él en el suelo sintiéndose dueño de los aplausos, responsable de la catástrofe diminuta que sufrían las emociones de cientos de aficionados; O-O final. A veces imaginaba lo mismo con ventaja de 1-O para su equipo, pero esa his&amp;shy;toria le gustaba menos porque tenía que repartir la gloria con el compañero que había marcado el gol. A Juan Antonio Felpa, obrero de Fábricas Unidas y portero del Sportivo Atlético Club, se le dibujaba una sonrisa estúpida cuando paraba penaltys mentalmente aunque él no se daba cuenta. Se acordó del tiempo con la preocupación de un agricultor; saltó de la cama y se fue hasta la puerta rogando que no lloviera. Aquel 16 de septiembre de 1964, la primavera se había adelantado cinco días al calendario. Era una mañana irreprochable. Ese sol que invitaba a vivir le recordó la enfermedad de su padre: &lt;&lt;día&gt;&gt; hubiera dicho él. Luego pasaría a visitarlo para hacerle olvidar por un rato la tristeza de perderse el clásico.&lt;br /&gt;Entró a la humilde cocina a tomarse un té, como era su costumbre dominguera, sin poder sacarse el partido de la cabeza. Clavó la vista en un póster arrugado de Amadeo Carrizo que había pegado años atrás en la pared. Sin haberlo visto nunca jugar, había sido siempre hincha del River Plate. Buenos Aires estaba a muchos kilómetros y a muchos pesos de distancia, pero él idealizaba la trayectoria del equipo capitalino y la de su portero legendario a través de la radio y de la revista El Gráfico. Como admirar es identificarse, Felpa se sentía el Carrizo del pueblo, le emulaba algunos gestos y hasta había conseguido una gorra a cuadros parecida a la que el portero riverplatense usaba para defenderse del sol. «Grande maestro», le murmuró Juan Antonio a la foto de Amadeo en el preciso instante que su mujer, con ojos todavía dormilones, entraba en la cocina:&lt;br /&gt;-Hablás solo.&lt;br /&gt;-No, pensaba.&lt;br /&gt;Recibió el beso cariñoso y joven de Mercedes y los dos hablaron durante largo rato de simples cosas suyas.&lt;br /&gt;Juntos escucharon a Johnny Lombard anunciando el partido: «A las cinco de la tarde, en el campo comunal Sportivo y Argentino de Las Parejas se juegan el título de Liga en el partido más esperado del año». Esa voz emotiva, que paseaba en un coche lento y que era ampliada por dos grandes altavoces ubicados sobre el techo, lograba que Felpa se sintiera importante. Piel de gallina se le ponía.&lt;br /&gt;Todavía faltaban cinco partidos para que terminara el campeonato, y los dos equipos que dividían el pueblo, los celestes del Argentino y los verdirrojos del Sportivo compartían el primer puesto de la Liga Cañadense de Fútbol. Esa tarde ponían el honor y la vergüenza en juego para definir de una vez por todas quién era quién en la Liga.&lt;br /&gt;Desde hacia una semana no se hablaba de otra cosa. Circulaban las apuestas, se espesaban las bromas y los más impacientes ya se habían cruzado algún puñetazo. Estaba clarito en el ambiente que lo que se jugaba era el clásico más importante de los últimos tiempos.&lt;br /&gt;-¿Que tal en la fábrica? -preguntó Mercedes.&lt;br /&gt;-Y.. esta semana, ya sabés, los muchachos me volvieron loco.&lt;br /&gt;Orgulloso, Juan Antonio le contó a su mujer; entre otras cosas, que el patrón, palmeándole la espalda le había dicho: «Juan, el domingo te tenés que portar, ¿eh?».&lt;br /&gt;Felpa era un buen tipo, de veintiséis años, casado no hacía mucho tiempo y con un niño de meses. De gustos sencillos, querido y popular, era de esa clase de hombres que teniendo poco no necesitan más. Se vistió con ropa de domingo, revisó la bolsa de deportes, olió con ganas y sin ruidos la habitación del hijo dormido y se despidió de su mujer sin mucha ceremonia.&lt;br /&gt;En el sanatorio San Luis, sentado en la cama donde convalecía su padre de una operación estomacal, recibió con paciencia consejos futbolísticos. Recordaron aquel día que habían ido a cazar y Juan Antonio, con diez años, salió corriendo y se tiró de panza sobre una liebre a la que el padre había apuntado y pretendía disparar con su vieja escopeta. La liebre se escapó y el imprudente proyecto de guardameta, que vivía abalanzándose sobre cualquier cosa, recibió una paliza de la que no se olvidaría nunca más. En esa época le empezaron a llamar Gato. Su padre, hombre de carácter fuerte, que amaba al Sportivo con la misma intensidad con que odiaba al Argentino, nunca estuvo de acuerdo con que su hijo fuera portero, y no sólo porque le espantaba las liebres, sino porque siempre había pensado que los porteros eran medio imbéciles. Pero quería tanto a su único hijo que mudó el prejuicio y terminó mirando los partidos desde detrás de la portería, aunque era más lo que molestaba con Sus gritos que lo que respaldaba.&lt;br /&gt;En la cama del sanatorio, don Jesús Eladio Felpa se sentía mejor; pero no poder ver ese clásico lo tenía algo excitado. Iba a tener que conformarse con abrir las ventanas de su habitación para interpretar los gritos que llegaran desde la cancha. A doscientos metros de distancia era capaz de identificar, aguzando el oído, las jugadas peligrosas, el equipo que dominaba y, sin dudar, a qué equipo pertenecía el gol que se marcaba. Treinta y cinco años viendo al Sportivo le habían enseñado mucho. Su pobre mujer tenía que soportar en silencio el relato aproximado que don Jesús hacía de las jugadas.&lt;br /&gt;Juan Antonio se fue a la sede del club llevándose una última recomendación paterna:&lt;br /&gt;-Métanle cinco goles, así no hablan nunca más.&lt;br /&gt;En el camino volvió a fabricar un penalty en la cabeza. Siempre se tiraba hacia la derecha y apresaba entre sus manos el balón que llegaba a media altura. «La esperanza es el sueño de los despiertos», escuchó un día.&lt;br /&gt;En la sede encontró más gente que nunca y un clima prebélico. Las manos se le posaban en los hombros como mariposas brutas y contestó con una sonrisa los comentarios de siempre: «No te preocupes, que hoy ni se acercan...». «A las cinco cerrará las persianas, ¿eh?...» «¿A quién le ganaron ésos...?» Llegó a la tranquilidad del restaurante y saludó a sus compañeros, la mayoría de pueblos y ciudades cercanas a los que no veía desde el domingo pasado. Eran buena gente, pero él envidiaba la capacidad que tenía el Argentino para formar jugadores del pueblo. El Tano Perazzi lo explicaba bien: «Los del pueblo juegan por la camiseta, y los de afuera juegan por la plata». Pero siempre había sido así, y, la verdad, mucha plata no había.&lt;br /&gt;Comieron carne asada con ensalada, y después la Bruja Mirage, ex jugador y en aquel momento entrenador, dio la alineación y dijo las cuatro tonterías de siempre con tono de haber inventado el fútbol.&lt;br /&gt;Los Felpa, padre e hijo, no lo tragaban porque nunca había defendido el fútbol local. Cuanto de más lejos le traían los jugadores, más contento estaba. Además, jugaba sin wínes, y tácticamente se equivocaba mucho. Los dos solían acordarse del día en que el Negro Moyano lo saludó a los gritos en mitad del bar Victoria:&lt;br /&gt;-¿Cómo te va, embrague?&lt;br /&gt;-¿Por qué embrague? -preguntó el entrenador con poca prudencia.&lt;br /&gt;-Porque primero metés la pata y después hacés los cambios -le soltó el Negro para que se riera todo el mundo.&lt;br /&gt;Cómo sufrió el odio Mirage esa vez.&lt;br /&gt;Los jugadores decidieron irse para la cancha distribuidos en cuatro coches particulares de directivos de la comisión de fútbol. Salieron por la puerta trasera para no darle oportunidad a los pesados. En el vestuario empezaron a respirar el clima del partido. Ahí adentro olía a fútbol. El partido estaba cerca, y afuera crecía el ruido. Apretados por los nervios, se vistieron, se masajearon e hicieron movimientos de calentamiento como si se tratara de un ritual.&lt;br /&gt;El Gato Felpa, en un rincón, sólo movía los brazos y de vez en vez tiraba algún golpe al aire como los boxeadores. Se ponía rodilleras y unos pantalones cortos acolchados en las caderas para amortiguar los golpes de las caídas. No usaba guantes ni entendía cómo se podía atajar con ellos. Si alguien se lo preguntaba, había aprendido una frase que le gustaba repetir: «Me quitan sensibilidad». Los hierros entre los que trabajaba durante la semana habían modelado manos fuertes, y a él le gustaba sentir la pelota entre sus dedos. El equipo, como era su costumbre, hizo un corro y todos encimaron las manos sobre las del capitán para dar tres gritos de guerra que contribuían a darles confianza y a hacerlos sentir más juntos. De rebote, también valía para asustar a los del vestuario contiguo. Se fueron para el túnel, con música de tacos de cuero sobre el suelo y cuidando de no resbalarse en el cemento. Cuando asomaron la cabeza estalló la mitad roja-verde del campo. Los celestes ocupaban el lado opuesto y homenajearon a sus jugadores tres minutos después. Ahí estaba todo el pueblo.&lt;br /&gt;Era día grande, de esos que dejan hablando al pueblo durante semanas; banderas, papeles picados, bombos, matracas gigantes, cantos; no faltaba nada.&lt;br /&gt;El sermón arbitral fue breve: «A jugar y a callar», dijo a los capitanes en el centro del campo antes de sortear las porterías.&lt;br /&gt;El griterío de la gente y la emotividad de lo que estaba en juego dignificó en parte el fútbol pobre que se jugó en la primera mitad. Los dos equipos trataban de aprovechar el descuido del adversario, pero, eso sí, sin descuidarse. Se tenían miedo y estaban tensos, y eso, procesado futbolísticamente, da como resultado un partido trabado e impreciso.&lt;br /&gt;Acertó don Jesús Eladio Felpa, en el sanatorio, cuando le resumió el primer tiempo a su mujer:&lt;br /&gt;-Partido malo, vieja, ni ocasiones de gol crearon.&lt;br /&gt;Se jugó mal, es cierto, pero se jugó en serio. Las piernas se metían fuertes y entre los jugadores se escucharon palabras duras.&lt;br /&gt;El segundo tiempo pareció un poco más abierto, pero pisaron poco las áreas. Los dos equipos malograron alguna oportunidad, pero no fueron fruto de balones claros, sino de rebotes afortunados o de errores cometidos por piernas cansadas.&lt;br /&gt;Pero de un clásico de pueblo nadie se va antes de tiempo. Certero otra vez don Jesús, le advirtió a su paciente mujer; faltando unos quince minutos, que «todavía podía pasar cualquier cosa». En ese segundo tiempo, Juan Antonio se calzó la gorra, porque el sol estaba bajo y pegaba de frente. Sus pocas intervenciones las había resuelto con sobriedad, salvo aquella pelota que llegó combada y despejó por encima del travesaño tirándose para atrás. Una parada más espectacular que difícil. Desde atrás dio órdenes, animó a sus compañeros y en ningún momento perdió concentración. Hasta el momento de la jugada que nunca más olvidarían quienes estaban ahí, el partido no se había dado para que él se luciera.&lt;br /&gt;Faltaban cuatro minutos para el final cuando el Gringo Santoni, siempre tan apresurado, despejó a córner sin necesidad. Había llegado ese momento en el cual los menos interesados miraban el reloj con ganas de que aquello terminara de una vez, los borrachos hablaban solos y los fanáticos estaban trepados a las vallas totalmente desencajados. El córner venía fuerte y el Gato Felpa, todo hay que decirlo, dudó en la salida y se quedó a mitad de camino. El Oso Antuña, defensor central del Argentino, no necesitó saltar para cabecear seco al ángulo cruzado. El Enano Zárate, que con esa altura no podía marcar a nadie por arriba y que en los córneres era el encargado de cuidar el primer palo, supo instintivamente que con la cabeza jamás podía llegar a esa pelota, y la despejó de un manotazo. ¡ Penalty!&lt;br /&gt;Aquello calentó a los indiferentes, congeló a los fanáticos y hasta calló a los borrachos. El lado celeste de la cancha se puso de fiesta y la gente del Sportivo esperaba, inmóvil y muda, a que los dioses del fútbol les dieran una mano. Todo lo que estaba pasando se parecía mucho a la fantasía de Juan Antonio Felpa.&lt;br /&gt;El sol, del otro lado de la cancha, se había caído detrás de los cipreses, y Felpa, parado en el centro de la línea de meta, se quitó la gorra muy resuelto y la tiró adentro de la portería. Sintió un frescor agradable en la cabeza sudada y quizá por eso experimentó la fe de los héroes.&lt;br /&gt;A once metros de distancia el Befo Nieva ya estaba frente a la pelota. Se cruzaron una mirada huidiza; medio cómplice y medio asesina.&lt;br /&gt;Juan Antonio Felpa flexionó levemente las rodillas y con los ojos fijos en el lanzador escuchó la orden del árbitro. Ya tenía la decisión tomada. Cuando el Beto golpeó la pelota, Felpa ya volaba en la dirección del sueño. Al lado del palo derecho, se abrazó a la pelota en el aire, y antes de caer al suelo sintió, como un relámpago, la alegría más grande de su vida.&lt;br /&gt;Ahora era la mitad rojo-verde del campo la que se había puesto de fiesta al grito de «Felpa», «Felpa», «Felpa». Yo no sé lo que le pasó en ese momento, porque en veinticinco años nadie logró hablar con él del tema sin que se enfadara, pero para mí que esos gritos lo confundieron y eso lo llevó a tomar el camino más absurdo de su vida. Lo cierto es que se levantó del suelo endiosado, y queriendo prolongar ese momento mágico, cometió el error de ir a buscar la gorra dentro de la portería con la pelota debajo del brazo. El árbitro dudó antes de dar el gol, y el campo entero tardó en echarse las manos a la cabeza entre eufóricas risas celestes y sorprendidos lamentos verdirojos. El extraño coro de murmullos que quedó flotando en el ambiente desconcertó a don Jesús Eladio Felpa, que había sufrido con el penalty («hay que reconocer que fue justo, vieja») y se había alegrado con el paradón. Intuyó que algo malo había pasado, y con una mínima esperanza de haberse equivocado, miró a su santa mujer y le comentó entre triste y preocupado.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí. En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.&lt;br /&gt;El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohíbe la osadía.Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El jugador&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina.El barrio lo envidia: el jugador profesional se ha salvado de la fábrica o de la oficina, le pagan por divertirse, se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una regadera, sin derecho a cansarse ni a equivocarse, él sale en los diarios y en latele, las radios dicen su nombre, las mujeres suspiran por él y los niños quieren imitarlo. Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar.Los empresarios lo compran, lo venden, los prestan; y él se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y dinero. Cúanto más éxito tiene, y más dinero gana, más preso está. Sometido a disciplina militar, sufre cada día el castigo de los entrenamientos feroces y se somete a los bombardeos de analgésicos y las infiltraciones de cortisona que olvidan el dolor y mienten la salud. Y en las vísperas de los partidos importantes, lo encierran en un campo de concentración donde cumple trabajos forzados, come comidas bobas, se emborracha con agua y duerme solo.En los otros oficios humanos, el ocaso llega con la vejez, pero el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta años. Los músculos se cansan temprano:- Éste no hace un gol ni con la cancha en bajada.- ¿Éste? Ni aunque le aten las manos al arquero.O antes de los treinta, si un pelotazo lo desmaya de mala manera, o la mala suerte le revienta un músculo, o una patada le rompe un hueso de esos que no tienen arreglo. Y algún mal día el jugador descubre que se ha jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha volado y la fama también. La fama, señora fugaz, no le ha dejado ni una cartita de consuelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El arquero&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También lo llaman portero, guardameta, golero, cancerbero o guardavallas, pero bien podría ser llamado mártir, paganini, penitente o payaso de las bofetadas. Dicen que donde él pisa, nunca más crece el césped..Es un solo. Está condenado a mirar el partido de lejos. Sin moverse de la meta aguarda a solas, entre los tres palos, su fusilamiento. Antes vestía de negro, como el árbitro. Ahora el árbitro ya no está disfrazado de cuervo y el arquero consuela su soledad con fantasías de colores.Él no hace goles. Está allí para impedir que se hagan. El gol, fiesta del fútbol: el goleador hace alegrías y el guardameta, el aguafiestas, las deshace.Lleva a la espalda el número uno. ¿Primero en cobrar? Primero en pagar. El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde, es él quien paga el pato, bajo una lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos.Los demás jugadores pueden equivocarse feo una vez o muchas veces, pero se redimen mediante una finta espectacular, un pase magistral, un disparo certero: él no. La multitud no perdona al arquero. ¿Salió en falso? ¿Hizo el sapo? ¿Se le resbaló la pelota? ¿Fueron de seda los dedos de acero? Con una sola pifia, el guardameta arruina un partido o pierde un campeonato, y entonces el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo condena a la desgracia eterna. Hasta el fin de sus días lo perseguirá la maldición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El ídolo&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y un buen día la diosa del viento besa el pie del hombre, el maltratado, el despreciado pie, y de ese beso nace el ídolo del fútbol. Nace en una cuna de paja y choza de lata y viene al mundo abrazado a una pelota.Desde que aprende a caminar, sabe jugar. En sus años tempranos alegra los potreros, juega que te juega en los andurriales de los suburbios hasta que cae la noche y ya no se ve la pelota, y en sus años mozos vuela y hace volar en los estadios. Sus artes malabares convocan multitudes, domingo tras domingo, de victoria en victoria, de ovación en ovación.La pelota lo busca, lo reconoce, lo necesita. En el pecho de su pie, ella descansa y se hamaca. Él le saca lustre y la hace hablar, y en esa charla de dos conversan millones de mudos. Los nadies, los condenados a ser por siempre nadies, pueden sentirse álguienes por un rato, por obra y gracia de esos pases devueltos al toque, esas gambetas que dibujan zetas en el césped, esos golazos de taquito o de chilena: cuando juega él, el cuadro tiene doce jugadores.- ¿Doce? ¡Quince tiene! ¡Veinte!La pelota ríe, radiante, en el aire. Él baja, la duerme, la piropea, la baila, y viendo esas cosas jamás vistas sus adoradores sienten piedad por sus nietos aún no nacidos, que no las verán.Pero el ídolo es ídolo por una rato nomás, humana eternidad, cosa de nada; y cuando al pie de oro le llega la hora de la mala pata, la estrella ha concluído su viaje desde el fulgor hasta el apagón. Está ese cuerpo con más remiendos que traje de payaso, y ya el acróbata es un paralítico, el artista una bestia:-¡Con la herradura no!La fuente de la felicidad pública se convierte en el pararrayos del público rencor:- ¡Momia!A veces el ídolo no cae entero. Y a veces, cuando se rompe, la gente le devora los pedazos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El Hincha&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio.Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpientes y el papel picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe el templo. En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede contemplar el milagro, más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demonios de turno.Aquí, el hincha agita el pañuelo, traga saliva, glup, traga veneno, se come la gorra, susurra plegarias y maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una ovación y salta como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos.Rara vez el hincha dice: «hoy juega mi club». Más bien dice: «Hoy jugamos nosotros». Bien sabe este jugador número doce que es él quein sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin música.Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria; qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos, o llora su derrota; otra vez nos estafaron, juez ladrón. Y entonces el sol se va y el hncha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El fanático&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El fanático es el hincha en el manicomio. La manía de negar la evidencia ha terminado por echar a pique a la razón y a cuanta cosa se le parezca, y a la deriva navegan los restos del naufragio en estas aguas hirvientes, siempre alborotadas por la furia sin tregua.El fanático llega al estadio envuelto en la bandera del club, la cara pintada con los colores de la adorada camiseta, erizado de objetos estridentes y contundentes, y ya por el camino viene armando mucho ruido y mucho lío. Nunca viene solo. Metido en la barra brava, peligroso ciempiés, el humillado se hace humillante y da miedo el miedoso. La omnipotencia del domingo conjura la vida obediente del resto de la semana, la cama sin deseo, el empleo sin vocación o el ningún empleo: liberado por un día, el fanático tiene mucho que vengar.En estado de epilepsia mira el partido, pero no lo ve. Lo suyo es la tribuna. Ahí está su campo de batalla. La sola existencia del hincha del otro club constituye una provocación inadmisible. El Bien no es violento, pero el Mal lo obliga. El enemigo, siempre culpable, merece que le retuerzan el pescuezo. El fanático no puede distraerse, porque el enemigo acecha por todas partes. También está dentro del espectador callado, que en cualquier momento puede llegar a opinar que el rival está jugando correctamente, y entonces tendrá su merecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El gol&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El gol es el orgasmo del fútbol. Como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna.Hace medio siglo, era raro que un partido terminara sin goles: 0 a 0, dos bocas abiertas, dos bostezos. Ahora, los once jugadores se pasan todo el partido colgados del travesaño, dedicados a evitar los goles y sin tiempo para hacerlos.El entusiasmo que se desata cada vez que la bala blanca sacude la red puede parecer misterio o locura, pero hay que tener en cuenta que el milagro se da poco. El gol, aunque sea un golecito, resulta siempre gooooooooooooooooooooooool en la garganta de los relatores de radio, un do de pecho capaz de dejar a Caruso mudo para siempre, y la multitud delira y el estadio se olvida de que es de cemento y se desprende de la tierra y se va al aire.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El director técnico&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes existía el entrenador, y nadie le prestaba mayor atención. El entrenador murió, calladito la boca, cuando el juego dejó de ser juego y el fútbol profesional necesitó una tecnocracia del orden. Entonces nació el director técnico, con la misión de evitar la improvisación, controlar la libertad y elevar al máximo el rendimiento de los jugadores, obligados a convertirse en disciplinados atletas.El entrenador decía:Vamos a jugar.El técnico dice:Vamos a trabajar.Ahora se habla en números. El viaje desde la osadía hacia el miedo, historia del fútbol en el siglo veinte, es un tránsito desde el 2-3-5 hacia el 5-4-1. pasando por el 4-3-3 y el 4-4-2. Cualquier profano es capaz de traducir eso, con un poco de ayuda, pero después, no hay quien pueda. A partir de allí, el director técnico desarrolla fórmulas misteriosas como la sagrada concepción de Jesús, y con ellas elabora esquemas tácticos más indescifrables que la Santísima Trinidad.Del viejo pizarrón a las pantallas electrónicas; ahora las jugadas magistrales se dibujan en una computadora y se enseñan en video. Esas perfecciones rara vez se ven, después, en los partidos que la televisión transmite. Más bien la televisión se complace exhibiendo la crispación en el rostro del técnico, y lo muestra mordiéndose los puños o gritando orientaciones que darían vuelta al partido si alguien puedira entenderlas.Los periodistas lo acribillan en la conferencia de prensa, cuando el encuentro termina. El técnico jamás cuenta el secreto de sus victorias, aunque formula admirables explicaciones de sus derrotas:Las instrucciones eran claras, pero no fueron escuchadas, dice, cuando el equipo pierde por goleada ante un cuadrito de morondanga. O ratifica la confianza en sí mismo, hablando en tercera persona más o menos así: «Los reveses sufridos no empañan la conquista de una claridad conceptual que el técnico ha caracterizado como una síntesis de muchos sacrificios necesarios para llegar a la eficacia».La maquinaria del espectáculo tritura todo, todo dura poco, y el director técnico es tan desechable como cualquier otro producto de la sociedad de consumo. Hoy el público le grita:¡No te mueras nunca!Y el Domingo que viene lo invita a morirse.El cree que el fútbol es una ciencia y la cancha un laboratorio, pero los dirigentes y la hinchada no sólo le exigen la genialidad de Einstein y la sutileza de Freud, sino también la capacidad milagrera de la Virgen de Lourdes y el aguante de Gandhi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El lenguaje de los doctores del Fútbol&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vamos a sintetizar nuestro punto de vista, formulando una primera aproximación a la problemática táctica, técnica y física del cotejo que se ha disputado esta tarde en el campo del Unidos Venceremos Fútbol Club, sin caer en simplificaciones incompatibles con un tema que sin duda nos está exigiendo análisis más profundos y detallados y sin incurrir en ambigüedades que han sido, son y serán ajenas a nuestra prédica de toda una vida al servicio de la afición deportiva.Nos resultaría cómodo eludir nuestra responsabilidad atribuyendo el revés del once locatario a la discreta performance de sus jugadores, pero la excesiva lentitud que indudablemente mostraron en la jornada de hoy a la hora de devolucionar cada esférico recepcionado no justifica de ninguna manera, entiéndase bien, señoras y señores, de ninguna manera, semejante descalificación generalizada y por lo tanto injusta. No, no y no. El conformismo no es nuestro estilo, como bien saben quienes nos han seguido a lo largo de nuestra trayectoria de tantos años, aquí en nuestro querido país y en los escenarios del deporte internacional e incluso mundial, donde hemos sido convocados a cumplir nuestra modesta función. Así que vamos a decirlo con todas las letras, como es nuestra costumbre: el éxito no ha coronado la potencialidad orgánica del esquema de juego de este esforzado equipo porque lisa y llanamente sigue siendo incapaz de canalizar adecuadamente sus expectativas de una mayor proyección ofensiva hacia el ámbito de la valla rival. Ya lo decíamos el Domingo próximo pasado y así lo afirmamos hoy, con la frente alta y sin pelos en la lengua, porque siempre hemos llamado al pan pan y al vino vino y continuaremos denunciando la verdad, aunque a muchos les duela, caiga quien caiga y cueste lo que cueste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Obdulio&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo era chiquilín y futbolero, y como todos los uruguayos estaba prendido a la radio, escuchando la final de la Copa del Mundo. Cuando la voz de Carlos Solé me transmitió la triste noticia del gol brasileño, se me cayó el alma al piso. Entonces recurrí al más poderoso de mis amigos. Prometí a Dios una cantidad de sacrificios a cambió de que Él se apareciera en Maracaná y diera vuelta el partido.Nunca conseguí recordar las muchas cosas que había prometido, y por eso nunca pude cumplirlas. Además, la victoria de Uruguay ante la mayor multitud jamás reunida en un partido de fútbol había sido sin duda un milagro, pero el milagro había sido más bien obra de un mortal de carne y hueso llamado Obdulio Varela. Obdulio había enfriado el partido, cuando se nos venía encima la avalancha, y después se había echado el cuadro entero al hombro y a puro coraje había empujado contra viento y marea.Al fin de aquella jornada, los periodistas acosaron al héroe. Y él no se golpeó el pecho proclamando que somos los mejores y no hay quien pueda con la garra charrúa:—Fue casualidad —murmuró Obdulio, meneando la cabeza. Y cuando quisieron fotografiarlo, se puso de espaldas.Pasó esa noche bebiendo cerveza, de bar en bar, abrazado a los vencidos, en los mostradores de Río de Janeiro. Los brasileños lloraban. Nadie lo reconoció. Al día siguiente, huyó del gentío que lo esperaba en el aeropuerto de Montevideo, donde su nombre brillaba en un enorme letrero luminoso. En medio de la euforia, se escabulló disfrazado de Humphrey Bogart, con un sombrero metido hasta la nariz y un impermeable de solapas levantadas.En recompensa por la hazaña, los dirigentes del fútbol uruguayo se otorgaron a sí mismos medallas de oro. A los jugadores les dieron medallas de plata y algún dinero. El premio que recibió Obdulio le alcanzó para comprar un Ford del año 31, que fue robado a la semana.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Veamos."... Este juego parece haber empezado a languidecer en 1960. Pero puede afirmarse que en ese momento ya hacia por lo menos cincuenta años que se jugaba. Entonces había veinte millones de habitantes en el país, y no era demasiado audaz afirmar que, en el medio siglo de su auge, el juego de la bolita había sido practicado por diez millones de individuos en uno y otro momento de sus vidas. Ahora bien: cuantas bolitas poseía cada niño aficionado, como promedio? Digamos cincuenta. Multipliquemos: cincuenta por diez millones. Son quinientos millones de bolitas. Bien, volvamos al presente: alguno de ustedes ha visto una bolita en el ultimo año? Seguramente no. Yo pregunto: donde están los quinientos millones de bolitas? Quien las tiene?"Y no me digan que el tiempo las destruyo porque el viento y la lluvia no son suficientes para destrozar una bolita..."...Las canchas han sido arrasadas y hasta pavimentadas, los hoyos fueron rellenados, los jugadores se han visto tentados por otras disciplinas. Alguien esta borrando todo vestigio del paso de las bolitas por esta tierra..."Inspirado quizás en el trabajo de Mandeb, este texto pretende asentar las reglas, la técnica y la estrategia de las bolitas. La tarea no es tan fácil como parece. A favor de la campaña desarrollada por los Refutadores de Leyendas y Los Amigos del Olvido, casi nadie recuerda los reglamentos.Por lo demás, todos sabemos que en cada cuadra había matices en la interpretación de cada norma lúdica.No obstante, luego de la publicación de esta nota, es probable que algún pequeño numero de Pibes Sensibles se ponga a jugar, aunque mas no sea a modo de desplante ante el Universo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;I- LAS BOLITAS&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se trata de pequeñas esferas, casi siempre de vidrio. Su diámetro es variable: las mas chicas se llaman "piojos" o "pininas", las medianas son las mas frecuentes y están también las grandes o "bolones", que suelen utilizarse en el juego del Triangulo.Años atrás podían reconocerse diferentes pelajes de bolitas.Las mas hermosas eran las "lecheras". En ellas predominaba el blanco, siempre mezclado con algún otro color. Eran semiopacas, no se podía ver a trabes de ellas y la variedad de diseños y combinaciones era enorme.Estaban también las semitransparentes, de colores fríos, casi siempre verdes o azules. Eran como cachos de sifón. En el interior a veces se adivinaba un filamento gelatinoso y mas bien repugnante. Salvo excepciones, eran unas bolitas de porquería.Sin embargo, la ultima generación de niños jugadores solo conoció esas bolitas.Las lecheras desaparecieron misteriosamente. Miles de personas jamás han visto una. Las mas recientes son las llamadas "bolitas japonesas" mas livianas que las convencionales, y totalmente inútiles para jugar.Su aspecto es el de una esfera transparente con un papelito de color en su interior.Todo niño poseía una bolita preferida, que era la que utilizaba para jugar.Se la llamaba "puntera". El resto de las bolitas servia para pagar las deudas provenientes del juego. Si acaso una racha adversa obligaba al niño a entregar la puntera, se le otorgaba a esta noble bolita el valor de cuatro o cinco.También pueden citarse -como curiosidad- las bolitas de barro, los aceritos y hasta las de plástico (indefectiblemente ovaladas).La identidad de los fabricantes de bolitas es un enigma. Nunca hubo marcas, ni envases ni publicidad. Algo muy raro debe haber en todo esto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;II EL JUEGO DEL HOYO Y LA QUEMA&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pueden participar dos o mas jugadores, El juego tiene lugar en una cancha de unos 5 metros de largo por 2 de ancho. La superficie de este terreno debe ser de tierra, pareja y árida, tal como la de las canchas de bochas aunque no tan blanda.Es de buen gusto que un pequeño árbol se situé en uno de los costados.En realidad, los mejores lugares para instalar canchas de bolitas son los rectángulos de tierra que existen en las veredas del Gran Buenos Aires. En la Capital, como se sabe, las veredas llegan hasta el cordón y los espacios sin baldosas que rodean a los árboles son insuficientes. Por eso los chicos de la Provincia han sido siempre mas diestros en este juego.Hay cuatro líneas que limitan la cancha y una que la divide en dos, llamada "mita". En el centro exacto de una de esas dos mitades, se encuentra el hoyo.Y hache nos topamos con otro punto de discusión. Algunos prefieren excavar el hoyo con una chapita de naranjin. Otros entierran una bolita y, después de extraerla ensanchan el cráter resultante. Los mas desaprensivos clavan el taco en la tierra, y lo hacen girar, obteniendo de este modo enormes cacerolas que desvirtúan el carácter del juego.Los jugadores se sitúan detrás de la línea de salida, que es la línea mas corta mas lejana del hoyo. Uno a uno van lanzando sus bolitas, tratando de colocarlas en el lugar mas cercano al citado agujero. Esto es de capital importancia, pues después del tiro de salida, el primero en jugar será quien se encuentre mas próximo al hoyo. De este modo, si uno observa que el jugador anterior ha conseguido arrimar demasiado bien, mejor será que no trate de superar esa marca y busque los lugares mas seguros de la cancha.El objeto del juego, aclaremos, es embocar en el hoyo y hacer impacto en las bolitas de los contrarios ("quema"). Los jugadores "quemados" van egresando del juego y pagando a quien los quemo. Cuando queda solamente uno, termina la ronda y comienza otra.Cada participante va evolucionando con su bolita conforme a una cierta estrategia. Algunos persiguen a su presa y se van acercando cada vez mas, aun a riesgo de quedar ofreciendo un blanco fácil. Otros buscan siempre los lugares lejanos y hacen tiros largos (es decir "rugen"). Si una bolita sale fuera de la cancha debe permanecer en el lugar donde ha quedadopara que los otros jugadores le tiren, si así lo desean. Al corresponderle nuevamente el turno, el jugador podrá efectuar su tiro desde cualquier punto de la línea atravesada por su bolita al salir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;III LA BOLITA Y EL CANTO&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para obtener prioridades y anunciar decisiones o reclamar la vigencia de ciertas reglas es necesario -en la bolita- pronunciar a voz en cuello algunos conjuros predeterminados. Veamos una pequeña colección de ellos."Bolita cola": es en realidad la invitación o desafió a jugar y también la reserva del privilegio de tirar ultimo. También puede decirse "Bolita cola, no puntie", esclarecedora frase que indica que uno no tiene intenciones de someterse a ningún "punteo" o arrimada previa, para establecer el orden de salida."Mita al medio, buena al tiro": canto que solo puede realizar el que tira ultimo en la salida. Si el tipo considera que alguno de sus rivales esta demasiado cerca del hoyo, le suelta el canto y le da el hoyo por embocado.Pero -eso si- lo obliga a poner su bolita en la mita, expuesta a su disparo inicial."Buen repe": ante la proximidad de la pared, se grita este conjuro para indicar que si el impacto se produce de rebote, también será valido. El canto contrario es "mal repe"."Pica paso": declaración de voluntad que asegura la posibilidad de colocar nuestra bolita a un paso de distancia, si un pique traicionero la pone a merced del rival. Algunos niños tahures suelen retrucar "de hormiguita", para reclamar que el paso sea pequeño. "Voladora", agrega, entonces el primer niño. Y se manda un paso de cuatro metros. También puede aullarse "pica no paso"."Cuantas quiera": Como el jugador que emboca en el hoyo o realiza una quema vuelve a tirar, muchos niños proceden a sacudir tres o cuatro quemas seguidas a la misma bolita, con el fin de irse acercando a otros objetivos. Para poder hacerlo debe pronunciar las palabras que encabezan este fragmento."Corta, retira no garpa": salvedad con que el pequeño que va ganando anuncia su derecho a abandonar el juego en cualquier momento, sin que este raje le resulte oneroso."Bien sonati": exigencia mas bien ranfañosa, según la cual se pretende que los impactos hechos en nuestra bolita hagan ruido o no se paguen."Mueve pajita, garpa bolita": pareado pentasílabo que es de lo ultimo y se profiere cuando la bolita contraria esta en medio del pastito.Existen infinidad de formulas "buena línea recorrida", "hoyo antes de quema", "buena mengua", etc. Cuando se quieren evitar los roces que provocan estos cantos, se juega "a todas buenas", es decir, sin cantar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;IV COMO EMPUÑAR LA BOLITA&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para efectuar el disparo, debe colocarse la mano izquierda alzandose sobre sus dedos en el punto exacto donde estaba la bolita. La mano derecha descansara sobre la izquierda y empuñara la bolita. Los zurdos harán exactamente lo contrario.Hay dos formas clásicas de tomar la bolita: la antigua, despreciada muchas veces, y la moderna. En la primera la bolita se aloja detrás del índice. En la segunda, detrás del mayor, sirviendo el índice como guía o mira.Hay algo mas. Algunos pibes muleros suelen extender la mano hacia adelante acercándose a la bolita del adversario. Esta demasía se conoce con el nombre de "ganfia o gañote" y es el origen de innumerables reyertas.En este punto conviene aclarar la existencia de otros juegos de bolita: "el triangulo, el gayito, la troya, la cuarta". Pasaremos por alto la complicada explicación de sus reglas.El pasto ya ha crecido sobre las canchas. Los chicos ya no tienen las rodillas sucias. Los pantalones de medidas infantiles no tienen bolsillos.El pavimento y las baldosas lo cubren casi todo. Mandeb quizás tenia razón.Existe una conjura universal para impedir el juego de la bolita.Alguien tiene que ocuparse de indagar las razones de este complot y -si es posible- desbaratarlo.Y hay que encontrar los quinientos millones de bolitas perdidas.Hace pocos días, el autor de esta note trato de dar con el frasco donde guardaba unas pocas docenas. No estaba. Tampoco estaba la caja de las chapitas, el álbum de figuritas ni el trompo ni los autitos con masilla.Algo malo debe estar ocurriendo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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Pero también el engaño astuto del que amaga una conducta para decidirse por otra. Las sutiles intrigas que preceden al contragolpe. La nobleza y el coraje del que cincha sin renuncios. La lealtad del que socorre a un compañero en dificultades. La traición del que lo abandona. La avaricia de los que no sueltan la pelota. Y en cada jugada, la hidalguía, la soberbia, la inteligencia, la cobardía, la estupidez, la injusticia, la suerte, la burla, la risa o el llanto.Los Hombres Sensibles pensaban que el fútbol era el juego perfecto, y respetaban a los cracks tanto como a los artistas o a los héroes.Se asegura que los muchachos del Ángel Gris tenían un equipo. La opinión general suele identificarlo con el legendario Empalme San Vicente, conocido también como el Cuadro de las Mil Derrotas.Según parece, a través de modestas giras, anduvieron por barriadas hostiles, como Temperley, Caseros, Saavedra, San Miguel, Florencio Varela, San Isidro, Barracas, Liniers, Nuñez, Palermo, Hurlingham o Villa Real.El célebre puntero Héctor Ferrarotti llevó durante muchos años un cuaderno de anotaciones en el que, además de datos estadísticos, hay noticias muy curiosas que vale la pena conocer.&lt;br /&gt;En Villa Rizzo, todos los partidos terminan con la aniquilación del equipo visitante. Si un cuadro tiene la mala ocurrencia de ganar, su destrucción se concreta a modo de venganza. Si el resultado es una igualdad, la biaba obra como desempate. Y si, como ocurre casi siempre, los visitantes pierden, la violencia toma el nombre de castigo a la torpeza.En ciertas ocasiones, los partidos deben suspenderse por la lluvia u otras circunstancias. En ningún caso se extrañara la estrolada, que llegara sin fútbol previo, pura, ayuna de pretextos.&lt;br /&gt;En Caseros hubo una cancha entrañable que tenía un árbol en el medio y que estaba en los terrenos de una casa abandonada.&lt;br /&gt;En un potrero de Palermo, había oculta entre los yuyos una canilla petisa que malograba a los delanteros veloces.&lt;br /&gt;Cierto equipo de Merlo jugaba con una pelota tan pesada que nadie se atrevió nunca a cabecearla.&lt;br /&gt;En un lugar preciso de la cancha de Piraña acecha el demonio. A veces los jugadores pisan el sector infernal, adquieren habilidades secretas, convierten muchos goles, triunfan en Italia, se entregan al lujo y se destruyen.Otras veces los jugadores pisan al revés y se entorpecen, juegan mal, son excluidos del equipo, abandonan el deporte, se entregan al vicio y se destruyen.Hay quienes no pisan jamás el coto del diablo y prosiguen oscuramente sus vidas, padecen desengaños, pierden la fe y se destruyen.Conviene no jugar en la cancha de Piraña.&lt;br /&gt;Las últimas paginas del cuaderno de Ferrarotti contienen historias ajenas. Algunas de ellas muestran un conmovedor afán literario. Veamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El tipo que pasaba por ahí&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suele ocurrir en los equipos de barrio que a la hora de comenzar el partido faltan uno o dos jugadores. Casi siempre se recurre a oscuros sujetos que nunca faltan en la vecindad de los potreros. El destino de estos individuos no es envidiable. Deben jugar en puestos ruines, nadie les pasa la pelota y soportan remoquetes de ocasión, como Gordito, Pelado o Celeste, en alusión al color de su camiseta. Si repentinamente llega el jugador que faltaba, se lo reemplaza sin ninguna explicación y ya nadie se acuerda de su existencia.Pero una tarde, en Villa del Parque, los muchachos del Ciclón de Jonte completaron su formación con uno de estos peregrinos anónimos. Y sucedió que el hombre era un genio. Jugaba y hacia jugar. Convirtió seis goles y realizo hazañas inolvidables. Nunca nadie jugó así. A1 terminar el partido se fue en silencio, tal vez en procura de otros desafíos ajenos.Cuando lo buscaron para felicitarlo, ya no estaba. Preguntaron por él a los lugareños, pero nadie lo conocía. Jamás volvieron a verlo.Algunos muchachos del Ciclón de Jonte dicen que era un profesional de primera división, pero nadie se contenta con este juicio. La mayoría ha preferido sospechar que era un ángel que les hizo una gauchada. Desde aquella tarde, todos tratan con más cariño a los comedidos que juegan de relleno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El juez demasiado justo&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El colorado De Felipe era referí. Contra la opinión general que lo acreditó como un bombero de cartel quienes lo conocieron bien juran que nunca hubo un árbitro más justo. Tal vez era demasiado justo.De Felipe no sólo evaluaba las jugadas para ver que sancionaba alguna inacción: sopesaba también las condiciones morales de los jugadores involucrados, sus historias personales, sus merecimientos deportivos y espirituales. Recién entonces decidía. Y siempre procuraría favorecer a los buenos y castigar a los canallas.Jamás iba a cobrarle un penal a un defensor decente y honrado, ni aunque el hombre tomara la pelota con las dos manos. En cambio, los jugadores pérfidos, holgazanes o alcahuetes eran penados a cada intervención. Creía que su silbato no estaba al servicio del reglamento, sino para hacer cumplir los propósitos nobles del universo. Aspiraba a un mundo mejor, donde los pibes melancólicos y soñadores salen campeones y los cancheros y los compadrones se van al descenso.Parece increíble. Sin embargo, todos hemos conocido árbitros de locura inversa, amigos o lacayos de los sobradores, por temor a ser sus víctimas, inflexibles con los débiles y condescendientes con los matones.Una tarde casi lo matan en Ciudadela. Los Hombres Sensibles de Flores se lamentaron no haber estado ahí para hacerse dar una piña en su homenaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El patio de las pelotas perdidas&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Los demonios ladrones andan merodeando cerca de las canchas. Cuando la pelota se va lejos, la ocultan entre los yuyales o en las zanjas para que los jugadores no puedan encontrarla. Ya en la noche, llevan las pelotas perdidas a un patio secreto.Los demonios realizan además acuerdos infames con vecinos chúcaros. Y en las madrugadas recorren techos, canaletas y terrazas para comprobar su despojo.Nadie lo sabe, pero en el patio están todas las pelotas perdidas: duras reliquias con tiento, flamantes cueros profesionales, humildes "Pulpo' de goma, infames bolas de plástico que doblan en el aire, ásperas veteranas que han conocido mil costurones.Un día entre los días vendrá del sur un duende bienhechor que ha de sacar las pelotas cautivas para devolverlas a sus dueños Y todos sentirán la emoción de revivir viejos piques olvidados.&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Instrucciones para elegir en un picado&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Cuando un grupo de amigos no enrolados en ningún equipo se disponen para jugar, tiene lugar una emocionante ceremonia destinada a establecer quienes integrarán los dos bandos. Generalmente dos jugadores se enfrentan en un sorteo o pisada y luego cada uno de ellos elige alternativamente a sus futuros compañeros. Se supone que los más diestros son elegidos en los primeros turnos, quedando para el final los troncos. Pocos han reparado en el contenido dramático de estos lances. El hombre que está esperando ser elegido vive una situación que rara vez se da en la vida. Sabrá de un modo brutal y exacto en qué medida lo aceptan o lo rechazan. Sin eufemismos, conocerá su verdadera posición en el grupo. A lo largo de los años, muchos futbolistas advertirán su decadencia, conforme su elección sea cada vez más demorada.Manuel Mandeb, que casi siempre oficiaba de elector observó que las decisiones no siempre recaían sobre los más hábiles. En un principio se creyó poseedor de vaya a saber qué sutilezas de orden técnico, que le hacían preferir compañeros que reunían ciertas cualidades.Pero un día comprendió que lo que en verdad deseaba, era jugar con sus amigos más queridos. Por eso elegía a los que estaban más cerca de su corazón, aunque no fueran tan capaces.El criterio de Mandeb parece apenas sentimental, pero es también estratégico. Uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán. Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El último partido de Rosendo Bottaro&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Había jugado muchos años en primera. Ahora, los muchachos lo habían convencido para que integrara un cuadro de barrio en un torneo nocturno.—Con usted Bottaro no podemos perderBottaro no era un pibe, pero tenía clase. Confiaba en su toque, en su gambeta corta, en su tiro certero.Su aparición en la cancha mereció algún comentario erudito:—Ese es Bottaro, el que jugó en Ferro, o en Lanús...Se permitió el lujo de unos malabarismos truncos antes de empezar el partido.La noche era oscura y fría. Las tristes luces de la cancha de Urquiza dejaban amplias llanuras de tinieblas donde los wines hacían maniobras invisibles.En la primera jugada, Bottaro comprendió que estaba viejo. Llegó tarde, y él sabía que la tardanza es lo que denuncia a los mediocres: los cracks llegan a tiempo o no se arriesgan.Pero no se achicó. Fue a buscar juego más atrás y no tuvo suerte. Se mezcló con los delanteros buscando algún cabezazo y la pelota volaba siempre alto.Apeló a su pasta de organizador: gritó con firmeza pidiendo calma o preanunciando jugadas, pero sus vaticinios no se cumplieron. Ya en el segundo tiempo, dejó pasar magistralmente una pelota entre sus piernas pero el que lo acompañaba no entendió la agudeza.Después se sintió cansado. Oyó algunas burlas desde la escasa tribuna. En los últimos minutos no se vio. A decir verdad, cuando terminó el partido, ya no estaba. Lo buscaron para que devolviera su camiseta, pero el hombre había desaparecido. Algunos pensaron que se había extraviado en las sombras del lateral derecho.Esa noche, unos chicos que vendían caramelos en la estación vieron pasar por el caminito de carbonilla a un hombre canoso vestido con casaca roja y pantalón corto.Dicen que iba llorando.&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Los Refutadores de Leyendas definen el fútbol como un juego en que veintidós sujetos corren tras de una pelota. La frase, ya clásica, no dice mucho sobre el fútbol, pero deschava sin piedad a quien la formula. El mismo criterio permite afirmar que las novelas de Flaubert son una astuta combinación de papel y tinta. ¡Líbrenos Dios de percibir el mundo con este simple cinismo!El fútbol es —yo también lo creo— el juego perfecto.Hoy que el destino ha querido hacernos campeones mundiales, conviene decirlo apasionadamente.Lejos de las metáforas oficiales que nos invitan a seguir el ejemplo de nuestros futbolistas para encontrar el destino nacional, yo apenas cumplo con homenajear a Bottaro, a Ferrarotti, a Luciano, a los miles de pioneros atorrantes que impartieron una ética, una estética, tal vez una cultura, cuyo inapelable resultado son los goles superiores, memorables, excelentísimos de Diego Maradona.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;!-- ADDFREESTATS.COM REALCODE V4.0 --&gt;
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